Eduardo Beltrán, El Petardo, Humor Gráfico, Número 71, Opinión
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Mensaje de a-normalización

Por Eduardo Beltrán / Viñeta: El Petardo. Viernes, 3 de marzo de 2017

Eduardo Beltrán

En mi personalidad y ser, conviven o inter dependen rutinas irreconocibles y conocidas dentro de la anormalidad de mi herencia bio-genética, socio-cultural e histórico contextual. Con base a esto, conste que soy a-normal dentro de los miles de milores de seres humanos a-normales que habitamos el planeta, ya que la particular anormalidad es la medida de la normalidad, o dicho de otro modo, dentro del orden está el caos y viceversa.

La normalización de la normalidad tiene dos caras: por una parte la ética (el código del bien), por otra parte, la peripatética (la ridiculez en las proposiciones).

Lo ético de la fiebre de la normalización es que nos hace contener mayor número de sobre-normalizaciones en esa normalización que todos pretendemos conseguir y que nos hace estar bien, vivir más cómodos (o felices) y aparecer mejor en la fotografía de nuestras constantes, vitales y reales, de lo que cotidianamente transcurre por delante, por detrás, por los lados, por arriba, por abajo, y por dentro de nosotros. (Sin contar con las coordenadas que aun no podemos medir).

La parte peripatética es la corrección social o política (de polis: ciudadanía), aquella parte de la normalización que viene como su hermana melliza. Viene en el momento idóneo, ahora que la humanidad ha decidido manifestarse en el mundo por parejas de mellizos y ponernos del revés en cada una de las transparencias en las que andamos metidos todos por conseguir el cambio, ya que cambiar, cada uno quiere cambiar por algo, por alguien, por la mascota o por el equipo de Facebook, que a su vez es el del póker, el pádel, el fútbol, el running, el de “solo chicas” o el de antiguos alumnos del instituto en los que estamos contentos de vernos tras muchos años y en los que nos queremos demasiado.

Esto viene a cuento porque se nota mi anormalización por tiempo y espacio en la vida que he escogido, entre las posibilidades anormales de la normalidad, y se nota porque estoy a caballo entre dos generaciones (por no ponerme solemne y escribir, entre dos paradigmas sociales y humanos). Por un lado soy sensible a la educación –moribunda y sólida en cualquier valor– del entorno que me precede (el de los progenitores y su generación), y por otro, también estoy sensible a la curva con pendiente del tobogán de la normativa normalización de lo normal de mi generación y posteriores.

En las rampas de descenso y ascenso (ambas con vértigo, un vértigo provocado por los que aun limitan por rígida parálisis futurible, y los que aceptan la moda como totalitarismo de las costumbres contemporáneas ya no futuribles sino presentes) de la montaña rusa a la que hemos decidido, de una vez, participar, nos encontramos con la normalización de la heterogeneidad de género –el sentimiento variado de pertenecer a una sexualidad con sus variantes sexuales–, a la igualdad de género, la de las múltiples enfermedades aun no reconocidas como normales (llamadas “raras”: imaginad que normalización tan “rara”), la de las opciones de transporte ecológico, la alimentación o nutrición vegana, macrobiótica, ancestral o primitiva, carnívora u omnívora, la de los derechos de los niños y animales (y mascotas), y un largo etcétera.

En la lucha por la igualdad, uno de los frentes más colosales es el del lenguaje. En este frente estamos todos, conservadores y renovadores, la RAE y el dialecto “choni”, el anglicismo y Whatsapp. Son batallas cruentas que siempre relatan el mismo cuento. Entre las de mayor crueldad: la discriminación por sexo y/o sexualidad o la discriminación por ser (anormal dentro de la normalidad, no lo olvidemos) dentro de un aula o colegio.

Decidido a enfangarme en un proceso ambiguo, puesto que muchos colectivos declararán su igualdad frente a cualquier opresión, defenderé cualquier anormalidad dentro de la supuesta normalidad, lo que quiere decir que la normalización es siempre partidaria, excepto el lugar que tiene asignado a derechos individuales, o el bien del ser individuo, y colectivos, o el bien común. La parte ética a la que hago referencia al comienzo. (¿Tenemos que incluir también la normalización “ante la ley”, ante la justicia de la interpretación?).

Y ahondaré en el barro de la escoria racista de la educación de nuestras sociedades. El lenguaje –las expresiones que segregan y prejuzgan o que discriminan o minusvaloran– es el testigo más limpio (y más inconsciente síquicamente hablando, y por consecuencia, sí es racionalmente y sensiblemente usado y manifestado) de nuestra pobreza socio-católica, individuo-hispánica de los pusilánimes engreídos que las emplean.

Si éstos inmaduros utilizadores del lenguaje menospreciador están cerca de ti, se empobrece más la referencia porque de frente está expuesta ante ti: ¿eres el racista –relativo, inconscientemente– que no quieres ver, y que alguien a tu alrededor te hace odiarlo?

No soy cosmopolita, no he viajado, pero tal vez no haga demasiada falta si al otro lo recibes en tu vida, y lo vives (vívelo). El/la/lo otro es toda la mitología/literatura fantástica de terror de la cultura humana, es todo el relato-ficción-cuento no asumido en la realidad, de la a-normalidad de índole múltiple. El migrado, la migración, es una buena manera para enfrentarnos a lo que en realidad mayormente somos: una escoria de reflejos del racismo inquisitorial, la inmundicia del no poder ser igual al otro porque no vaya a ser que es mejor en espíritu y pragmática. ¡Pero sí, efectivamente, son elementos ejemplares de lo que tú necesitas ser: más ser humano, mayormente integrado en tu/s otro/s!

¿Seguimos refugiados en la basura?: tal vez así nos picará de hemorroides Donald Trump, nos picará de urticaria el islamismo radical, de psoriasis la pederastia, de eczema la corrupción, y quizás alguien o algo más.

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