Número 73, Opinión, Rosa Palo
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Primavera

Por Rosa Palo

@Ebaezan

Leo que se ha aceptado a trámite una proposición de ley sobre la muerte digna, y empiezo a escribir sobre ello. Pero paro a media columna: hace un día tan radiante que sólo puedo pensar en terrazas y cervezas, sobre todo en cervezas. Aunque tengo que dejar de hacerlo. O de escribirlo: el lunes (y esto es un caso verídico, que diría Paco Gandía) me llegó un email de Alcohólicos Anónimos invitándome a una charla. No quiero ni pensar cómo tendrá el buzón de entrada Mario Vaquerizo, que desayuna Mahou con tostadas. Es lo que tiene la maldita primavera, que la luz hace que me entren ganas de bebérmelo todo, de comérmelo todo, de recorrérmelo todo. Es la ilusión del sol que entra por la ventana y convierte a una pálida columnista de provincias en una chica californiana; es esa desazón que te hace levantarte del sofá y tirarte a la calle, que te impulsa a cambiar las series por un paseo y los libros por el mar; es esa ansiedad que te entra por vivir tu propia vida en lugar de refugiarte en la que viven los demás. La primavera altera la sangre, y la cabeza, y la vida, y los niveles de alergia. Altera hasta a Tolstoi, que no era precisamente la alegría de la huerta: “La primavera es la época de los proyectos y de los planes”, escribe en Anna Karenina. Y llevaba razón.

Así que les dejo la muerte a los filósofos y a los poetas, capaces de encontrarle la épica y la lírica a algo que no lo tiene. Porque la muerte nunca es digna, ni heroica, ni romántica; la muerte es una putada que siempre te pilla mal, a contrapelo: a veces llega demasiado pronto y no te da tiempo a vivir todo lo vivible; a veces llega demasiado tarde, cuando ya hace tiempo que te has rendido, pero sigues ahí, muerto por dentro y vivo por fuera. Nunca viene bien morirse, y menos sin avisar: en la esquela de Enrique Aldaz Riera publicada este mes en ABC, el finado “suplica perdón a sus deudos y amigos por haber tenido el atrevimiento de morirse sin su permiso. No lo hará más”. Si viviera Luis Carandell la hubiera incluido en Tus amigos no te olvidan, aquella recopilación de esquelas y epitafios que hizo, como él mismo decía, porque no se puede conocer a los vivos sin haber visitado antes a los muertos. Igualmente, en el libro hubiera aparecido, seguro, la de María Rodrigo Molino (también publicada hace poco en ABC, que últimamente parece el Epitafios, de José Luis Coll), que rezaba: “Para un día que salgo en una esquela, y no me veo”. Esto no es post humor, sino humor post mórtem. Que también vale. Y me voy a tomarme una caña a la calle, que no quiero quitarle la razón a Alcohólicos Anónimos. Y, además, es primavera.

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