Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 71, Opinión
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Manos, ¿para qué os quiero?

Luis Sánchez

 

Por Luis Sánchez. Viernes, 3 de marzo de 2017

  1. Si cuando hablas, sólo hablas de ti, entonces, ¿para qué quieres a los demás?
  2. Si cuando escribes, sólo escribes de ti, entonces, ¿qué será de los otros?
  3. Si en tu mundo sólo cabes tú, ¡pobres fantasmas tuyos!
  4. Ahí eres: donde más te duele. (Hay ombligos que parecen plazas de toros.)
  5. No basta con extasiarse ante la belleza, hay que denunciar a quienes la destrozan.

En el impagable libro Clases de literatura. Berkeley, 1980, Julio Cortázar habla de las tres etapas por las que pasó en su camino de escritor:

–Estética. La perfección estilística: la literatura como literatura misma.

–Metafísica. El sentido del ser: indagación del destino humano.

–Histórica. La capacidad de transformación: participación en los procesos históricos.

Así, pues, hasta que un escritor no adquiere conciencia de su dimensión histórica, es decir, de su poder, de su misión y de su proyección en el tiempo, no llega a su madurez humana. Y es que al escribir –escribimos con la mente y con el corazón, ¡e incluso con las manos!–, desarrollamos el alma: ese mundo personal que, gracias al talento, se universaliza; y también, ese mundo externo que irrumpe en nosotros para dejar su huella.

Todo escritor, a fin de cuentas, es hijo de su tiempo y heredero de un pasado.

“Hombre soy; nada humano me es ajeno”, Terencio, dramaturgo latino del siglo II a. de C. Como que el Verbo se hizo carne para alcanzar la conciencia. Y es que la palabra no es una posesión, sino un regalo, una donación, un don (del latín donum, -i); de ahí nace la responsabilidad del escritor. Del mismo modo, tampoco somos propietarios del planeta, sino meros inquilinos. La belleza es delicada; el lujo es caro.

¿Qué hace la palabra, encallada en mis cuerdas vocales?

Un ejemplo concreto: la crisis que padeció Jaime Gil de Biedma (gran poeta) en 1974 ilustra muy bien las contradicciones de la sensibilidad burguesa. De ahí la necesidad de “otra sentimentalidad”, en palabras de Luis García Montero.

“Mi trabajo es escribir, pero mi verdadero trabajo es ser”, William Saroyan, en Obituarios (1979). Sí, antes que escritor, hombre, y antes que hombre, persona, porque antes que la literatura está la vida: la fascinación por el misterio. Por cierto, admirable, la evolución personal y política de Jean Genet (1910-1986). Y ya metidos en materia, ¿cómo no leer San Genet, comediante y mártir (1952), de Jean-Paul Sartre?

Uno ¿para quién escribe? ¿Solo para sus coetáneos?, ¡menuda pobreza de miras! No voy a entretenerme en aquellos autores que sólo fueron comprendidos muchos años después de su fallecimiento, la lista sería interminable.

Hoy en día, la premura, el exhibicionismo, la inmediatez, el deseo de agradar, el interés por vender, las ganas de triunfar, el buenismo… rebajan la calidad literaria (y la catadura moral). Hemos despojado de valor a la palabra; hemos sustituido la conmoción por el impacto, la ficción literaria por el verismo periodístico, el conocimiento por la información y hemos llegado a la “posverdad”. ¡Menudos gilipollas estamos hechos!

Nos cuesta reconocer el drama primigenio, el de la condición humana (¡un olvido imperdonable!), porque, en una operación de barrido (eliminación de las Humanidades), han instaurado otro drama, más simple y vulgar, un drama con el que construyen la realidad, una realidad frágil, líquida, digitalizada…, una realidad ávida de novedades y sensacionalismo que, al poco, salta por los aires en mil pedazos, gracias a la manipulación, al rumor, a la ambigüedad, a la sospecha, a la duda, a la confusión…

George Orwell (1903-1950) sostenía que la libertad de expresión existe para decir lo que nadie quiere escuchar. Recibió, claro, palos de unos y de otros; pero aguantó firme y no perdió el rumbo: sabía quién era y lo que defendía. Igual le ocurrió a Albert Camus (1913-1960) y a Bertrand Russell (1872-1970), modelos todos ellos de integridad.

¡Qué difícil es hoy en día mantener el tipo!, ¿eh, maromero? Pero… si no escribes contra algo, acabarás contrariándote a ti mismo.

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