Cine, Eduardo Beltrán
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Magical Girl: cadena de peleles

Por Eduardo Beltrán. Jueves, 30 de marzo de 2017

     Cine

Magical Girl fue la película ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián 2014, pero únicamente fue premiada Bárbara Lennie como mejor actriz protagonista en los premios Goya. Carlos Vermut, que ya dirigió Diamond Flash (2011), también se llevó el premio al mejor director del festival de Donosti. Cine español contemporáneo donde aparecen nuevas formas de perversidad; con una planificación medida; ubicado entre las banalidades cotidianas y su soledad, lo melodramático social y el thriller negro.

La planificación de Magical Girl es contenida y pausada, con una cámara muy fija –un encuadre muy omnisciente que quiere sobre informar en los detalles–, muy medida, pero que transmite su contrario: el exceso de orden, la frialdad, la obsesión psicopatológica. La realización y diseño de producción también informa de lo gélida que resulta ser la incomprensión del propio ser humano sobre sí mismo en el mundo actual. Todo está muy ensamblado como el puzzle de Damián –José Sacristán– aunque siempre le faltará una pieza, invisible, por donde supura la soledad contemporánea.

Además, la notoria estructura del filme conseguida mediante la planificación, tiene influencias del concepto de Ma japonés, del propio cine japonés (planificación de la cámara, el tiempo de las secuencias, la película Black Lisard de Kinji Fukasaku, 1968) y del cine coreano actual (en concreto Bong Joon Ho). El concepto de Ma refiere a la experiencia “subjetiva” del espacio que se modifica con la mente, la imaginación y la conciencia humana. Lo que viene a significar que a Carlos Vermut le interesa que el tiempo y el espacio de las secuencias de Magical Girl se aprecien en sí mismas, y no por necesidades de información narrativa que las unen entre sí, propio de un cine de acción estadounidense, por ejemplo.

Junto a esta idea, Carlos Vermut reconoce la influencia del cine coreano actual donde los géneros cinematográficos –cine negro, comedia, ficción– se renuevan de manera creativa sin perder sus características propias. Con todas estas referencias el director español admite querer inscribir de manera obsesiva un cine de forma lenta y reposada con un contenido de intensidad psicológica y social evidente. 

El director, también en esta película, recurre a la tradición cultural española para representarla en situaciones insólitas –o si no desacostumbradas, sí ambiguas y mezcladas en la heterogeneidad de iconografías renovadas–. Sin ir más lejos la adopción de la metáfora taurina para el sadomasoquismo: la lidia de los instintos. Aparece una reflexión controvertida sobre el mundo de la tauromaquia como asunto de mitología arquetípica –o psíquica– española. Metáfora de la irracionalidad, el instinto, las emociones –el miedo, la muerte, el sacrificio– que se enfrenta a la técnica, a un orden controlado –el toreo–. Las corridas de toros asoman por las palabras de un personaje a modo de representación –rito y cultura– de la balanza española –indecisa, inestable– entre lo racional y lo emocional.

Perversidad y deseo

Alicia –interpretada por Lucía Pollán–, la niña enferma de leucemia que desencadena la acción en Magical Girl, interfiere en su padre –temeroso, condescendiente, enajenado y sin trabajo–, con un deseo infantil: vestirse como magical girl, con un traje –con diseño exclusivo– de un personaje de anime japonés. Posteriormente, el deseo inconsciente de Alicia se tornará en sordidez con Bárbara –interpretada por Bárbara Lennie–, que representará esa actitud externamente, ya consciente y desequilibrada, dando lugar a la personificación de la mujer que utiliza la perversidad para satisfacer su vacío e inquietud irresuelta, agentes que se transforman en la utilización, o bien de hombres perversos o de “títeres”, o en una patología sadomasoquista. Es otra “nueva” representación de mujer fatal.

La historia hará cruzarse fortuitamente a Luis con Bárbara, una mujer mantenida por un marido psiquiatra a la que suponemos un pasado turbio donde jugaría un papel principal Damián, el personaje que interpreta José Sacristán, profesor en la escuela de Bárbara niña. Bárbara acude a una compañera o amiga, la cual contacta a mujeres y clientes de lujo, para resolver el chantaje que le ha infligido Luis, desesperado económicamente por comprarle el traje a su hija. Bárbara sabe que si se mete de nuevo en un infierno es por puro placer doble: lo espeluznante y el juego de seducción psicológica sobre el “pelele”.

Perversidad masculina, perversidad femenina

Las “niñas mágicas” imaginan y hacen imaginar, sufren y hacen sufrir, pero sea como fuere Carlos Vermut proyecta una infancia ambigua en la que se demuestra que es un terreno psicológicamente sin satisfacción emocional, donde se iluminan –con disfraz y varita mágica–, socialmente, algunas imágenes de perversidad femenina. Asimismo, en la película aparecen prototipos sicológicos de perversidad masculina. Carlos Vermut, hace coincidir a una generación de varones del cine de la Transición española –representada por José Sacristán–, con su “asignatura pendiente”, la muchacha fascinante y la hada mágica que nunca imaginó o que no pudo encontrar, quizás dentro de su propia psicología. Pero Carlos Vermut hace enfrentarse a Damián, doblemente, con un arquetipo irresuelto de magical girl. Su resolución es un buen aliciente para ver, de nuevo, esta película.

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Eduardo Beltrán

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