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De lo malo, lo mejor

Por Luis Sánchez. Viernes, 28 de abril de 2017

Luis Sánchez

Cuando me asomo al cielo nocturno, a esa diminuta parte del universo que mi privilegiada condición humana me permite apreciar, no puedo dejar de admitir: ¡Qué insignificantes somos y cuánta importancia nos concedemos! Nada del otro mundo, ¿verdad? Por ello, cuando oigo a una persona soltar la siguiente lindeza: “¡Yo no me arrepiento de nada!”, así, con ese Yo embravecido y de casta desafiante, pienso: Menuda arrogancia, menuda petulancia; menuda fragancia y menuda ambulancia.   

Y, ahora, otra expresión muy corriente: “¡Eres de lo que no hay!”. O sea, eres lo que eres y lo que no eres, porque eres también lo que ocultas, lo que disimulas, lo que niegas de ti (la sombra). Es más, eres incluso lo que aún no eres. Y jamás llegas a conocerte del todo. ¡Sor-pre-sa!

Afirmamos la vida como proceso de apertura, de descubrimiento; como un proceso continuo de aprendizaje y autosuperación. Lo que implica asumir los errores, los defectos y las limitaciones.

“Si pudiera volver a escribir mi obra, lo haría mucho mejor”, William Faulkner, Premio Nobel de Literatura (1950).

Veamos unos casos más que resultan muy edificantes.

Cuando Cervantes inicia su andadura literaria, lo intenta primero en el ámbito lírico; pero él es consciente de sus limitaciones como poeta (carece de musicalidad) y, encima, siente el peso de las primeras figuras: Fray Luis de León, Fernando de Herrera, Teresa de Cepeda y Ahumada, Juan de Yepes… Lo intenta también como dramaturgo, y, pese a que su calidad es mayor que como poeta (ahí están los “entremeses”), se topa con un monstruo de la escena, que lo inunda todo: Lope de Vega. Así que no le queda más remedio que adentrarse en el campo de la prosa; y es aquí, en la novela, donde dará lo mejor de sí, hasta el punto de crear las bases de la novela moderna. Todo un mundo por descubrir, toda una aventura, que dio los mejores frutos: las Novelas Ejemplares y el Quijote.

También Goya, a caballo entre dos siglos, como Cervantes, tuvo que inaugurar su propio camino, superando a su época (Rococó y Neoclasicismo, los estilos que imperaban). Pintor de evolución lenta, atraído por el verismo, trabajaba con luz y color, y su pincelada, suelta, rápida, espontánea y, en ocasiones, abocetada, no poseía la corrección técnica de sus contemporáneos; no podía, por lo tanto, competir con la meticulosidad de otros pintores ya situados (pensemos en Tiépolo, A. R. Mengs o Fragonard). Conque no le restó otra opción que –más allá de la enfermedad y la guerra– escarbar en sus entrañas, para ofrecer al mundo una visión única, personal, hasta el punto de abrir nuevos rumbos a la pintura, puesto que influiría en el impresionismo, en el expresionismo e incluso en el surrealismo.

También hoy nos encontramos con casos similares. Baste pensar en Israel Galván (Sevilla, 1973), ese bailaor y coreógrafo que, de haber seguido los consejos familiares que le animaban a permanecer dentro de la ortodoxia flamenca, no hubiese pasado de ser un artista más; pero él no se conformaba con ser un segundón y apostó por encontrar su lugar en el mundo. Para ello, aportó una nueva sintaxis en los pasos de baile, en el movimiento de los pies (basado en fragmentos, interrupciones, saltos, mezclas…), y se apoyó, incluso, en elementos ajenos a la escena (objetos y muebles, convertidos en instrumentos de música) que le ayudarán a expresar mejor su compleja personalidad creadora. En palabras suyas: Invoco al monstruo que llevo dentro para domesticarlo un poco.

Así es: lo que no sale, se pudre dentro. Y más vale que salga con arte que a cañonazos. El artista trabaja con los dos hemisferios cerebrales y transforma el defecto en virtud.

Cuando me asomo, de nuevo, para contemplar el cielo estrellado, me acuerdo de aquella frase de Martin Luther King y, sin remedio, se me cae la hoja de parra: “Si supiera que mañana se acaba el mundo, hoy todavía plantaría un árbol”.

Mis pies, hundidos en la madre tierra,

absorben la savia que me renueva.

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