Artsenal, Francisco Saura, Humor Gráfico, Número 74, Opinión
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Las grandes naciones de la Edad Moderna

Por Francisco Saura / Viñeta: Artsenal. Viernes, 14 de abril de 2017

Francisco Saura

Siempre he pensado que la gran diferencia que separa a España de las otras dos grandes naciones de la Edad Moderna fue que en nuestro país no se ajustició a un monarca como sí ocurrió en Inglaterra y en Francia. Carlos I, rey inglés, fue decapitado el 30 de enero de 1649 y la Cámara de los Comunes sentó el principio de que no había (ni habría en el futuro) hombre sobre la ley. Por su parte, Luis XVI fue guillotinado el 21 de enero de 1793 por desobedecer a la Convención y a sus propias responsabilidades como signatario de la Constitución de 1791. Dos hechos, que desde una percepción actual, de lo que debería ser o no ser los actos humanos en las relaciones sociales, pueden ser tildados de sanguinarios.

En Inglaterra y Francia, las aguas volvieron posteriormente a los cauces aparentemente normales, pero ya nunca nada volvió a ser igual y el poder, los poderes más o menos arbitrarios de la época, supieron que la ley era su techo, por encima del cuál los pueblos en armas volverían a la calles a reponer la situación. Las revoluciones inglesa y francesa, con sus luces y sombras, con sus utopías sociales reprimidas por los mismos que ejecutaron a sus monarcas, dejaron claro algo que en nuestro país nunca se consiguió: la idea de que el poder no podía sobrepasar líneas rojas en ningún caso, ya fuera la libertad religiosa ya fuera el derecho inalienable a la propiedad privada. Los grupos sociales que ostentaban el poder, más o menos restringidos en el tiempo, se atuvieron también a esas nuevas reglas del juego. Los pueblos de Francia y de Inglaterra pusieron límites, que se fueron ampliando con el tiempo, al Estado, a la forma de organizarse, a la forma de sangrar a sus ciudadanos y a la forma de dirigirse a ellos.

En España nunca hubo ese acto de catarsis que pusiera límites a un poder absoluto que, aliado además a un poder religioso sin fisuras que había reprimido y exterminado cualquier forma de herejía, fue guía y razón de la decadencia y del viaje hacia la insignificancia más absoluta como nación. Por lo menos en una época tan temprana como la de Inglaterra o la de Francia. Y cuando lo hubo, los grupos sociales dirigentes, y sus aliados, actuaron como un puño cerrado, sin fisuras, golpeando con saña sobre los pobres infelices que habían clamado contra la arbitrariedad más asiática de todas las naciones de la Europa moderna y occidental.

Entrado el siglo XX, las clases gobernantes de Francia e Inglaterra conocían los límites a su gobierno; en España, las fuerzas tradicionales los desconocían. La importancia que tuvieron las sectas religiosas en Inglaterra o el desarrollo el incipiente capitalismo desde mediados del siglo XVIII, fue algo desconocido en nuestro país, a pesar de los espasmódicos actos reflejos de la magra intelectualidad que predicaba en el desierto la necesidad de europeizar España (tan magra intelectualidad que tenía que convivir con la otra cultura, la de la reacción y la de los valores eternos e inmutables). Si algo hubiera podido cambiar la II República, fue erradicada por una dictadura que duró más de cuarenta años y que, aparte del su carácter sanguinario e inhumano, acabó con todo lo que de europeo había en nuestro pensamiento.

No obstante, las evoluciones históricas de las tres naciones europeas que protagonizaron la Edad Moderna, tan diferentes y tan ricas en matices y que vivieron sus últimos gestos de grandeza y nobleza durante y después de la Segunda Guerra Mundial (en el caso de España, durante la II República y los años de la lucha obrera y política a partir de los primeros sesenta del siglo pasado), tendieron a aproximarse a partir de los años setenta con el surgimiento (o definitivo desbordamiento) del nuevo capitalismo de la globalización. En algún sitio se ha escrito que el capitalismo es el sistema económico más revolucionario que ha conocido, y sigue conociendo, la historia. Tiene la capacidad de construir y de destruir a una velocidad que en otras centurias hubieran sido inconcebibles incluso para los padres fundadores de su pensamiento. Domina las voluntades de los pueblos convirtiéndolos en marionetas y su inmoralidad puede ser el sino de nuestro futuro.

Llegado a este punto, la de un sistema económico que trastoca la realidad y que acaba con cualquier capacidad humana de tener certidumbres de futuro, también de presente, la respuesta de los países es diferente, al menos en ámbitos como la moralidad, el límite del poder o el respeto a los derechos de la gente. Se ha dicho, aunque muchas veces las diferencias no son tan reales como se afirma, que la respuesta del poder al nuevo capitalismo globalizado es distinto de acuerdo a la evolución histórica de los países. Temas como la corrupción, el saqueo de las arcas públicas, la inmoralidad de un gobierno que dice elegir entre sus deseos y la realidad, todo lo que ha ocurrido en este país desde los años noventa (y antes), no ocurren o no ocurrirían en el ámbito de Europa, al menos de la Europa Occidental, porque su evolución histórica nada tiene nada que ver con la nuestra. Incluso esos polemistas de la derecha filofranquista, reconocen con sus declaraciones que España es una excepción sin recabar que esa excepcionalidad hunde también sus raíces en las prácticas clientelares del sistema político que, según su particular visión del pasado, modernizó el país.

Y aquí es dónde se puede afirmar que todo podría haber sido diferente si en algún momento de los siglos XVII, XVIII o XVIII el pueblo hubiera utilizado la horca, o la hoguera o lo que fuera, para haberle señalado las líneas rojas al poder o a cada uno de los grupos sociales dominantes. Lo hizo Inglaterra, lo hizo Francia. En nuestro país, la mentira y el autoengaño ha sido nuestro vector de comprensión de la realidad. Y así nos ha ido.

En otros países, tener raíces cuáqueras, haber decapitado o guillotinado a un monarca, haber nacido como clase social los viernes por la tarde en el fútbol, haber limitado el poder del Estado y de los que lo ejercen, hubiera sido un antídoto. En España no se marcaron las líneas rojas en su momento, hemos convivido con una inmoralidad que todo lo pudría, hemos pensado que todo era posible y unos pocos, un grano de arena en la playa, una gota de agua en el océano, nos ha hecho participes de tanta vergonzosa barbarie.

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