Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 74, Opinión
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La mujer del periodista deportivo

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi. Viernes, 14 de abril de 2017

@lidia_sanchis

En los márgenes de las historias del deporte encontramos las enseñanzas de la vida. La comparación entre torneos, competiciones y juegos olímpicos varios, y el afán de superación del ser humano se ha convertido en una metáfora tan desgastada que incluso ha perdido su poder de seducir al lector. Pero hay otras historias relacionadas con el deporte que te dejan clavada en la silla. Helada.

Comenzaré por decir que me gusta el fútbol, por ejemplo, y las enseñanzas que su práctica se desprenden: los tan manidos “compañerismo”, “trabajo en equipo”, “respeto”, etc., añadan los que quieran pues todos ellos son válidos. Pero que lo que me atrae del fútbol y de otros deportes es lo que escribía Enric González en sus Historias del Calcio, publicadas en El País cuando El País era El País; o conocer la conmovedora historia de un triunfo: el del regatista argentino Santiago Lange, campeón en Río 2016, medalla que consiguió después de superar un cáncer de pulmón. Son vivencias que viajan de la radio a mis oídos en la estropajosa voz de Michael Robinson, todos los domingos en la SER, en su Acento Robinson, o en otros programas que dirige el ex jugador del Osasuna, como Informe Robinson.

Pero no es de fútbol ni de deportes ni de sobadas metáforas de lo que les quiero hablar, sino de una de esas historias que se escriben en los márgenes. Quiero hablarles de una mujer. Su nombre es Marta y es una joven admirable. Se casó con un hombre sabiendo que este iba a morir antes de tiempo. Su amor por él me parece tan grande que cualquier adjetivo que escribiera sonaría ridículo. Tan grande, que no cabría en uno de esos cuentos almibarados y dulzones, como de película de Hollywood. Más bien, el tipo de cariño del que les hablo se me representa como la rama desnuda y repelada de un naranjo borde a la que le ha nacido una pequeña yema de la cual, como un milagro, brotará una flor. Un sentimiento mineral y profundo como un diamante azul, que es una piedra al fin y al cabo. Pero esa piedra extraordinaria es amor. ¿De qué otra forma se puede nombrar ese afecto? A cualquiera le resulta fácil amar al otro desde la distancia, desde la imposibilidad del encuentro o la cobardía; sin hacer nada por él. En todo caso, nos conformamos con pronunciar frases hechas como la tan sobada “hacer el amor”, esa manera que tienen los cursis de decir follar. Pero sí que existe “hacer el amor”: es lo que hacen mujeres como esta, como Marta, que es la esposa del periodista deportivo Carlos Gómez Matallanas. Amigo del Mono Burgos y de El Niño Fernando Torres; hermano del también periodista Javier, Carlos ejerce ahora de entrenador para varios equipos de fútbol gracias a un sofisticado dispositivo que maneja a través de los movimientos de su pupila. Porque tiene Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) y, según relata Pedro Simón en El Mundo, “los únicos músculos que prácticamente conserva son los que hacen sonreír”. ¿Se imaginan las miradas entre Carlos y Marta? Sus sonrisas serán tan sustanciales como la médula de los huesos. Mi admiración por Carlos Gómez Matallanas. Pero sobre todo, por Marta, una mujer valiente, capaz de hacer tanto amor.

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L'Avi

@AviNinotaire

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