Número 75, Opinión, Rosa Palo
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Fotógrafo de guardia

Por Rosa Palo.  Viernes, 28 de abril de 2017

@Ebaezan

Qué ganas de fiesta tenemos siempre, qué nos gusta un sarao, qué nos mola una gala. Voy por la calle y me encuentro un cartel que anuncia la celebración de un festival vegano. Festival Vegano, repito. Es decir, diez colegas que se juntan en una casa de campo para beber cerveza de pis de gato con infección urinaria, hartarse de quinoa y bimi (ese nuevo súper alimento que parece un brócoli anoréxico) y escuchar a Futuro Vega Pop. Que todo eso está muy bien, pero yo no monto un circo el día que como ensalada. Ahora, en cambio, por cualquier cosa organizamos un acto. O erigimos un centro de interpretación: estamos ya a un nivel que terminaremos montando uno alrededor del zurullo que echó Amador Mohedano en la playa de Chipiona. Y, si no, al tiempo.

Hay tal cantidad de inauguraciones, certámenes, proyecciones, festivales, exposiciones, conciertos, muestras, charlas, conferencias, debates, presentaciones de libros y lecturas de poesía que vamos a acabar sepultados por el peso de la cultura. Que no ocupa lugar, vale, pero llena la agenda. Sobre todo la de los políticos, que no hay acto al que no acudan con su séquito, sus palmeros, su cuchipandi y su fotógrafo de guardia para ser inmortalizados en ese preciso instante en el que entregan un diploma al ganador de los Juegos Florales de Orejilla del Sordete o en el que toman la palabra para reivindicar la visibilidad multiétnica y pluricultural de los sexadores de pollos. Nunca la cultura ha sido tan fotogénica. Pero vivimos unos tiempos en los que, electoralmente, hay que rentabilizarlo todo. Y, económicamente, también: que se lo digan a la caterva de implicados, condenados e imputados por casos de soborno, cohecho o blanqueo de capitales. Me gustaría saber quién va a ser el guapo que va a acudir a inaugurar el Museo de la Corrupción, porque material para montarlo hay de sobra. Tanto que me río yo de la ampliación de Prado.

Lo único que me consuela es que, cuando de cultura se trata, más vale que sobre que no que falte. Si no, la caca de Amador sería un icono artístico, viviríamos bajo el imperio del tronismo y Yola Berrocal sería ministra. Y eso sí que no. Aunque, echando un vistazo alrededor, hay días en que no sé si lo prefiero.

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