Francisco Saura, Número 72, Opinión
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La visita de las estrellas

Por Francisco Saura. Viernes, 17 de marzo de 2017

@pacosaura2

Nos hace falta un aeropuerto con una pista de aterrizaje que nos comunique con las estrellas de la Galaxia del Sombrero, para quitárselo y arrojarlo al aire y contemplar cómo se posa en el mar, y cómo los peces chapotean a su alrededor antes de que se hunda y duerma en la pradera de posidonia. Sí, amor. Necesitamos un aeropuerto cercano a las montañas nevadas del corazón de la medusa, y flores de diente de león alrededor de la torre de control y la luna iluminando ese espacio mágico que dialoga con el Universo. El viento de la noche agita las ramas doradas con escalones carmesíes cincelados en la madera, y de salto en salto casi tocamos la luna, y Venus allí arriba y más allá de la Puerta de Tannhäuser, el Capitán quema su última nave, dejando una estela de polvo cósmico como las migas de pan del cuento infantil.

Nos hacen falta muchas cosas: un aeropuerto, un tren de alta velocidad, agua y oleaje, el sol del mediodía y la sonrisa de la madrugada, una copa de vino en la mano y un plato de caldero en la otra, una cerveza y una marinera, ver el fondo de nuestro mar y el hielo del Ártico, sentir el beso de la aurora (sus dedos rosados) y el ardiente atardecer, el canto del grillo y el olor a hierba húmeda… Tal vez no seamos tan insignificantes como nos hacen sentir nuestros políticos, tal vez detrás de aquella puerta abierta que nunca cruzamos el aire huela a nubes, y los peces tengan alas y los caballitos de mar reten a las olas a una carrera hasta las blancas arenas.

Tal vez, amor.

Nos hace falta esa pista de aterrizaje para abrazar a nuestros hermanos de las estrellas, esos sueños de dudosa morfología, que nos traerán la prosperidad envuelta en luz blanca, descendiendo de sus naves intergalácticas para disfrutar por fin de la anhelada tranquilidad de la edad perecedera. Y entonces contemplaremos el agua espejada de los estanques alrededor de los nenúfares y llamaremos a esos visitantes por sus nombres y sus estrellas de procedencia. Y ellos nos mirarán con condescendencia, y luego miraran las oscuras montañas, y a las aves cruzando el cielo en bandadas, y sentirán en sus rostros el viento aterciopelado de la primavera antes de acurrucarse en sus extraños cuerpos y dormirse en brazos de la belleza.

¿Qué más podemos pedir de la vida si cabalgamos a lomos del progreso? Tal vez despertar con el canto del ruiseñor en la cercana acacia o que nuestro Capitán taña el arpa mientras dormimos en brazos de Morfeo.

Hay muertos en el camino que te señalan con la mirada de algas secas que penden de su ausencia. Alrededor crece la hierba, y las flores del almendro nos hablan del fin del invierno, de los vientos más templados y de la luz que se alarga e invade el primer sueño. Ellos no verán los remolinos de luz de las naves intergalácticas posándose en el aeropuerto, tampoco sabrán de los baños muertos en el lecho de miel de nuestros fracasos. Hace mucho que nos dejaron, cuando la esperanza era un vocablo todavía en uso, cuando las olas llegaban a la costa con olor a vida marina, cuando la tierra tenía carne y te podías recostar en ella sintiendo un calor casi humano, cuando todavía los sueños llegaban envueltos en tenues gasas argentinas.

Ahora solo esperamos la visita de las estrellas, amor. Todo lo demás navega en el vacío.

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