Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 75, Opinión
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El alma es un algoritmo

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi. Viernes, 28 de abril de 2017

@lidia_sanchis

La soledad del hombre es tan grande que se conforma con que le hable una máquina, cualquier artilugio digital en el que palpite un corazón metálico y cuya dimensión psicológica, con suerte, alcanza la hondura de una frase de Paulo Coelho. En ocasiones, el aparato incluso parece capaz de sondear las profundidades del alma humana. “¿Conoces a Lidia Sanchis?”, me ha preguntado esta mañana uno de esos ingenios de coltán a través de la notificación de una red social dedicada a la búsqueda de trabajo. La cuestión me ha sobresaltado de tal manera que me he puesto a filosofar, es decir, a preguntarme si yo soy realmente yo, una duda que arrastro desde que tengo uso de razón, signifique eso lo que signifique. Y es que el asunto no me parece baladí y creo que merece una respuesta a la altura. Una verdadera y sincera, propósito harto difícil en esta época de la posverdad, que no es más que la mentira de toda la vida. Siguiendo con las honduras, mis ojos tropiezan con un artículo que habla del alma, una abstracción que desde siempre se ha definido como un impulso vital y que, sin embargo, yo imagino como un puñado de escamas de sal. Aquello que queda cuando todo lo líquido se evapora y se condensa. El alma, opus magnum, un proceso alquímico y no metafísico. Consulto la Wikipedia: el río Blackwater se convierte al final de su recorrido en uno de los más salados de Inglaterra y esa agua paradójica es el origen de la sal de Maldon, es decir, del alma. Algo muerto y no vivo. “Así que Dios es un algoritmo de Lindekin que te atosiga con las viejas preguntas y un compuesto de cloruro sódico ha usurpado la oquedad que ocupaba el espíritu”, me digo. Antes, tumbados en el diván, dejábamos que el psiquiatra escudriñara hasta la última partícula del subconsciente buscando el porqué de tantas cosas. Aquella vez que no te ajuntaron o que te llamaron marimacho o nenaza. O por qué esa madre de tres hijos fantasea con la idea de ser libre o, al menos, fumarse un cigarro a escondidas. O mejor: por qué su fantasía es hacerlo a la vista de todo el mundo. Un pequeño gesto de sabor acre pero magníficamente revolucionario, ahora que la trasgresión es fumarse un Marlboro light mientras esperas en la puerta del colegio a alguno de tus vástagos. Dicen que los humanos estamos hechos de la misma papilla de cromosomas. Que los huesos y las médulas de todos nosotros comparten ADN y, a su vez, con el mosquito del vinagre y la mosca de la fruta. Nuestro origen común es un pensamiento obsceno y el destino carece de misterio. Pero cómo creer en esa ventura compartida si mientras vivimos uno es de Kant y otro de Hegel, uno de El hormiguero y otro de Hora punta. Puede que conozca a Lidia Sanchis Sorribes, a Ignacio González, a Esperanza Aguirre, me interpela este dorado corazón metálico a través del cual observo el mundo. Quizá sí. Puede que no. Vaya usted a saber.

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L'Avi

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