Número 75, Opinión, Xavier Latorre
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¿A quién plagiamos hoy?

Por Xavier Latorre. Viernes, 28 de abril de 2017

Xavier Latorre

¿A Pedrerol o a Inda? También tienen algunos ejemplares más a los que imitar. La mala praxis periodística se contagia. El caldo de cultivo de esos modos de fabricar noticias, de mostrar impúdicamente retazos de actualidad para luego verter venenosos comentarios que sirven, sin pudor alguno y de forma incondicional, al jefe editorial o al político de turno, se está extendiendo debajo de cualquier cabecera de prensa o detrás de cualquier careta de entrada de un medio audiovisual. La prensa del corazón contamina a la prensa deportiva, y a su vez la actualidad fanática del balón infecta de forma conjunta a la política.

La imitación de fórmulas rastreras de contarnos las cosas se reproduce sin control. Un tipo singular como Eduardo Inda, responsable de un medio digital, pasó de anatemizar a un entrenador pusilánime del Real Madrid en el Marca a dictar opiniones tergiversadas sobre la financiación de Podemos, pasó de crucificar al entrenador Pellegrini a fustigar a Pablo Iglesias y a otros dirigentes de Podemos. Inda sonríe siempre maliciosamente porque está encarnando un género periodístico muy cotizado: el de la intoxicación masiva y gratuita. Su retahíla de insultos los aliña con un titular vertido en un medio extraño que se crea y destruye a golpe de subvención interesada. Luego están los recursos extra de gritar más; de repetirlo, asintiendo con la cabeza, como si su dogma fuera divino; y, finalmente, pedir amparo al moderador en la prórroga para parecer él el agredido. Ha creado escuela: sus fieles seguidores se multiplican en otras esferas y se multiplican en tertulias de pueblo.

Algunos programas beben directamente de los programas tipo Sálvame. Algunas tertulias políticas televisadas en horarios de máxima audiencia parecen el Chiringuito de Josep Pedrerol con sus habituales hoolligans enfrentados a gritos, dedicados algunos a recitar exclusivamente consignas extraídas de los argumentarios de sus partidos de referencia. En los debates deportivos, los fanáticos del Barça y del Madrid se contorsionan en el plató, son poseídos por el diablo en directo y sueltan exabruptos viscerales y fanáticos, cargando contra un jugador al que se le fue el balón dos milímetros fuera del marco de la portería. Todos esos modos de representación seudo periodística han venido para quedarse. La repetición de las imágenes hasta la saciedad, adelante-atrás, pretenden conseguir que el mensaje de esos segundos de duda, de gazapo o de metedura de pata del protagonista de la noticia cale profundamente entre la opinión pública en una especie de linchamiento encarnizado.

Esos malos hábitos, que son los que ahora mismo devoramos con fervor, beben de la escuela de los espacios del cotilleo: la prensa rosa te escupe un montón de veces la imagen de una tonadillera lloriqueando al entrar en su casa, rehusando hablar con la prensa, hasta que tu cerebro procesa definitivamente que esa señora, o quién sea, es una hipócrita malvada, cruel y sin sentimientos. Y todo porque hay que recompensar a su ex que está en el plató y con el que hay que quedar bien ya que se ha ofrecido a inmolarse en vivo en el altar catódico.

Los serviles voceros de los políticos o de los toreros o de los presidentes del fútbol se ven luego recompensados con una cena íntima con un ministro, o gratificados con una confidencia inocua, o con una capea y una fiesta flamenca en un cortijo, o con una butaca de palco en el Bernabéu o el Nou Camp, o con una insignia del club de fútbol respectivo en la solapa. Más adelante, en la barbacoa con los vecinos, estos gacetilleros sin escrúpulos exhibirán sus selfies con los famosos como trofeo de caza. Desde ese instante ya serán alguien en la urbanización playera donde se hospedan los fines de semana.

Nuestros cerebros son zarandeados a diario por esa gentuza que se copian unos a otros, que emulan lo peor del periodismo, y por eso ya estamos contaminados y tenemos la misma mente retorcida y sucia que algunos de esos mercenarios sin principios que predican en los púlpitos mediáticos. La ira desaforada vende mucho. Hay muchos pedreroles sueltos dedicados a adulterar y a violar las reglas del periodismo. ¡Vayan con cuidado! Cambie de canal frecuentemente y deje de pensar en blanco y negro. Dese una vuelta por su barrio, entre en un bar y si tiene que hablar de política, de fútbol o de amoríos de famosos pruebe a hacerlo sin ser visceral, siendo lo más ecuánime posible. Todos los parroquianos a la vez se le tirarán encima, le morderán en la yugular. Está usted anticuado. Se quedará sin seguidores de barra, con poca audiencia. Lo sentimos, habrá usted dejado de ser un Pedrerol o un Inda común. ¡Qué suerte la suya, amigo!

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