Álex, Humor Gráfico, Número 73, Opinión, Óscar González
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Kafka en todas partes

Por Óscar González / Viñeta: Álex, La Mosca Cojonera. Viernes, 31 de marzo de 2017

Óscar González

Llevo más de una hora sentado frente al folio en blanco. He empezado este párrafo unas veinte veces y lo he borrado diecinueve. Quiero escribir sobre la sentencia que le casca un año de cárcel a Cassandra por hacer chistes con el referente de Yago Lamela. Y quiero hacerlo con sobriedad, pero lo único que me sale es una explosión de rabia e improperios, así que borro y vuelvo a empezar, porque la altura del tema lo requiere.

Hablamos de un país en el que día tras día nos embuchan consignas sobre la maravillosa democracia que tenemos, pero que va a salpicar con antecedentes penales la ficha policial de una joven por hacer coñas sobre un señor que, de no haber ascendido como lo hizo, habría perpetuado la dictadura y aplicado una férrea represión. La contradicción es la bomba, no me lo negarán. Equiparar el asesinato de un alto cargo de una dictadura instaurada por un golpe de Estado, con las víctimas de un grupo terrorista en una democracia –cuestionable, pero legítima–, es una aberración argumentativa tal que fundamentar sobre ella una condena escupe en la cara de lo que dice defender.

Este tipo de situaciones nos hacen recordar la famosa reflexión de Gramsci sobre esos momentos de la historia en que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no consigue todavía abrirse paso. Es una definición que encaja bien con la situación actual del Estado español, donde la politización de la ciudadanía que detonó con el 15M y ha encontrado su expresión institucional en las candidaturas de unidad y el surgimiento de Podemos –con sus luces y sus sombras–, ha hecho saltar por los aires el status quo apacible que dejó la Transición. Y la onda expansiva ha sido de tal magnitud, que ha sacudido también a una judicatura demasiado vinculada con los otros poderes del Estado que, armada con una batería de leyes creadas cuasi ad hoc, ha salido a poner puertas al campo vigilando y amedrentando a los usuarios de redes sociales, creadores de opinión, en un momento en que los grandes medios han perdido toda su credibilidad y una legión de usuarios desmontan cada día la ideología que se pretende pasar por información. Donde ya no es tan fácil aprovecharse de la memoria a corto plazo de los humanos como colectivo y las mentiras y medias verdades caen tan rápido como un amasijo de chatarra desde un sexto piso.

Cassandra es un daño colateral: le tocó a ella como pudo tocarle a cualquier otro. No ha cometido ningún delito, diga lo que diga la Audiencia Nacional. La propia dureza de los términos de la sentencia (los tuits constituyen “desprecio, deshonra, descrédito, burla y afrenta”, nada menos), cuestiona su imparcialidad, pues los chistes sobre el Carrero nuestro que está en los cielos forman parte desde hace tiempo del imaginario colectivo, sin que nunca hayan merecido reproche alguno, mucho menos semejante colección de adjetivos. Y no está de más tampoco recordar que la nieta del almirante ha declarado que se la traen al pairo los chistes sobre su abuelo.

Como a un personaje de Kafka, el sistema ha señalado a Cassandra y desplegado contra ella toda su implacable maquinaria. Un año de cárcel y siete de inhabilitación por hacer chistes. Con este, van siete juicios en menos de dos meses por cosas dichas en Twitter. Y habrá más: en el Estado español, Kafka está por todas partes.

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Alex, La Mosca Cojonera

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