Ben, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 74, Opinión
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Clases de conciencia

Por Javier Montón / Viñeta: Ben. Viernes, 14 de abril de 2017

@jjmonton

No conocemos su nombre, pero sabemos que es bombero. Por ahora trabaja apagando incendios, excarcelando heridos en accidentes de tráfico o achicando agua cuando se produce alguna inundación. Jon, a mí me gusta este nombre –el suyo verdadero prefiere no hacerlo público–, quizá no pueda volver a desempeñar su oficio durante un par de años o, en el peor de los casos, hasta 2021. La Diputación de Bizkaia, su patrón, le ha abierto un expediente que amenaza con castigarle sin ingresos, empujándole hacia el precipicio del desempleo, con una mujer ya en paro y una hija pequeña en casa. Jon fue requerido para dirigir un transporte de mercancías peligrosas hasta el puerto de Bilbao; el material había de partir rumbo a Arabia Saudí. Era el cabo de guardia ese día y le tocó. Cuando supo que lo de “carga peligrosa” era un eufemismo para referirse a 4.000 toneladas de bombas, recordó que además de bombero es un ser humano y que algunos seres humanos tienen conciencia, buenas entrañas y corazón, y se negó a participar en la operación. Arabia Saudí, una dictadura bañada en petróleo, utiliza misiles, cohetes y bombas españolas para masacrar Yemen, uno de tantos países desheredados de la Tierra que no salen en los informativos ni protagonizan tertulias, sólo resoluciones del Parlamento Europeo plagadas de buenas intenciones que los países implicados archivan convenientemente en la papelera. La Diputación de Bizkaia, en manos del PNV, apretó el botón rojo de la burocracia, afiló la guadaña y se presta a darle su merecido a Jon, un desertor que se saltó la cadena de mando porque sabe que participar en el lanzamiento de cientos de miles de bombas sobre población civil, tan civil y tan población como su mujer, su hija y sus amigos, no le dejaría dormir.

Sergio acudió a una farmacia de guardia. Acababa de conocer a Isabel, una chica a la que enseguida echó el ojo. Recién cumplidos los 18, fueron a cenar. Comieron, bebieron, charlaron y se gustaron. Se gustaron mucho, tanto que la cosa se puso interesante y lo uno llevó a lo otro… “Hola, ¿me da una caja de preservativos?”. “No tenemos, aquí no vendemos”, le cortó la dependienta, que ni explicó sus razones. Por un momento, Sergio creyó en los milagros, pero aquella mujer le recordó de golpe que era Semana Santa y que, en lo que a él respecta, iba a ser tan santa como todas las anteriores. Hay motivos de conciencia amparados por el Estado, los hay que no son tenidos en cuenta. La conciencia de los farmacéuticos vale su peso en oro, la de un bombero no merece la pena.

Los países del sur se gastan el dinero en alcohol y mujeres, vino a decir Jeroen Dijsselbloem, de profesión presidente del Eurogrupo. Y Luis de Guindos, el único ministro español con el C1 de inglés aprobado, saltó en el despacho zaherido, muy digno, escandalizado por tamaña falta de respeto. ¿Los españoles de putas? ¿Los españoles bebiendo? Un respeto, caballero. Ya es curioso que la acusación salga de la boca de un holandés; ellos, que inventaron el Barrio Rojo en Ámsterdam, cuya fama no proviene precisamente de sus bibliotecas o sus parques infantiles. Pero la conciencia de don Luis es selectiva, como la memoria. Menos mal que para reparar los estragos de la edad en las neuronas existe la hemeroteca. Si la consultan no encontrarán ninguna declaración tan inflamada del ofendido ministro cuando, sumarios mediante, supimos de “los volquetes de putas”, de las “putas pero muy putas”, de los “paquetes”, las “titis” y de la cocaína con que regaba sus orgías subvencionadas el starring de los seriales de corrupción protagonizados por dirigentes del PP. Representantes de un partido, no olvidemos, cuyos ministros comparten mesa con De Guindos cada semana en el Consejo de los viernes y junto a los que se sienta su señoría en el Congreso de los Diputados. Entonces, su conciencia no se altera, es refractaria a la miseria, toda esa podredumbre le es ajena.

No sé si el milenarismo, pero los expertos vaticinan que la cuarta revolución industrial sí que va a llegar. Sus protagonistas serán los robots, máquinas entrenadas que se llevarán por delante millones de empleos en todo el mundo, con especial incidencia en España donde, según la OCDE, pondrán en peligro durante los próximos años hasta el doce por ciento de los puestos de trabajo. Artilugios sin conciencia y sin alma, inasequibles al desaliento, entrenados para obedecer sin rechistar. El futuro será metálico. Y el círculo se habrá cerrado.

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