Ben, Editoriales, Humor Gráfico, Número 75
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Editorial: El estanque fangoso de Aguirre

Ilustración: Ben. Viernes, 28 de abril de 2017

   Editorial

La Operación Lezo, que ha terminado con la detención y prisión incondicional del expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, ha destapado toda la podredumbre que durante años se ha estado gestando en el PP madrileño. De nada sirven ya las excusas y coartadas de los altos dirigentes del PP que han atribuido los casos de corrupción en el partido a “episodios aislados” o a la persecución de un sector de la policía y de la Justicia con cierta animadversión a los populares. Todo eso no son más que excusas que caen por su propio peso. El caso Lezo no hace sino confirmar lo que todo el mundo ya sabía: que la corrupción en el PP es sistémica, institucionalizada, y que la mayoría de sus altos cargos figuran hoy como imputados en alguna causa. Mirar para otro lado o guardar silencio, como suele hacer el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que incluso ha ido respaldando en público, uno por uno, a toda la recua de políticos corruptos de este país, ya no sirve de nada.  Rajoy pasará a la historia como el presidente que se puso detrás de Camps, el que calificó a Carlos Fabra de ciudadano ejemplar, el que ha apoyado a Bárcenas, Ignacio González, Granados, Rato y tantos otros.  Todo aquel que es elogiado por el presidente termina en la cárcel. Por no colar, ni siquiera cuela ya la vieja estrategia de echar las culpas a oscuras conspiraciones o a persecuciones de la oposición, un paraguas malo que no podrá capear todo el chaparrón de escándalos que salpican al Gobierno.

En ese maremágnum de podredumbre se ha producido, por fin y a la tercera, la dimisión definitiva de Esperanza Aguirre. Sus dos dimisiones anteriores como presidenta del partido en Madrid y de la Comunidad Autónoma habían sido de pega, de quita y pon, un “me voy yendo pero no me voy”. Tras dejar el último cargo que le quedaba, el de concejal y portavoz del Grupo Popular en el Ayuntamiento de Madrid, podemos decir que Aguirre ya es historia. Ni siquiera las lágrimas de cocodrilo que la lideresa ha derramado en los últimos días por su delfín González servirán de atenuante para mitigar tan bochornoso espectáculo, una Aguirre que por cierto esta misma semana ha tenido que prestar declaración como testigo por el caso Gurtel. Espe, la inocente y cándida Espe, nunca sabe nada, pero su nombre siempre planea sospechosamente en todos los sumarios.

Los delitos que el juez Eloy Velasco imputa a Ignacio González son los más graves que pueden recaer sobre un político en activo. Integración en organización criminal, blanqueo de capitales, falsificación, prevaricación, malversación de caudales público y fraude. ¿Qué más necesitaba Esperanza Aguirre para presentar su dimisión? Ella fue quien colocó a González en el cargo, ella ha sido quien lo ha defendido y sustentado durante todos estos años de investigación, mientras el juez instructor iba acumulando pruebas documentales irrefutables, testigos comprometedores y grabaciones demoledoras contra el expresidente de la comunidad madrileña. Era como si la señora Aguirre no se enterara de nada. Hoy, después de más de cinco años desde que se destapara el escándalo, por fin se ha dado cuenta de que esto no es un juego, de que su partido en Madrid, el partido que ella ha dirigido, está podrido desde los cimientos hasta la última planta de Génova 13, esa sede que fue pagada con fondos de la mafia.

A Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, condesa consorte de Bornos y de Murillo, grande de España, se le ha permitido todo durante demasiado tiempo. Ha mentido y se ha reído de los españoles (como cuando dijo aquello de “yo destapé la trama Gurtel”) ha amparado y justificado a colaboradores cercanos acusados de delitos gravísimos e incluso ha llegado a decir que ponía la mano en el fuego por Ignacio González, cuando éste ya estaba siendo investigado por la compra de un ático a través de un paraíso fiscal. Es cierto: ha puesto la mano en el fuego y se la ha chamuscado. Cualquier político europeo hubiera dimitido por mucho menos y mucho antes, pero Aguirre es una de esas políticas de la vieja guardia de la derecha española que, sin haber entendido bien lo que es la democracia, pretendían perpetuarse para siempre en el poder, pasara lo que pasara. En 2012, perseguida por el escándalo del caso Púnica, que afectó a otro de sus fieles colaboradores, Francisco Granados, anunció una especie de “dimisión en diferido”, ya que si bien es cierto que decidió dejar su cargo como presidenta de la Comunidad de Madrid, aquello solo fue una pantomima, un teatrillo. Acto seguido, y para estupor de todos, incluidos los de su propio partido, anunció que seguía en política, esta vez aferrándose a un escaño de concejal en el Ayuntamiento de la capital, donde ha ostentando el puesto de portavoz del grupo municipal del PP mientras chapoteaba en el fango. Es decir, fue algo así como “me voy pero solo un poco, me voy pero no del todo”. Fue la dimisión más grotesca y patética que se le recuerda a un político español y eso que en España ha habido dimisiones ciertamente esperpénticas. El desparpajo, la desfachatez y la frescura de esta señora ha llegado a tal punto que mientras sus compañeros y colaboradores más allegados desfilaban por los juzgados, ella se paseaba ufana y tranquila con su perrito Pecas sobre las ruinas y solares en que ella misma ha convertido Madrid. Como si no hubiera pasado nada, como si todavía siguiera siendo aquella aristócrata digna y decente aparentemente limpia de polvo y paja que ganaba elecciones sin bajarse del autobús. Pues no, señora Aguirre, no. Usted ya no es aquella mujer, su tiempo ha pasado. Usted ha permitido que las instituciones madrileñas se hayan convertido en un nido de golfos, ladrones y aprovechados. Usted ha dejado que la democracia haya devenido en un establo maloliente donde los corruptos se arrojan el barro a la cara en medio del lodazal más repugnante. Usted, sin que entremos a valorar si estaba o no en el ajo, que eso ya lo dirán los jueces, ha desprestigiado las instituciones, causando un daño irreparable a los madrileños. Ahora, señora Aguirre, pretende que nos creamos que su amigo y confidente Ignacio González firmaba los contratos inflados con empresas de gran calado como Indra o OHL sin que usted estuviera al corriente; ahora pretende que nos traguemos que González manejaba los presupuestos del Canal Isabel II (del que supuestamente ha desviado fondos por valor de más de 23 millones de euros) sin que usted se coscara de nada; y ahora pretende que nos zampemos que su hombre fuerte, su mayordomo de confianza, ofreció 173 millones de euros a OHL para zanjar el fiasco escandaloso del tren a Navalcarnero sin que usted se enterara de la misa la mitad. ¿Dónde estaba usted, señora Aguirre, cuando todos estos asuntos se cocinaban en la ventanilla contigua a su despacho? ¿Dónde estaba cuando los mafiosos jugaban con el dinero de los madrileños, cuando se dilapidaban millones y millones de euros y cuando los filibusteros especulaban hasta con el agua de los ciudadanos?

Y todavía se permite ir de mujer digna y pulcra por los pasillos y salones de la política española. Resultaría cómico de no ser tan triste.

Llegados a este punto, a la lideresa solo le quedaba una salida airosa. La que ha tomado a regañadientes y sin duda forzada por Rajoy: presentar su dimisión e irse a su casa, ya que el estanque está tan lleno de “ranas”, como ella dice, que ni siquiera se ve el agua. Es hora de que el PP se tome en serio el problema de la corrupción y limpie su casa, no solo porque está en juego su propia supervivencia como partido, sino la salubridad de la democracia española, que cada vez que estalla un nuevo caso sufre un perjuicio irreparable. Urge que el Partido Popular afronte esta etapa negra de su historia y haga examen de conciencia (arrepentimiento y propósito de enmienda, si es preciso, ya que sus miembros son tan católicos). Urge que depure a los representantes públicos que están implicados en asuntos turbios, no solo en Madrid, sino en Valencia −otra comunidad autónoma infestada de cargos contaminados−, en Murcia, donde 35 de sus 45 municipios están manchados por delitos muy graves, y en todas las regiones y ayuntamientos donde afloren casos de corrupción. Hoy, más que nunca, se antoja imprescindible la regeneración, la vuelta a unos mínimos valores éticos que el PP ha olvidado, que se refunde si es necesario tras expulsar a todos los miembros de la vieja guardia incursos en procedimientos judiciales, que son muchos. No es hora de juegos semánticos ni de coartadas cortoplacistas. Ya no es tiempo de circunloquios ni discusiones bizantinas sobre cuándo debe dimitir un político, si al ser imputado, si tras ser acusado, en el auto de procesamiento o cuando le llega la hora de la sentencia. Eso ya es lo de menos. Aquí lo realmente importante a estas alturas es que cualquier cargo público cuyo nombre aparezca en un sumario de corrupción abandone su escaño de inmediato por decencia, por respeto a la ciudadanía y por responsabilidad política. Pero que se vaya con todas las de la ley. No como había hecho hasta ahora Espe Aguirre, esa funambulista de la política que, mal que le pese a ella y para fortuna de todos, ya es historia. A casa como una jubilada, que es lo que toca, y a escuchar cómo cantan las ranas.

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