Cipriano Torres, El Petardo, Humor Gráfico, Número 72, Opinión
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La pija tóxica

Por Cipriano Torres / Viñeta: El Petardo. Viernes, 17 de marzo de 2017

@CiprianoTorres

Cada semana necesita un titular, como yo a diario recordarte. Cada semana se lía su desvergüenza al tinte que se echan las marquesas, como yo me lío por la noche a las cosas que me decías, para no dejar que su ego se venga abajo y le pida explicaciones por no sacarlo a paseo ante un jardín de cámaras mirándola, un corro de periodistas tratando de pillarla, y un cielo de focos iluminando su jeta. Esta tiparraca representa lo peor de la política, como tú lo mejor que nunca me pasó. Debería de ser una apestada, la expulsada de la mesa del padre, la arrinconada por la madre, la que avergüenza al adversario y al de su cuerda, pero no, es la que miente cada vez que habla, la que cree que los demás, los otros, todos, el mundo, es gilipollas, cretino, imbécil, no sólo porque le ríen la gracia sino porque siguen votándola. Esta señoritinga ha perdido la dignidad, y a mucha honra, parece decir, igual que yo perdí el aliento y mi corazón el día que te fuiste. Hay quien ve en ella todavía rescoldos parecidos a la broma, al gracejo, a la soltura de quien no tiene rincones y piensa lo que dice en el momento en que lo piensa, caiga quien caiga, pero no, esa fue una trampa, su trampa tendida al respetable, que picó. A mí hace tiempo que dejó de hacerme gracia para darme una rabia de muchas arrobas, como tu recuerdo hace que renueve la esperanza en mis semejantes y tu nobleza sea el contrapunto a este tipo de criaturas de mala condición, cínicas y mentirosas, fulleras y desalmadas.

Lleva en política cinco millones de años, y ha sobrevivido como un reptil de hielo a cataclismos geológicos que arrasaron la tierra que pisó, contaminó el aire que la rodeó, corrompió el buen nombre de las instituciones que la cobijaron, y ella, altiva y sonriente, haciéndose la lerda, escapó de la ratonera antes del cataclismo final. Su reino se alza sobre su indecencia y atrevimiento. Y sobre las tragaderas de unos ciudadanos ciegos, sordos, y mudos. Nació como bufona para la televisión, que en vez de castigarla con mandobles premió su ignorancia hasta convertirla en una estrella rutilante gracias a programas como ¡Caiga quien caiga!, con El Gran Wyoming al frente de un equipo de reporteros de gafas negras que la perseguían como ministra de Cultura en el año 1996 en el primer Gobierno de Aznar, una ministra zopenca y burra, más experta en jugadas y palos de golf que en cine, música, o literatura. Memorable su opinión sobre “la autora” Sara Mago, o su pánfilo desconocimiento sobre la película de Juanma Bajo Ulloa, Airbag, estrenada en 1997, que no acertaba a saber si era española o vete tú a saber lo que son capaces de hacer estos rojos. Pero ella, lista como una rata, olfateando que la tele no era su enemiga sino su aliada, incluso aceptando que la buscaban para sacarle su lado más patético, no hacía caso a su equipo de prensa, y en vez de salir por la puerta de atrás como le aconsejaban para evitar que volviera a meter la pata, nada, sonriente y feliz, se dirigía a la boca de un lobo en forma de cámaras y focos que ya empezaba a dominar porque sabía que esa presencia mediática la impulsaría en su carrera. Sería ella, y ahí está el tiempo para demostrarlo, quien acabaría dominando a los medios y no al revés. La pija que descojonaba a la audiencia acabó meándose en ella, incluso teniendo una tele pública a su servicio, y con mano de bomba de racimo porque cuando la hacía estallar ante la más mínima discrepancia no dejaba que la yerba del disidente creciera en su feudo, expulsado sin miramientos de su reino de infame servilismo. Atrevida como un chucho que ladra y se desgañita ante un perrazo que lo mira entre alucinado, sorprendido, e interesado por peluche tan patético, esta profesional del bulo, la mentira y la manipulación mete su hocico en todo, como hace unos meses, cuando se felicitaba por “la Toma de Granada hace 525 años: las españolas no tendrían ahora libertad con el islam”. Y se queda tan a gusto. Sabe que toca carbones encendidos, que aviva el odio y pisa un suelo minado, que reduce a parodia algo muy serio, que pasa por alto otras páginas de la historia reciente donde “las españolas” no tenían esa libertad mentada, pero a ella le da igual, tergiversa, reduce la realidad, y enriquece su capacidad de víbora que escupe veneno a sabiendas.

¿Por qué hablo entonces de sinvergüenza tan notable? Porque representa, quizá como pocos hombres y mujeres, lo peor de la política. Esta señora no está en política para servir al pueblo sino para servirse del pueblo. Y reírse de él con satisfecha y creciente adicción. Ni siquiera cuando le demuestran que miente y engaña lo reconoce. Es una cínica perfecta. Simboliza la cara oscura y abyecta del servicio público, que en sus manos es un instrumento de ruda y grosera palabrería. Es fina por fuera y tóxica por dentro. De pija boba a dama neocón. Ahora, en su penúltimo tocomocho, la tienen rodeada por la financiación del PP madrileño cuando ella era la garrapata mayor de esa factoría S.L., arcas que se iban llenando con un maná empresarial como impuesto de revolución si querían recibir contratos de la Comunidad de Madrid que presidía este ejemplar perverso y sin complejos. Pero los hechos no son nada en este orden mundial en el que se abre paso la mentira como sinónimo de verdad, donde las convicciones y la desvergüenza atropellan y usurpan los datos comprobables. En ese caldo urticante se mueve esta lagarta, cuyo rastro es un pufo sin fin a cuenta de las cuentas públicas, esquilmadas en sonados teatros faraónicos como la hoy fantasmal Ciudad de la Justicia de Madrid, un páramo donde toman el sol los jaramagos y las ratas a costa del ciudadano, que pagó su delirio con más de 100 millones de euros. Pero ella, al tiempo que defeca al levantarse, dibuja la máscara de su sonrisa de hiena, se echa a la calle, y se ríe del mundo culpando al otro –colaboradores, cargos nombrados por ella, medios de comunicación, lo que haga falta– de sus pifias. O sea, ella, mártir, es la víctima de tanto mal y despropósito.

¿Por qué sacan tanto en la tele a Esperanza Aguirre?, me preguntabas algunas veces. Y nos reíamos mientras la pantalla supuraba un líquido verde con un raro hedor que se quedaba flotando en el aire hasta que abríamos la ventana y entraba la vida.

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