Javier Montón, Número 75, Opinión
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Música, texto y contexto

Por Javier Montón. Viernes, 28 de abril de 2017

@jjmonton

Apareció el Cristo en el paso y sonaron las trompetas. La Legión acompañó la imagen en su recorrido por el casco antiguo con la barbilla levantada, sus miembros vestidos de muy hombres, tatuajes al viento, mientras sonaba el himno nacional cuyos acordes, a falta de letra, retumbaban entre la muchedumbre. Atronaban los tambores y los instrumentos de viento y la sensatez se alejaba del escenario al mismo compás que menguaba la división entre Estado e Iglesia. España es así, en el siglo XIX y en el XXI, en la salud y en la crisis. No se dejen engatusar por la Constitución: la consultamos en la EGB y la archivamos convenientemente en la estantería escoltada por otros libros que nunca leímos. La aconfesionalidad del Estado es papel empapado, ahora que estamos en abril aguas mil.

La Semana Santa es como la primavera para los osos. La carcundia despierta de su letargo, esporádicamente interrumpido por alguno de sus portavoces y escribidores oficiosos, y se deja ver en su máximo esplendor. Toman las calles y, en nombre de Dios, lanzan sus letanías, sus exabruptos, sus proclamas cuartelarias, toda esa imaginería que en un país civilizado del todo, no sólo la puntita como el nuestro, sería impensable. Y, si a alguien se le ocurriese, directamente perseguible. Aquí no, en España sólo se incendian las redes, para mayor gloria de Facebook y Twitter, que hacen caja con el negocio de la indignación del populacho, que ladra mucho, muerde poco y vota muy raro.

Dos episodios recientes dibujan la foto fija de este problema nuestro, que no tiene que ver con los sentimientos religiosos sino con el fanatismo y el odio. Murió el suegro de Alberto Ruiz Gallardón, José Utrera Molina, Dios lo tenga en su gloria, y el fascismo tocó arrebato. Su funeral podría haberlo filmado el No-Do pero en la tele lo vimos a todo color. Brazos en alto, vivas al Caudillo por Dios y por España, camisas azules recién planchadas, bravuconadas de taberna… Y, entre el ruidoso gentío, el ex ministro, gran esperanza blanca del PP, que no abrió la boca porque se sentía como pez en el agua. Él, que en su partido pasaba por moderno porque impulsó la construcción de una ‘narcosala’. Lo comprobamos a los pocos días del deceso en un artículo laudatorio del prohombre del franquismo escrito por Gallardón en el Abc. La aceitosa prosa del ex ministro abochorna primero y después indigna: “Un hombre machadianamente bueno”, “desprendido y caballeroso”, “de rica vida intelectual y familiar”, alguien, en suma, cuyo “apego a unos principios no se transformó jamás en rencor hacia el adversario”. Para referirse a quien fue dos veces ministro y tres veces gobernador civil durante el franquismo no se trata de un retrato especialmente agresivo.

En Castellón no hay ex ministros vivos pero hay concejales que parecen congelados. La procesión del Santo Entierro dio un salto atrás en el tiempo cuando el capataz de la cofradía de Santa María Magdalena dedicó la levantada del paso “a todos aquellos que dieron su vida por Dios y por España” y “por la cruz de los caídos del parque Ribalta que nos quieren quitar”. Ante las críticas de Compromís y Esquerra Unida, la portavoz del PP en el Ayuntamiento puntualizó que las arengas del Viernes Santo se habían sacado de contexto. Begoña Carrasco sabe perfectamente, como todos los que son al menos tan inteligentes como ella, que es precisamente el contexto lo que confiere al episodio una especial gravedad. Un acto de carácter religioso, que debería ser coto vedado al juego político, toma partido por una ideología que, tantos años después, sigue nutriendo de votos a los populares. Que, precisamente por eso, no tienen por costumbre condenar estas astracanadas. Para ponerlo todo en contexto.

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