Alicia García Herrera, Literatura
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La literatura y la Gran Guerra: poesía en la trinchera

Por Alicia García Herrera. Sábado, 8 de abril de 2017

  Literatura

Agosto de 1914. Bajo las órdenes de Helmut Johann von Moltke, las tropas alemanas invaden Bélgica para ejecutar el Plan Schlieffen, cuyo objetivo es romper las líneas francesas y llegar en un tiempo récord hasta París. Los alemanes están tan seguros de su victoria que ya se preparan para conmemorar la toma de la ciudad. No esperan que los belgas opongan una resistencia feroz; porque, sorprendentemente, los belgas combaten con denuedo para defender la ciudad de Lieja. La reacción alemana es contundente. La violación de la neutralidad belga y la difusión por la prensa de las atrocidades alemanas –supuestas o no– es el impulso definitivo para que Inglaterra cumpla la alianza con Francia. El 4 de agosto Gran Bretaña declara la guerra a Alemania y envía tropas al continente para ayudar a los franceses a contener el avance de la apisonadora germana. Los primeros combates de la Fuerza Expedicionaria Inglesa (FEI) se saldan en un número de bajas desolador, de tal modo que para alimentar la industria de guerra el carismático Lord Kitchener, un hombre de mirada brillante y grandes bigotes, convoca voluntarios bajo el imperioso lema Britons wants you. Miles de jóvenes responden a la llamada. Las universidades, las fábricas y los campos se vacían. También Heligan, Cornwall, famosa por sus jardines. Sabiendo que quizá no vuelvan y que toda aquella belleza seguramente se pierda, sus jardineros dejan grabado a lápiz un mensaje destinado a las generaciones venideras: “no venga aquí para dormir o reposar”.

Los trenes y los barcos ingleses parten al frente, repletos de muchachos decididos y entusiastas que enarbolan los estandartes del honor y la gloria para defender los valores de su patria. Muchos de ellos, aún estudiantes, llevan en sus mochilas ejemplares de la Ilíada, sin sospechar aún que, como Aquiles, pronto iban a acabar atrapados para siempre en una juventud eterna, puesto que no regresarían del País de Nunca Jamás que describiera Barrie pocos años antes. Es la última guerra romántica de todos los tiempos, una guerra donde, junto a mineros, obreros y campesinos, también tuvieron cabida aristócratas, intelectuales y poetas que describieron a través de sus textos y de su mirada limpia el desencanto de la guerra. Sus trabajos, conmovedores, expresan el horror indescriptible de las trincheras del frente occidental y hablan de su impacto personal sobre los actantes. La trinchera, símbolo inequívoco de la Gran Guerra, no solo es escenario de vida y de muerte sino que se convierte en tema literario. La trinchera es parte de la vida que Europa vive en esos momentos. Eso es lo que hace o debería hacer la buena literatura, describir, hablar de la vida para conmover.

Nadie sabe exactamente de dónde nace la poesía, como nos recordara Leonard Cohen cuando en 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias. Pero aunque no podamos determinar el origen de la poesía, es la emoción lo que despierta la necesidad de encadenar las palabras de forma artística. Desde esta perspectiva la poesía es un grito del alma expresado a través de metáforas. En un contexto como el de una guerra, la poesía es alquimia, magia, pues solo ella es capaz de transformar el horror absoluto, la muerte injusta, en belleza.

La Primera Guerra Mundial fue casi con certeza la más cruenta en la historia de la humanidad. Y lo fue no solo porque las Keres marcaron el destino de toda una generación de jóvenes, sino por los cambios que produjo sobre el paradigma de la guerra, a la que despoja de su vertiente épica. En 1914, por primera vez y casi sin previo aviso, la tecnología se pone al servicio de la destrucción sistemática y masiva. El resultado es la muerte impersonal de miles de hombres que luchan contra un enemigo invisible, sin esperanza alguna de poder mirar a los ojos al oponente y morir probando su valor en una confrontación digna, espada contra espada, cuerpo contra cuerpo. Es la guerra del hombre contra la máquina. Los cuerpos, ya tengan sangre alemana, inglesa, francesa o turca, caen por millares bajo el fuego de los obuses, las balas de los nidos de ametralladoras, aniquilados por el gas letal o simplemente a causa del hambre, la enfermedad, el agotamiento, la picadura de un insecto. El impacto sobre aquellos jóvenes idealistas de una realidad compuesta de barro, ratas, sangre y olor a putrefacción, no pudo ser sino expresada a través de la poesía. Aunque hubo muchos más, Siegfried Sasson, Wilfred Owen y Rupert Brooke fueron tres de esos poetas que hicieron de la guerra el centro de su creación literaria para ofrecernos una visión realista del conflicto y contribuir a la consolidación del antibelicismo, que después de la guerra cristalizaría en la Sociedad de Naciones y, más tarde, en la ONU.

Siegfried Sassoon.

Siegfried Sassoon (1886-1967) fue el único de los poetas mencionados que sobrevivió a la Gran Guerra, lo que permitió ofrecer a las generaciones venideras una visión realista del conflicto tanto a través de sus poemas como de la trilogía Trench Duty, The Complete Memoirs of George Sherston: Memoirs of a Fox-Huxting Man (1928), Memoirs of an Infantry Officer (1930) y Sherston’s Progress (1936), una autobiografía novelada. Sassoon nació en el condado de Kent, en Matfield. De su biografía personal cabe destacar el establecimiento de un vínculo personal especialmente intenso con su madre, en contraste con la ausencia de la figura paterna, resultado de la separación de la pareja y de la posterior muerte del padre, una pérdida que le marcó. Durante su juventud, tras abandonar sus estudios de Derecho e Historia en el Clare College de Cambridge, Sassoon desarrolló diversas aficiones muy placenteras, como el cricket, la caza y la poesía. Después de varias tentativas de poco éxito, el poeta alcanzaría en 1913 un cierto reconocimiento a través de una parodia de The Everlasting Mercy, Masefield, titulada El asesino de Narciso. Al estallar la guerra se alista de inmediato en el cuerpo de voluntarios de la caballería de Sussex, pero un accidente de equitación le privó de viajar al continente. Más tarde, a finales de la primavera de 2015 y bajo el impacto de la muerte de su hermano en Gallipoli, Sasoon pasaría a formar parte del Real Regimiento de los Fusileros galeses de infantería en calidad de alférez.

Sassoon combatió en la trincheras del frente occidental con un valor temerario, tanto que sus hombres le apodaban “Mad Jack”, incluso recibió la Cruz de Honor Militar por rescatar a varios soldados heridos bajo un intenso fuego de obuses. El contacto con la vida de las trincheras y una herida en el hombro hicieron, sin embargo, que su patriotismo inicial variara de signo, lo que se refleja indudablemente en su obra, que toma un fuerte cariz antibelicista. De hecho muchos lectores, incluso amigos suyos defensores de la paz, consideraron que la poesía de Sassoon era antipatriótica. Sus libros, no obstante, fueron muy demandados. Y lo fueron porque en sus mejores poemas Sassoon logró captar el ambiente de la trinchera y la impotencia de los soldados ante una guerra en tablas que parecía no tener fin. Counter-Attack and Other Poems recopila algunos de los mejores poemas de guerra de Sassoon, varios de ellos con carácter satírico. The War Poems of Siegfried Sassoon es una colección que incluye sesenta y cuatro poemas de guerra y cuya lectura resulta imprescindible para comprender tanto el mundo interior de los soldados y del propio Sassoon como el mundo exterior.

La actividad literaria de Sassoon se complementó en su vida personal con acciones concretas que se proyectaron al otro lado del frente, como la publicación en 1917 de una declaración de protesta contra la guerra en el diario The Times, previamente leída ante la Cámara de los Comunes por el parlamentario laborista Hasting Bertrand Lees-Smith. El poeta criticaba en ella la complacencia de ciertos sectores de la sociedad, a los que acusaba de favorecer con su pasividad la continuidad de la guerra. Tras la difusión de este manifiesto, fue enviado a un hospital para enfermos mentales. Allí coincidió con otro militar y poeta, Wilfred Owen, a quien introdujo, tras ser dado de alta, en ambientes literarios y artísticos. Owen se relacionaría con frecuencia con Robert Graves y Robert Ross y sentiría siempre una gran admiración hacia Sassoon, al que consideraría como un héroe –se dice que su admiración también tendría también otra causa, quizá un amor platónico, dado que Owen también podría haber sido homosexual, como el propio Siegfried Sasoon–.

Wilfred Owen.

A diferencia de su amigo, Wilfred Owen (1893-1918) no era poeta antes de 1914. De hecho compuso la mayor parte de su obra entre 1917 y 1918. Cuando estalló la guerra Owen trabajaba como profesor particular en Bordeaux and Bagnères-de-Bigorre, cerca de los Pirineos. A pesar de estar en suelo francés, la guerra parecía para él un asunto lejano. La lectura de los diarios que su madre le mandaba desde Inglaterra avivaron en él un cierto sentimiento de culpa, razón por lo que marchó a Inglaterra y se alistó en 1915, llevado por el mismo espíritu patriótico que antes que él sintieron tantos jóvenes. Dos sucesos traumáticos marcarían un cambio de perspectiva. El primero de ellos fue el estallido de un mortero cuyo impacto le hizo caer sobre los restos de uno de sus compañeros. El otro fue la permanencia durante varios días en una vieja trinchera alemana con todo lo que ello significaba –ratas, restos humanos, hambre, desesperación…–. La experiencia en el frente occidental (Serre y St Quentin) queda reflejada también en su obra. Sus poemas, con ciertos toques de realismo negro, tienen un marcado carácter antibelicista. Uno de los más conocidos, Dulce et decorum est, termina con unos versos demoledores: My friend, you would not tell with such high zest/ To children ardent for some desperate glory/ The old Lie: Dulce et decorum est Pro patria mori.

La mayoría de los poemas de Owen serían publicados de forma póstuma –solo cinco de ellos verían la luz durante su breve vida, tres en The Nation y dos que se publicaron de forma anónima en Hydra, mientras era paciente del Craiglockhart War Hospital en Edinburgh–. Poco después de su muerte, que se produjo seis días antes del armisticio, sus poemas aparecieron en un volumen de la antología anual de Edith Sitwell’s, Wheels, dedicado a su memoria. Entre 1919 y 1920 aparecieron otros poemas en diarios. Poems (1920) editado por Siegfried Sassoon con la ayuda de Edith Sitwell, contiene veintitrés poemas. The Poems of Wilfred Owen (1931) editados por Edmund Blunden, añade diecinueve poemas. The Collected Poems of Wilfred Owen (1963), editado por C. Day Lewis, añade poemas menores y fragmentos, pero con omisión de algunos de los poemas que aparecía en la edición de Blunden.

Rupert Brooke.

Rupert Brooke (1887-1915), conocido sobre todo por su poema The Soldier, era ya un poeta altamente prometedor antes del estallido de la guerra. Alumno del King’s College de Cambridge y miembro de la elitista sociedad secreta The Cambridge Apostles, se destacó por sus dotes de poeta, su fina elegancia y la extraordinaria belleza, que llevaría al poeta irlandés William Butler Yeats (1865-1939) a calificarle como “el joven más guapo de Inglaterra”. Brooke publicó su primer poemario en 1911. Como muchos jóvenes de su clase, se alistó poco después de estallar la guerra. Fue nombrado oficial en la Royal Navy Division bajo el mando de Wiston Churchill. Compuso los sonetos de 1914, 1914 & Other Poems, durante la evacuación de la ciudad de Amberes, bajo el impacto de la visión de las columnas de refugiados que abandonaban la ciudad fortificada. Durante la primavera de 1915 las tropas de Churchill se dirigieron hacia el paso de los Dardanelos, el Helesponto de los antiguos helenos, un lugar fatídico, como muestra la trágica historia de amor de Hero y Leandro. Es el mismo lugar donde, según la leyenda, Jasón y los Argonautas deben enfrentarse a la prueba de las Rocas Cianeas (azules) o Simplegadas antes de llegar al mar Negro, el mismo lugar que atraviesa el ejército persa de Jerjes II en los comienzos de la Segunda Guerra Médica, Alejandro en su viaje a Asia o Lord Byron en su hazaña a nado. La maldición de los Dardanelos no dejará indemne a las tropas del ambicioso Lord del Almirantazgo como tampoco al joven oficial Brooke, quien había navegado hacia el terrible estrecho con Heródoto y Homero como guías, tal y como escribió a su madre. Tan solo dos días antes de la batalla de Gallipoli, Brooke murió a causa de una infección causada por la picadura de un mosquito. No viviría, por lo tanto, para escribir que, entre el 25 de abril de 1915 y el 9 de enero de 1916, el mundo parecería enfrentarse al mismo apocalipsis que poco antes se había vivido en el frente occidental en las desastrosas campañas que segaron las vidas de toda una generación. “El joven más guapo de Inglaterra” yace enterrado en la isla de Skyros, junto al mar, donde descansa por toda la eternidad. Otra vida llena de posibilidades, rota.

La historia de la humanidad nos muestra que parece utópico soñar con paraísos en los que Ares permanezca ocioso por mucho tiempo, quizá porque en nuestra propia naturaleza llevamos grabadas las semillas de la violencia, la propia dualidad entre el bien y mal. Puede que en un plano ideal existan guerras legítimas pero lo cierto es que, detrás de toda contienda bélica, suelen esconderse intereses económicos cuando no el orgullo desmedido, el ansia de poder o el simple fanatismo. Ciertas guerras, además, siempre fueron una salida inmediata o a corto plazo a las crisis económicas, como se demostró tras la invasión de Irak durante el gobierno de Bush. Occidente no debería olvidar que los incendios provocados para favorecer cierta clase de intereses, entre ellos los de la industria del armamento, se saldan en sufrimiento y pérdida de vidas, no solo humanas, y de su potencial. Una vida no se puede cuantificar. Porque, parafraseando al cantautor Jorge Drexler, una vida lo que un sol vale.

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Alicia García Herrera

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