Jose Antequera, Número 72, Opinión
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Rita, indultada

Por José Antequera. Lunes, 20 de marzo de 2017

@jantequera8

Así como el Cid Campeador ganó una batalla después de muerto, la malograda Rita Barberá se ha cobrado su última victoria desde el más allá, aunque haya tenido que ser en forma de ninot indultado. Ahora sí, ya nadie podrá decir que ella fue culpable de nada. El pueblo la ha perdonado.

Pasaban unos minutos de la hora bruja, todo estaba preparado para que ardiera la falla Ausias March-Na Robella. Los castillos apuntaban hacia el cielo estrellado, los coloridos masclets pendían de un hilo y el maestro pirotécnico, como el fiscal más implacable del Tribunal Supremo, estaba presto a prenderle fuego a todos los ninots, incluido el de Rita. Una auténtica tragedia que muchos valencianos no estaban dispuestos a tolerar. ¿Es que nadie iba a mover un solo dedo para salvar de la quema a la dama del Turia? ¿Es que nadie iba a hacer nada para que la gran arquitecta de la Valencia del pelotazo saliera viva de ese corredor de la muerte que para un pobre ninot es una falla en combustión? Se mascaba la tensión mientras allí estaba ella, escayolizada y acartonada, como un muñeco más, con su eterno vestido rojo, su collar de perlas y su bolso carísimo de Louis Vuitton, ascendiendo a los cielos valencianos sobre la cabeza del mismísimo Fidel Castro, que desde abajo parecía mirarla con resignación mientras él se hundía en el infierno por rojo y masón. Altiva y orgullosa, a Rita solo le quedaba esperar que se cumpliera su triste destino, la sentencia cruel que cada año impone su ley en la noche josefina del fuego: ser quemada como una nueva Juana de Arco de la derechona patria. La imagen totémica y omnipresente del ninot de Rita, su sonrisa sardónica y poderosa, ponía los pelos de punta a más de un asistente a la cremà. Al ninot, pleno de expresividad, solo le faltaba hablar con aquella voz de sargentón cabreado que acollonaba al personal en los pasillos del Ayuntamiento. Por un instante parecía como si Rita fuera a recobrar la vida para empuñar el bastón de mando y poner firme a más de un Judas que la ha vendido tras su muerte. Todos la veían ya resucitando, saltando de la falla como un ninja, poniéndose a tirar petardos como una alegre colegiala y dándolo todo en la disco móvil.  Así era ella. “Es como si todavía estuviera viva, no me puedo creer que ya no esté con nosotros, con lo que la quería la gente”, decía una fallera resignada y compungida, sin duda fan de la alcaldesa, poco antes de empezar a arder el monumento. No muy lejos de la chica, cruzado de brazos y con mirada huraña, estaba un muchacho, también fallero, pero de ideas bien distintas: “Con lo que ha robado esa y aún hay gente en Valencia que la defiende. Es increíble”.

El ninot de Rita, tras el indulto

Resultaba evidente que, una vez más, el pueblo estaba dividido: barberistas a un lado y antibarberistas al otro, fieles contra detractores, peperos contra podemitas, las dos Españas falleras, en fin. Y entonces, justo cuando la suerte parecía echada, justo cuando ya estaba claro que ni Génova, ni Aznar, ni su buen amigo Margui, ni la Virgen de los Desamparados, ni nadie iba a acudir en su ayuda para rescatarla del abrazo mortal del fuego eterno, llegaba la mano inocente y salvadora de María Jesús Sevillano, la hermosa fallera mayor de Ausias March-Na Robella, a la que se le había concedido la gracia de indultar a uno de los ninots. Con lágrimas en los ojos, la reina de la fiesta se acercó al monumento y majestuosamente y señalando con el dedo índice dijo: “Quiero salvarla a ella, a Rita”. Y entonces, en ese trance místico, casi milagroso, parte del público rompió en gritos emocionados y aplausos que hubieran ahogado el sonido de la mascletá más atronadora.

Casi al instante, un operario provisto de un carrito de Mercadona (tenía que ser Mercadona) se acercó a la falla, arrancó de cuajo a la robusta alcaldesa y con gran esfuerzo, porque pesaba como muñeco lo mismo que como persona, la metió en el improvisado vehículo metálico, que no sería un Audi, ni el coche oficial que la llevaba cada día a la pelu, pero que cumplía perfectamente con la función de salvamento y rescate de la inmortal edila. El operario, empujando el carrito de la compra, el Rita-móvil, cruzó la calle entre la muchedumbre, que seguía jaleándola y aplaudiendo a rabiar (aunque otro sector la abucheaba, eso es cierto) e introdujo el cuerpo de la indultada en el solitario casal fallero, último y frío retén antes de pasar a manos de la Justicia divina, y allí estuvo toda la noche entre tristes cajas de cartón, estandartes de viejas glorias y pasacalles y algunas botellas de whisky ya vacías. Quién pudiera echarse un traguito al coleto y ponerse piripi por fallas, como en los viejos tiempos, debió pensar la Rita-ninot tras pasar por el mal rato de haberse visto en el cadalso, más quemada que su amiga Espe Aguirre. Al operario, antes de salir del casal, se le escuchó decir, no sin cierta acritud: “Por mí, que la echen al fuego”. No tenía el carné del PP, precisamente. Y así fue cómo la alcaldesa se salvó de la última quema. Esta vez el peligro no le había llegado por el flanco de la Audiencia Nacional, ni por las confesiones de los de la Gurtel, ni siquiera por sus pitufos que siempre se van de la lengua, sino por lo que ella más amaba en el mundo: una buena cremà de fallas como Dios manda que había estado a punto de chamuscarle el cardado.

Mientras el ninot de Rita reposaba, ya a salvo de las llamas, en el interior del casal, María Jesús Sevillano, que es nacida en Ciudad Real, todo hay que decirlo, aseguraba satisfecha: “Desde que vi ese ninot en la ciudad fallera me enamoré de él. Y me dije: este para mí. No lo he indultado por ideología política, simplemente porque me gustó. Ya sé que es un ninot muy grande, pero no me importa, tengo sitio suficiente para tenerlo en el salón de mi casa”.

Curiosamente, la falla de Ausias March-Na Robella ha sido la única que este año se ha atrevido a romper el luto y a hacer sátira con la imagen de Rita. Toni Fornes, el artista fallero que ideó y fabricó el ninot, explicaba su creación artística en una reciente entrevista: “He querido escenificar las ascensión de Rita a los cielos. Irá sobre una nube y con un bolso de Louis Vuitton. En la nube habrá varias gaviotas que están dándole la espalda”. Y añadió: “En la parte inferior está representado el infierno, de donde asoma la figura de Fidel Castro, y él le dice a ella que baje donde está él, que hace caloret”. Fornes tiene experiencia en polémicas falleras, ya que en el año 2006 ideó un conjunto de ninots formado por unas monjas que quedaban sorprendidas ante un gran consolador. Alguien, la Iglesia o quién sabe si los de Hazte Oír, que siempre están al acecho y no pierden comba para liarla parda, debió protestar por aquello y el lujurioso aparato fue inmediatamente sustituido por un respetuoso cirio pascual. La explicación que dio la Junta Central Fallera fue que esa supervisión, que no censura, se hizo para “mantener el buen gusto” de la obra. Finalmente, la falla de Ausias March ardió en medio de la noche salpicada por luces de colores, como no podía ser de otra manera. Fidel Castro, Mariano Rajoy y otros políticos que habían sido representados como ninots terminaron reducidos a vulgares cenizas. Calcinados, abrasados, chuscarrados. Todos menos ella. Todos menos Rita. Porque para muchos valencianos, quizá una legión, Rita es inmortal y siempre será la diosa madre del caloret.

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