Humor Gráfico, Lidia Sanchis, Número 73, Opinión
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Forasteros

Por Lidia Sanchis / Viñeta: Ben. Viernes, 31 de marzo de 2017

@lidia_sanchis

Llegaron al otro pueblo cuando ella tenía tres años y se pusieron a vivir en una casa estrecha y húmeda, una de tantas de una calle húmeda y estrecha en la que parecía que siempre era invierno. En una esquina, la panadería; en otra, un colmado como los de antes en los que igual podías comprar una escoba con el cepillo de paja como un kilo de cebollas. La familia se había mudado en busca de mejores oportunidades y en el nuevo pueblo, apenas a seis kilómetros de distancia del anterior, abrieron una pequeña tienda en un local alquilado que era a la vez vivienda, e intentaron venderles anillos y pulseras a las mujeres del vecindario: un aderezo de perlas para la Primera Comunión de la niña; unas alianzas de oro para la pareja de novios.  El padre no se puso jamás corbata ni chaqueta salvo para ir a algún entierro. Ni tampoco ningún viernes, como era costumbre entre devotos y beatos, fue a “hacer la visita” a la patrona del pueblo, una virgen que reinaba en su rica capilla engalanada de joyas de las cuales ninguna le habían comprado al joyero que no llevaba chaqueta ni corbata, probablemente por ese motivo. Cuando aquella niña tenía ya cuarenta años o más, ya no vivía en el pueblo, y se encontraba con algún conocido, aún le decían “ah, sí, ya sé de qué te conozco: eráis los que tenías la joyería, los forasteros”.  Medio siglo después, todavía forasteros.

Ahora ella camina por una gran avenida de una gran ciudad, con el paso firme de quienes tienen tantos triunfos en su mano que es imposible que pierdan la partida, pobre ilusa. Se imagina andando ligera por una calle de una ciudad extranjera, aunque no sabe por qué la llama así puesto que la extranjera es ella. Pero dos niños de piel aceitunada, paquistanís o indios, pasan por su lado y se olvida de ese pensamiento. Van acompañados de un adulto, que parece el padre de ellos, aunque es tan joven que podría ser su hermano. Los chiquillos no tienen más que ocho o nueve años y visten de chándal, igual que los hijos de ella. Son iguales que sus hijos. Pero no. La mujer ha oído en la radio que, al menos, ciento cincuenta personas han desaparecido frente a las costas italianas en un nuevo naufragio en el Mediterráneo. Salieron en una barcaza de goma desde Libia. Solo ha sobrevivido una persona: un adolescente de dieciséis años. Un portavoz de Organización Internacional para las Migraciones dice que esa peligrosa ruta entre Libia e Italia ya se ha cobrado 649 vidas este 2017. Esos muertos los contabilizan en el lado italiano porque su desaparición se ha producido frente a las costas italianas… Porque el mar es de alguien, el cielo es de alguien y alguien tiene la llave de esa puerta que tan pocos logran franquear. No puede pensar en tantas personas ahogadas así que vuelve a observar a los niños de piel de caramelo y ojos profundos y negros que marchan delante de ella. Le gustaría tener el valor de abordarles y preguntarles por qué y cómo y si aún se sienten forasteros. En un portal de la calle Manuel Candela de Valencia, el “Taj Mahal” expone sus coloridas frutas y verduras para todo aquel que las quiera comprar. Unos pocos metros antes de entrar en lo que la mujer supone que es la tienda de los padres de los críos, los dos hermanos de piel bruna se han cogido de la mano.

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@BenBrutalplanet

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