Humor Gráfico, Iñaki y Frenchy, Número 74, Opinión, Rosa Regàs
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Memoria histórica

Por Rosa Regàs / Viñeta: Iñaki y Frenchy. Viernes, 14 de abril de 2017

@rosaregas

Cada país, cada cultura, tiene su propia forma de masacrar a multitudes de ciudadanos. Los alemanes, por ejemplo, tan minuciosos y amantes del orden, dejaron catalogados sus muertos, no solo sus muertos sino los dientes de sus muertos, las gafas de sus muertos, los kilos de cabello de sus muertos, su trabajo en canteras, minas, obras en las costas o en el campo o en fábricas de armamento, y eligieron el purificador fuego que apenas deja residuos cuando los prisioneros ya no servían para esclavos y había que acabar con ellos. Siempre ante la indiferencia y el silencio de sus únicos ciudadanos reconocidos como tales, los alemanes arios.

Los rusos en cambio, en lugar de matar, reunían a los que querían ver desaparecidos y en interminables trenes los enviaban lo más cerca posible del Polo Norte para que mientras seguían vivos explotaran y desarrollaran el territorio. Luego los dejaban morir congelados, indiferentes a la tétrica visión de la estepa cuando el deshielo dejara a la vista cadáveres incorruptos de otros tiempos.

Los invasores turcos del siglo XV prefirieron la media muerte –si se me permite– dejando ciego al ejército entero derrotado, y obligándolo a volver a sus tierras del norte previamente cegados los soldados a los que guiaría otro, uno por cada mil ciegos, al que solo se le había arrancado un ojo.

No se sabe cómo el genocida camboyano Pol Pot hizo matar a casi la cuarta parte de los habitantes de su país. No tenía armas ni dinero para adquirirla, ni técnica alemana para construir hornos crematorios. Se supone que acabaron con ellos a palos o a cuchilladas pero no hay documentos sobre esos tres millones de muertos, ni de sus nombres ni de sus historias, lo único que nos ha llegado son sus calaveras.

Todos ellos y muchos más, cada cual a su modo también, han intentado cerrar las sangrantes heridas que tanta brutalidad había provocado en la población.

Nosotros los españoles, no, no nos parece pertinente cerrar el episodio de nuestro propio genocidio, aunque tengamos nuestra propia forma de matar multitudes, caótica y desordenada, sin razón que la justifique como no sea la de “tiene ideas distintas a las mías”. Así lo hicimos en el golpe de Estado y la postguerra, siempre en nombre de Dios, que enseguida se unió a los sediciosos.

No tenemos millones de asesinatos si los comparamos con los mongoles o los alemanes, pero somos el segundo país del mundo en número de desaparecidos. Y ante la indiferencia del Gobierno sobre la matanza de hombres y derechos, contamos con innumerables organizaciones que buscan cuerpos de ejecutados, aún hoy en la tiniebla, o por lo menos sus nombres, como Todos los nombres, que dirige Cecilio Gordillo, consciente de que si sabemos cómo se llamaron será más fácil que formen parte de nuestro país, de nuestra memoria histórica.

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IÑAKI Y FRENCHY

@inakiyfrenchy76

 

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