Becs, Humor Gráfico, Número 71, Opinión, Víctor J. Maicas
Deje un comentario

Habrá que recordarles que el dinero no se puede comer

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: Becs. Viernes, 3 de marzo de 2017

Víctor J. Maicas

La bajeza moral de la economía neoliberal ha llegado hasta tal punto, que determinados personajes se han hecho insensibles al dolor, a la precariedad, e incluso a la miseria extrema que sufren millones y millones de personas a lo largo del mundo.

No obstante, algunos de estos individuos se escudan en frases tan inconsistentes como que, por ejemplo, “no hay para todos”, cosa totalmente falsa puesto que a pesar de que en el mundo mueren infinidad de personas de hambre (sí, ¡de hambre!), diversos estudios han demostrado que hay suficientes recursos en el planeta para alimentar a 12.000 millones de personas (actualmente viven en el planeta unos 7.000 millones).

Pero quizá muchos de estos neoliberales lo que verdaderamente quieren decir con eso de que “no hay para todos” es que para vivir medianamente bien, otros deben pasar penalidades, lo cual no es tampoco cierto puesto que el “Estado del Bienestar” implantado en muchos países ha demostrado que redistribuyendo mínimamente la riqueza, unos cuantos afortunados pueden seguir viviendo muy bien (los ricos), pero sin embargo eso no significa que la mayor parte de la población no pueda vivir con una calidad de vida más que aceptable. Pero eso sí, en estos países los ricos, a pesar de seguir teniendo grandes fortunas, contribuyen con una considerable cantidad de impuestos para así erradicar la miseria y la precariedad de la población menos favorecida.

Pero claro, ese sistema que sí ha funcionado durante tantos años es lo que la avaricia de los neoliberales suspira por cargarse, pues su voracidad es infinita. Ya no se conforman tan sólo con seguir siendo muy ricos, sino que lo han de ser todavía más para así conseguir un bien más preciado incluso que el dinero: “poder”. Poder frente a sus empleados, a los que no les importa pagar sueldos precarios; poder frente a sus vecinos, a los que intentan superar en todo momento para suplir, supongo, sus deficiencias morales; poder también frente a sus competidores directos, aunque para conseguirlo tengan que arruinar al resto de sus conciudadanos eliminando bienes tan preciados para el ser humano como por ejemplo una buena educación, una sanidad de calidad, y unas pensiones dignas para que cualquier persona disfrute de la última etapa de su vida con un mínimo de garantías.

Y es que por lo que parece, a ellos no les importa lo más mínimo una justa redistribución de la riqueza, y de ahí que se entienda aquella afirmación del máximo dirigente del Banco Central Europeo que, pese a que una parte de los países de Europa estaban pasando un sinfín de penalidades (y las siguen pasando), no tuvo ningún rubor al decir que el organismo que él presidía tenía mucho dinero, muchísimo dinero. Sí, así es, tienen muchísimo dinero, pero antes de utilizarlo de inmediato para relajar la presión de los mercados, primero han esperado a liquidar casi de forma definitiva el “Estado del Bienestar” para así engordar aún más sus repugnantes cuentas corrientes a costa del sufrimiento de las gentes. Pero aún con todo esto, no somos precisamente los europeos de a pie los que más motivos tenemos para mostrar nuestra rabia e indignación, ya que deberíamos saber que durante todas estas últimas décadas, mientras la mayor parte de la población del llamado primer mundo disfrutaba de las ventajas de un Estado rico, millones y millones de seres humanos a lo largo del planeta han sufrido en sus propias carnes ese liberalismo económico que en su caso los ha abocado a la miseria más extrema.

Pero verán, estos sinvergüenzas amorales de cuello blanco no sólo viven en sus mansiones, sino que también pasean por las calles, van al cine como cualquier otro mortal y, aunque la expresión pueda resultar soez o de mal gusto, hasta cagan y mean. Sí, sí, cagan y mean como nosotros, y también necesitan comer y beber. Y por lo tanto necesitan a un agricultor que labre la tierra, a un ingeniero que construya carreteras por donde transiten los camioneros para abastecer de alimentos las tiendas y supermercados, y evidentemente también necesitan cocineros y camareros que les sirvan los manjares que, paradójicamente, ellos con su avaricia y su política económica niegan a una gran parte de la población mundial.

Pero… ¿y si algún día el agricultor, el ingeniero, el camionero, el tendero, el cocinero e incluso el camarero se negaran a que les siguieran explotando de una forma tan vil? Entonces qué harían… ¿se comerían su dinero? ¿Podrían vivir de forma literal a base de una dieta de billetes de 500 euros y cheques bancarios mientras observaban sus atiborradas cuentas corrientes?

Miren, yo siempre he defendido la no violencia y la seguiré defendiendo a toda costa, de ahí que ya esté más que harto de su violencia, de la violencia de los que manejan los hilos del poder. Porque violencia es no dar de comer al hambriento (con una pequeñísima parte de lo que han destinado a la banca hubiesen podido erradicar el hambre), violencia es no ofrecer a toda la población una sanidad y educación de calidad, así como también es violencia querer liquidar todas las mejoras conseguidas durante las últimas décadas gracias al Estado del Bienestar, mientras sus cuentas corrientes cada vez van aumentando con ese dinero usurpado a los que realmente lo necesitan para vivir su vida de una forma digna.

En fin, no sé, yo siempre he dicho que no me molesta la riqueza de algunos, pero eso sí, siempre y cuando esa riqueza no sea tan descomunal que provoque la miseria de tantos, tal y como está sucediendo desde hace ya demasiado tiempo (entiéndase “rico” a una persona que puede vivir sobradamente de rentas durante toda la vida… y aún más). Y quizá por este motivo la imagen en general que tengo de los ricos en la actualidad está cambiando, puesto que deberían ser ellos mismos los que, por dignidad, moralidad y humanidad, dijeran  a esos otros ricos que ostentan el gran poder (los poderosos e influyentes lobbies) que ellos tampoco están de acuerdo en que el resto de la población menos favorecida esté cada día más hundida en la miseria. Algunos, aunque una pequeñísima parte de esos ricos, ya lo han hecho, es decir, han denunciado públicamente este indigno e insostenible sistema económico. Pero hasta que una gran mayoría de ellos lo hagan, o sea, que acepten pagar los impuestos que les corresponden y lo digan públicamente, esa imagen de los ricos se irá deteriorando de tal forma que, como no cambien las cosas y siga aumentando la diferencia entre ricos y pobres, deberán vivir en “guetos de oro” para protegerse de la indignación que provoca la miseria, la injusticia y la precariedad. Y quién sabe (espero que por el bien de todos no se llegue a ese extremo) si finalmente más de uno acabará comiéndose de forma literal o metafórica ese “dinero usurpado” que tan sólo acarrea a la larga disturbios y caos (no hay más que fijarse mínimamente en la historia para comprender esto).

Así pues, y por el bien de todos, tal y como acabo de decir, más vale que antes de que sea demasiado tarde alguien devuelva la coherencia a la economía mundial, tal y como ya hizo Roosevelt, que aún perteneciendo a una familia de clase alta, comprendió que por el bien de la sociedad había que redistribuir al menos mínimamente la riqueza. Sí, Roosevelt tomó ese tipo de medidas en la década de los 30 para sacar a EE.UU de la precariedad que el ultraliberalismo económico provocó en las primeras décadas del siglo pasado, algo que según parece en la actualidad de nuestros días casi nadie de los que ocupan el gran poder está dispuesto a hacer.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Becs

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *