Número 74, Opinión, Xavier Latorre
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Historia de una planta baja

Por Xavier Latorre. Viernes, 14 de abril de 2017

Xavier Latorre

La familia entera había vivido de aquella esquina. Durante mucho tiempo, una planta baja les mantenía a todos. Ese privilegiado local comercial, bien exprimido, era una mina de oro: excelente situación y buena orientación; era un caramelo. Las inmobiliarias lo tenían bendecido. Los alquileres comerciales, hablamos de principios de siglo, daban para mucho. Con aquella renta mensual, Paquita cubría todos los gastos del hogar y aún así todavía le sobraba un buen pellizco para algunos extras e imprevistos. Podía incluso ahorrar un pico, el cual malgastar luego en un viaje los cuatro, el matrimonio y los dos hijos juntos.

Durante un tiempo en la planta baja operó un banco. El mismo en el que ingresó César a trabajar como favor personal. El chico, decía, tenía vocación de cajero. La hija, Paula, se metió a dependienta, tomó los hábitos de una macreotienda, colindante a la sucursal bancaria, dedicada a la súper moda. La vida les sonreía. El padre vendía seguros en la oficina de una compañía de capital suizo. La herencia familiar de aquella céntrica planta baja pagaba el día a día, mejor aún, el mes a mes, de aquella familia aparentemente dichosa.

Sin embargo, la dicha no resultó perpetua, se truncó con la crisis. El banco se desahució a sí mismo, desalojando el local de la esquina mágica. Un ERE dejó a César de patitas en la calle. Ni siquiera su ofrecimiento para cubrir una vacante en Lugo llegó a prosperar. El hombre recibió una indemnización, que ingresó, despechado, en otro banco y se apalancó en el sofá de casa. La tienda de ropa también chapó, migró hacia un centro comercial. A Paula la pusieron de patitas en la calle. Más responsable que su hermano, se apuntó a un curso de peluquería. Las cosas se les habían torcido bastante, la madre tenía que hacer a todas horas encaje de bolillos con el dinero.

Aquella planta baja se fue alquilando sucesivamente a una compañía de telefonía móvil, a un matrimonio chino de todo a cien, a unos colombianos que regentaban un cíber y, últimamente, a una empresa dedicada a la venta de cartuchos para impresoras. A César se le agotó el paro. Paulita hacía las prácticas en un salón de belleza del extrarradio. A la planta baja ya no la podían ordeñar más. Durante una época, que se les hizo eterna, lució los letreros de se alquila o se vende. ¡Hay que ver, en los años buenos todos se rifaban aquel inmueble comercial!

En eso que la mala suerte familiar se amortiguó un poco. Les llamaron unos italianos, de la zona de Calabria, interesados en alquilarles aquellos 240 metros cuadrados. Les indicaron su intención de montar un tugurio de apuestas con maquinitas. Cada domingo, una vez finalizada la jornada futbolística, Paquita bajaba puntual al local y lo limpiaba a conciencia; lo dejaba niquelado, como los chorros del oro, reluciente; al fin y al cabo seguía siendo suyo. Al principio le costó, pero luego ya no se le caían los anillos por fregar los suelos. Además, César reforzaba la plantilla cuando fallaban los titulares del bar de aquella franquicia de pronósticos deportivos. Todo aquello ofrecía un pequeño respiro a la maltrecha economía familiar.

Hace unos días, Paquita descubrió en el suelo al barrer un boleto que registraba una extraña y temeraria apuesta. Alguien se había jugado el dinero a que un equipo alicantino, el Eldense, iba a perder por una barbaridad de goles. El portador del billete ganaría un dineral si encajaban una docena de goles. Aquello le hizo gracia, sonrió e introdujo el resguardo en el bolsillo del delantal. Al llegar a casa lo mostró sorprendida a los suyos. Comprobaron el abultado resultado y, ¡bingo!, les habían caído del cielo un disparate de euros. El pasado domingo, Paquita y sus hijos quisieron repetir una apuesta similar. No pudieron, el Eldense había sido excomulgado de las casas de juegos por amañar partidos. Ese equipo de fútbol tiene tanto descrédito como un enfermo terminal de pega que pide dinero en las redes sociales para simular que va a Houston a curarse.

La planta baja, ubicada en una soleada esquina de una capital mediana, tan fiel y leal, les ha vuelto a sacar del atolladero.

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