Número 75, Opinión, Rosa Regàs
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Nuestras cenizas

Por Rosa Regàs. Viernes, 28 de abril de 2017

@rosaregas

Sería triste, si la costumbre ya no nos hubiera hecho crecer callos en la conciencia, comprobar la facilidad con que legisla la Iglesia para ratificar y promocionar su último negocio: decidir el destino de los muertos prohibiendo que sus cenizas descansen en tierra, mar o aire, que aun siendo magnas obras de Dios en su semana de expansión creadora, no son lugares para nuestras cenizas, hay que enterrarlas en parcelas de propiedad eclesial, pagar un tanto anual por ello con la obligación, además, de cuidarnos de su mantenimiento. Al publicar el mandato, ya se ha cuidado la Iglesia de tener montado el negocio por doquier, no fuera que alguien de la competencia se le adelantara.

Y es que, dice, cuando llegue el día de la resurrección Dios no tiene por qué ir por ahí buscando cenizas de unos y otros, recomponiendo cadáveres y dejándolos listos para resucitar.

Me pregunto, ¿qué pasará con los herejes que la Santa Inquisición mandó quemar en la plaza pública, las cenizas de cuyos cadáveres volaron hacia las nubes? O con los miles de niños que fueron masacrados en aquellas Cruzadas que iban a reconquistar los Santos Lugares para convertirlos en negocios tan saneados como Fátima o Lourdes, sólo dos ejemplos entre los millones de cuerpos que la Iglesia envió al cielo deshechos en cenizas.

¿Este Papa es distinto a los demás? ¿Por qué un día dijo, quién soy yo para juzgar lo que hacen los homosexuales, sin que tal declaración fuera seguida de una condena al pecado con que la Iglesia los había marginado durante toda su Historia?

En Granada siguen oficiando los mismos Romanones de siempre (tras ser absuelto de pederastia el padre Román y aunque el Arzobispado no haya logrado que la Justicia dé razón a las alegaciones que piden la nulidad del caso y sigan todos los presuntos abusadores oficiando como ahora, con las manos libres para su presunto solaz). Y el Papa que parecía interesado en el caso, en silencio, como en silencio permanece ante el reciente y funerario negocio de su Iglesia.

En fin, no gozamos aún de la real separación de la Iglesia y el Estado como lo demuestra que nuestros políticos juren sus cargos ante el crucifijo y con la mano en la Biblia, pero algo hemos ganado. Cuando yo era pequeña, en plena miseria de la postguerra regida por la madre Iglesia, a los 35 millones de españoles sin excepción se nos obligaba a comprar la bula para poder comer carne en Cuaresma, pagar por la purificación de la madre tras el parto, por el bautismo, el certificado de buena conducta, el matrimonio, su anulación, la extremaunción y la muerte.

Ahora ya no pueden obligarnos a ser sus eternos deudores y, si queremos, volando o nadando, podremos, a caballo de nuestras cenizas, recorrer el ancho y precioso mundo que habremos abandonado.

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