Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 73, Opinión
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Vidas modernas

Por Luis Sánchez

Luis Sánchez

Uno.- Cerca de casa han montado un omnipotente gimnasio que quita el hipo de un sorbo de bebida isotónica: es grande, espacioso, con mucha luz y un sinfín de variados aparatos mecánicos, ¡ah!, y está abierto las 24 horas y dispone de unas tarifas a la medida: pecho, cintura y cadera. Cada vez que paso por la puerta, veo entrar y salir a jóvenes, y no tan jóvenes: van a trabajarse el cuerpo (¡solo el cuerpo!, ¿y la mente?). Se acerca el buen tiempo, ya se sabe, “y cuando llega el verano, vuelvo a la rumba otra vez”. Sí, el cuerpo, torneado; pero la mente, atornillada.

Además, muchas de estas personas, al tiempo que trotan por la cinta de correr, llevan los auriculares puestos (musiquita molona, programa de radio, lecciones de inglés…). Es decir, que en vez de estar pendientes de la actividad que realizan (la respiración, los latidos del corazón, la voz interior…), ponen la atención en otro asunto. O sea, el cuerpo va por un lado y la mente, por otro. ¡Bendita disociación! Cuando te alejas de ti, te alejas de la tierra, y cuando te alejas de la tierra, te alejas de ti.

Si tomamos a la persona como unidad psicofísica (es más evolucionado), desde luego, nos quedamos antes con el yoga, el taichí, el pilates o incluso, la macrobiótica; pensamiento holístico, inclusivo. Más que fuerza, resistencia; más que competitividad, autocontrol.

¡Qué lejos quedan los valores griegos de la Antigüedad clásica! Equilibrio, proporción y armonía, y todo para alcanzar la serenidad. Pero, claro, cuando uno está bien (disfruta del sosiego), necesita muy poco para vivir, y eso no resulta rentable al Sistema, que lo que quiere son individuos ansiosos e insatisfechos (consumidores), que aplaquen su desazón gastándose el dinero (lo tengan o no).

El humanismo (desarrollo integral del hombre) coloca al ser humano en el centro de atención; al hombre (vida) y no a la mercancía (beneficio). Y hablando de humanismo, no estaría de más recordar a José Luis Sampedro, que en este 2017 hubiera cumplido los cien años.

Dos.- Paseo por la acera y me encuentro con una escena cada vez más frecuente: un chavalote, que está parado junto a un árbol, maneja con la derecha su smartphone mientras con la izquierda sostiene la correa del perro; éste, un bulldog francés (esos que tienen carita entre Juan Carlos Onetti y Odón Elorza, dicho esto con el mayor respeto, tanto para el desaparecido escritor uruguayo como para el dirigente político vasco), el chucho -digo- aguarda, impaciente, fuera del alcorque, pues hace rato que ha terminado de hacer sus necesidades.

Pasa otra persona por la acera, también con perro, y el bulldog tira de la correa para saludar; su amo, sin levantar la mirada del móvil, retoma su camino, y el chucho -sin más opción- le sigue a marchas forzadas. ¿Y para eso quiere un perro? Lo saca a pasear, de acuerdo; sin embargo, está más pendiente de su jueguecito tecnológico que de su juguetona mascota. Es decir, el cuerpo del chavalote va por un lado y su mente, por otro; una parte de él camina de manera automática por la acera y la otra salta por entre nubes de algodón caramelizado. Pero esta disociación no es nueva, ¡qué va! Aún recuerdo aquella perla que soltó Felipe Guardiola (conseller de Joan Lerma), allá por los años 80 del siglo pasado: “Mi corazón está con la izquierda; pero la cartera está con la derecha”. Mejor definición de la socialdemocracia, imposible. Socialdemocracia que, después, involucionó hacia el social liberalismo, o sea, la tercera vía: Gerhard Schröder, Tony Blair, Gordon Brown, François Hollande, José Luis Rodríguez Zapatero, Gaspar Llamazares…

Resulta curioso. Si repasamos la historia del pensamiento occidental, comprobamos que, salvo honrosas excepciones, se da una constante: el divorcio entre cuerpo (sentidos) y mente (razón). Y así vamos: escindidos, porque potenciamos uno a costa del otro.

No estamos centrados, no; andamos muy distraídos (la industria del entretenimiento, la publicidad…) y, después, pasa lo que pasa: el cuerpo te pide votar a la izquierda; pero, finalmente, tu miedo vota a la derecha… de Dios Padre. ¡Madre mía!

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