Eduardo Beltrán, Número 73
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La excepción confirma la regla

Por Eduardo Beltrán. Viernes, 31 de marzo de 2017

Eduardo Beltrán

A las alturas de la contienda que nombramos como vida en que “soy estando”, ya debería saber que la inocencia es un valor que se debe manifestar, si se tiene como propio, pero de ahí a ser bobo, hay un camino de confusiones de por medio.

Se comenta dentro de las pruebas científicas que cuando se da una regla por establecida, la excepción acaba por confirmarla. Además, también es así antropológicamente, puesto que el ser humano –aquí lo antropológico sí que es científico, comprobable y comprobado con resultados obvios– repite los mismos patrones de conducta desde hace siglos.

Pero ahora que lo presente obliga a repensar la necesidad básica de sustentarse, y fuerza a replantearse el dominio de las parcelas laborales y los espacios de convivencia y sus identidades y reglas, encontrarse con la excepción es armonía, es lucidez que reside completa en ciertos seres humanos, ya que la inocencia lúcida es el amor, y esta ingenuidad pocos la pueden manifestar de ese modo, pero es el origen –y posibilidad y esencia– de la vida de los fenómenos que se dicen materiales. (Insisto que ser ingenuo no es ser bobo, es el corazón del ser que calienta su nido de paz con el mundo y la vida, el tonto lúcido o el alma cándida es sabia a pesar de lo aparentemente real o a costa de lo que “real-izamos”).

La inocencia de la lucidez la puede tener cualquiera, de hecho todos la tenemos, pero hay que estar en el momento y el lugar en el que hayas querido reconocerla, y somos muchos (todos) los que estamos en la regla de la supervivencia de la vida, que oculta como innecesaria a la desnudada simplicidad. Aunque tiene una ventaja si el corazón sabe que late a favor de su bienestar: a lo incondicionado le encanta hacerse reconocible en lo condicionado.

Lo digo por la dichosa solidaridad, que es descaradamente exterior y fotogénica y no interior o psicológica. Sentir y comprobar el padecimiento propio contigo mismo es la excepción que confirma la regla. Existen personas que han pasado por esa prueba en forma de enfermedades graves y otras situaciones de sufrimiento, sacrificio, dolor, menosprecio e injusticia, ira, abandono o ausencia, tristeza, que hemos instalado en el software del computador de la psique.

En cualquier ámbito de trabajo –da lo mismo cual sea pero es más insidioso si es en el campo más humano, el de la salud, o el de las Humanidades– las bocas se cierran cuando expresas tu necesidad de ayuda. Es comprensible, pensándolo desde la atalaya de una consciencia pisoteada por el temor, y teniendo en cuenta esa orden –seguramente macrocósmica: la que nos está dirigiendo a otra forma de pensar, ver y ser– que parece (pero no es) obligarnos a decir: pon tus barbas a remojar cuando veas las del vecino cortar o afeitar.

La atmósfera en la que respiramos parece decir eso, pero ese campo sigue teniendo oxígeno a pesar de la polución. ¿Por qué no pensar primero en lo que nos da el oxígeno para vivir que es lo que todos hacemos o por el cual podemos trabajar etc., y no pensar en la polución que estamos respirando, que es la que se ha impuesto, la que sigue viviente en el inconsciente humano, cuando el último es el que paga el pato, o los platos rotos o lo llaman maricón?

La Facebook-solidaridad es superficial. Ayúdate a pensar en tu asistencia interior: encontrarás asistentes interiores y exteriores, que habrán sido ayudados interiormente, para poder hacerlo exteriormente. Pero a mí lo que más me gusta es que la excepción sea la regla.

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