Aitana Castaño, Número 72, Opinión
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Las ocho muertes de Libertario García

Por Aitana Castaño. Viernes, 17 de marzo de 2017

@Sairutsa

Libertario García nació una vez, como asturiano en Buenos Aires –que era una manera muy común que tenían los asturianos de nacer en la primera mitad del siglo XX–, y casi se muere muchas veces. La primera vez que Libertario casi murió fue en el barco en el que volvía a Asturias con su familia cuando tenía cinco años. La nave chocó a la salida del puerto de La Coruña contra un arrecife. Murió en el acto un hermano de Libertario y su madre sufrió graves heridas que, años más tarde, fueron decisivas para que también ella muriera. A él lo salvaron por los pelos, literal. Era el 22 de febrero de 1918.

La segunda vez que Libertario García casi murió fue cuando conoció a Conchita, que era rubia y de ojos claros y tenía porte de actriz. La de esa vez fue una muerte metafórica, ya sabéis, de puro amor. Ella era tan guapa. Se enfadaron al principio. Poco tiempo, porque ella se fue de romería aunque él estuviera de luto. Pero es que solo hacía quince días que se rondaban, que no eran ni novios, casi.

La tercera, la cuarta, la quinta, la sexta y la séptima vez que Libertario García casi murió tuvo que ver con el hecho de que vivía al lado de la Fábrica de Armas de Trubia y durante la guerra, en la zona, caían bombas (casi) todos los días. La octava vez que Libertario García casi murió, ya tenía puesto un José delante del Libertario y fue del susto, cuando la policía vino a detenerlo, –aunque en realidad ya se barruntaba que andaban detrás de él y el susto fue para el pueblo entero, que le tenía gran aprecio–. Durante años Libertario García García había trabajado de gruista en la Fábrica de Armas y también, sin que nadie lo supiera, como informante para una red de espionaje al servicio secreto de su majestad, de los Británicos, del enemigo. Su puesto de gruista en la Fábrica lo hizo el hombre perfecto para preguntar y para saber. Durante años pasó desapercibido hasta que un día lo trincaron. Se dijo, después, que él había cantado el nombre del resto de espías que aportaban información a los ingleses porque tras su detención cayeron unos cuantos. Pero él siempre lo negó. Y lo negaba apelando principalmente a su condena. Pasó por varias cárceles de España (Santoña, Toro…) Donde muchos creyeron que había muerto. Pero no, en la cárcel casi murió, pero de pena, porque no podía ver “a la su Conchita”, ni a “los sus nenos”, Tistín y Pepín, que crecieron con un padre tan querido como ausente.

Después del presidio (que iba a durar veinte años y al final duró nueve) vinieron las niñas, también dos. Ellas, de pequeñas, se dormían, con historias de espías y también con los versos recitados que su padre escribió en la cárcel y que Pili, la menor de los hijos de Libertario García, lleva siempre con ella en la cartera. Hoy me los enseñó en el tren.

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