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Assumpta Serna: “No fui a los Goya por ética. La Academia de Cine vive de espaldas a sus socios”

  Entrevista

Por José Antequera. Foto: Ultramaryvino. Viernes, 3 de marzo de 2017

Assumpta Serna (Barcelona, 1957) es una de nuestras grandes estrellas del cine. Actriz de carácter, mito erótico de los ochenta, ha trabajado con los mejores directores españoles (Saura, Almodóvar, Bigas Luna) y fue una de las primeras en dar el salto a Hollywood cuando Hollywood era un cielo intocable reservado solo para grandes divas. Assumpta, con su buen hacer y esfuerzo, abrió a otras el camino del sueño americano, pero en España parece que nos olvidamos pronto del conocimiento y la experiencia que pueden aportar nuestros talentos más reconocidos y veteranos. Llegado el momento, la que fue durante muchos años la sonrisa más personal y perturbadora de nuestra gran pantalla desapareció como si se la hubiera tragado la tierra. ¿Qué fue lo que pasó para que una de las intérpretes españolas más importantes dejara de interesar a la industria? “Pues no tengo ni idea. He pensado en hacer mi propio documental y preguntar a los profesionales, porque creo que sus respuestas serían de lo más interesantes y no solo para mí, sino para las nuevas generaciones de actores, que es a quienes me dedico en cuerpo y alma ahora”, asegura. Hoy, Assumpta Serna sigue rodando películas en Los Ángeles, a la espera de que suene el teléfono y en algún momento vuelvan aquellos días de éxito y alfombras rojas. Mientras tanto, enseña las técnicas interpretativas que la hicieron inmortal a los alumnos de su propia escuela dramática, el Centro Profesional de la Fundación First Team. “Este año no fui a los Goya por ética. La Academia de Cine vive de espaldas a sus socios”, afirma no sin cierta amargura. Así que hoy nos preguntamos: ¿Qué fue de Assumpta Serna?

Cuéntanos cómo fueron tus inicios en el mundo del cine. ¿En qué momento decidiste hacerte actriz?

Voy a incluir para contestarte un capítulo de mi próxima biografía, con título Making of, making love. En el apartamento de Premiá de Mar que utilizábamos en verano se decidieron numerosos planes de ocio. Mi padre me llamó a reunión y me dijo que pensara lo que me gustaría hacer. De la inmensa lista, había ido tachando todo lo que era irrelevante y lo que me gustaba menos por orden de prioridades. Quedó una sola palabra que lo decía todo: teatro. Sabía que lo que tenía que decirle no le iba a gustar. Empecé la negociación con sudor y un inmenso desasosiego. No dije la única palabra que había escrito, sino que le pregunté: Y tú, ¿para qué crees que sirvo? Mi padre alabó primero mis facultades, como buen negociador, demostrando un gran aprecio por mí, pero eso me llenaba de un desasosiego íntimo y molesto. Me comentó que estaba contento con mis sobresalientes en el bachillerato de letras y con mis notables en el bachillerato de ciencias que había hecho en una escuela privada al mismo tiempo. Y con su sonrisa más abierta me dijo que ya sabía lo que yo podría hacer mejor en la vida: un brillante provenir en una carrera diplomática que me permitiría viajar, conocer gente, tener una vasta cultura… Derecho era la mejor carrera que podía escoger. Con la ilusión con la que me lo contaba, se hacía duro no tener una sonrisa en los labios. Y al mismo tiempo mis lágrimas me traicionaban, por lo lejos que estaba yo de sentir la misma ilusión. Sus razones eran muy difíciles de rebatir porque por vez primera vez mi padre me mostraba, una por una, mis virtudes. Por lo bajini, lancé lo del teatro. Me dijo, amenazante, que eso sería realmente una pena, que no podría ayudarme en nada si yo escogía el camino equivocado de la interpretación. Me preguntó por qué me emperraba en desaprovechar mi talento y me dijo que eso causaría una profunda escisión dentro de la familia. Para él, ser actriz no era una profesión digna, ya que para ese oficio no había estudios universitarios y sin universidad en el siglo veinte no se iba a ningún lado. Según él, mi vida estaría condenada a una continua búsqueda de trabajo sin conseguirlo. Y solo logré sacarle una promesa: que me dejara tomar clases de teatro algunas horas por la tarde, como pasatiempo. Fue un pacto entre caballeros, yo acababa Derecho y él me permitía dedicarme unas horitas a distraerme con el teatro. Eso era lo correcto, Derecho, porque lo otro era ir del revés.

Si no recuerdo mal, debutas en la película La orgía (1978), de Francesc Bellmunt. La historia habla del sexo juvenil, hay mucho desnudo, un asunto peliagudo para aquellos años de Transición. Se armó cierto escándalo y creo que tuviste problemas con tus padres por aquello…

Seis años más tarde, mi padre me dijo, en un monólogo interminable, que había visto la película junto con mi madre y me contaron, con voz entrecortada, la vergüenza que sintieron cuando me vieron desnuda en el cine y el recorrido que hicieron de vuelta a casa llorando por la calle. Pero aun así, en Barcelona era imposible no reconocer que la historia tenía muchos más valores y que contaba mucho más que una película medio erótica o porno. Madrid estaba lejos y el grupo Zeta no se cortó ni un pelo en ofrecer una distribución que nada tenía que ver con lo que los escritores y todo el equipo de la película habíamos querido expresar en ella. El estreno se hizo sin actores, sin flashes, sin prensa, en un cine porno de la calle Carretas. Cuál fue mi sorpresa cuando en la fila de al lado, el vaivén de la mano de un espectador debajo de los periódicos indicaba que estaban buscando placer mientras salían nuestros amigos y yo misma en la pantalla, desnudos nuestros cuerpos jóvenes y tersos. Sí, allí y con ese público se estrenó La orgía. ¿Tendrían mis padres razón? Otra película que llegó un poco más tarde, todavía sin ser yo conocida, fue Polvos mágicos, que entonces no era de “destape”, sino de las llamadas “comerciales”. La hice simplemente porque necesitaba subsistir y a pesar de eso aprendí muchas cosas. Por ejemplo, cómo lidiar con los productores cuando no te quieren pagar y te mienten, cómo pueden hacer de tu trabajo lo que quieran cuando no estás protegido. A esta película los productores le cambiaron el diálogo después de rodarla, con mi consiguiente sorpresa.

Creo que conociste a Pedro Almodóvar casi por casualidad y te dio un papelito sin cobrar un duro en Pepi, Luci, Bom… y otras chicas del montón. ¿Cómo fue aquel encuentro?

Almodóvar era amigo de unos amigos de mi compañero en aquel entonces, Carlos Tristancho. Venía a casa a hablar de la película con él y a mí me conoció allí. Yo les llevaba limonada fresca. Cuando la película se interrumpió por falta de dinero, nos pidió que saliéramos en una escena de fiesta, que hicimos encantados para ayudarle, pero nunca pensamos en el dinero que esta película podría reportarle un día a Almodóvar. A principios de los años ochenta, con la irrupción de Almodóvar como un creador original, nadie pensaba en sus propios intereses, sino que estábamos contentos de pertenecer a una nueva oleada fresca, otra forma de hacer cine. Después coincidimos en algunas tertulias que Carlos y yo organizábamos en nuestra casa.

Y más tarde llega otro hito en tu carrera artística: Matador, con Pedro Almodóvar. Sustituiste a Charo López, que rechazó el papel. ¿En algún momento te sentiste eso que entonces llamaban una chica Almodóvar?

Pues no. La verdad es que parece que los derechos de la película los tiene todavía su productor, Andrés Vicente Gómez, y por eso Matador no ha entrado en la promoción de algunos ciclos de Almodóvar que ha organizado su productora. Al no ser una película de la productora Deseo parece que no se ha promocionado la imagen de sus actores y actrices. Creo también que la muerte de Nacho Martínez, el actor que me acompañaba como protagonista, ha dificultado su promoción. Nunca se me ha llamado para ser groupie de Almodóvar. Las veces que se ha pasado Matador en la televisión tampoco se me ha llamado para promocionarla. La promoción en Los Ángeles la hice yo sola porque por lo visto los distribuidores y productores de su siguiente película, que se hizo ya con dinero internacional, no querían reforzar la imagen de Almodóvar en películas de pequeño presupuesto, como era Matador.

Después de aquello ya no volviste a trabajar con Pedro. ¿Por qué?

Los actores no sabemos por qué no trabajamos con los directores por segunda vez. A mí me gustaría mucho saberlo, si tienes oportunidad pregúntaselo tú, yo lo he intentado, pero no está por la labor, me parece. Creo que por alguna razón, Pedro debió tomar parte por Carlos cuando mi divorcio. Puede ser que yo no le guste como actriz, o que no me vea en una comedia. Eso pasa. Pero no lo sé, me encantaría saberlo.

Eran tiempos difíciles, intentabas abrirte paso incluso de extra…

No, de extra no he hecho en toda mi vida, si acaso alguna aparición como cameo, pero tampoco tantas. Creo que los actores que han estudiado para hacer su carrera tienen otras posibilidades que la de ser extra en películas. El trabajo de extra te coloca en un lugar que no te ayuda a entender cómo funciona el cine ni a estar cerca de donde puedes observar el trabajo y las decisiones en un rodaje. Yo recomiendo a mis actores que una vez tengan formación, no acepten ser extras. Hay muchas salidas que no tienen por qué ser las de actor protagonista para vivir de esta profesión.

Desde el primer momento tuviste que enfrentarte a escenas de sexo en muchas películas. Eso te colocó el cartel de mito erótico. ¿Cómo lo llevabas? ¿Te sentías cómoda?

Nunca me ha molestado, salvo en los casos que han querido aprovechar mi desnudo en una escena para vender la película. Creo que no es de ley que puedan utilizar o manipular tu imagen sin tu aprobación. Yo luché cada vez que lo hacían directores, productores y distribuidores con los que trabajé, que preferían que se utilizaran las imágenes sin mi consentimiento, aunque tenía firmada la cláusula del desnudo. Vender la película solo a través del desnudo ha sido siempre una tentación fácil que tiene que ver con pobres decisiones e inseguridad a la hora de promocionar la película. Creo que todas las fotografías que se hacen en un set tienen que ser aprobadas por los actores. Pienso además que los tiempos han cambiado y la lucha que hemos llevado a cabo en privado y desde las asociaciones, desde AISGE, desde sindicatos de actores y actrices, han cambiado la percepción y las mujeres hemos avanzado en nuestros derechos. Muchas veces es mayor pecado la ignorancia que la malicia…

Pero llegó Carlos Saura con Dulces horas. Fue un punto de inflexión en tu carrera. Te acababas de mudar a Madrid, cambiaste tu apellido artístico, despegabas como gran estrella del cine…

Mi apellido lo dió a conocer la película de Saura, pero mucho antes había pactado con mis padres mi nombre, que era simplemente utilizar el apellido de mi madre. Tenía horror a cambiarlo, así que durante años quise que en los créditos me pusieran solo Assumpta. Esto fue imposible, recurrían a mis apellidos que estaban en el contrato y volvía a salir mi nombre, hasta que una llamada de mi madre cambió la situación, autorizándome a utilizar el suyo, o sea, mi segundo apellido. Como ves, fue un cambio no por estética, sino por necesidad. El personaje que me proporcionó Carlos Saura era un bombón para una actriz. Eran tres personajes en uno. Carlos ya era un director de prestigio y fue una sorpresa enorme para mí recibir tantos premios y reconocimiento por mi trabajo. El homenaje que hicieron a Carlos Saura en la Universidad de UCLA, en Los Ángeles, me sirvió para entrar en la escuela Sundance Institute, lo que me permitió conocer a personas y directores con los que me apeteció iniciar mi carrera en Estados Unidos.

Y coincidiste con Bigas Luna, otro talento mayúsculo del cine español, en Lola. ¿Era tan divertido y ocurrente como dicen todos? ¿Qué aprendiste de él? 

Sí, tenía un sentido del humor muy suyo y era una buena persona. Me acuerdo que estaba fascinado con el uso de la cámara en mano y era una maravilla verle disfrutar con la imagen. Se mostraba muy respetuoso con los actores. Quería que estuvieran cómodos y que no tuvieran ninguna presión de ningún tipo. Esta película me dio la oportunidad de conocer actores de prestigio internacional que me ayudaron a entender el camino y la actitud que ellos habían seguido, lo que me afianzó en la convicción de que podía trabajar internacionalmente si me lo proponía.

Recuerdo una película, Lulú de noche, de Emilio Martínez Lázaro, con Imanol Arias y Antonio Resines. Los tres habéis seguido trayectorias muy diferentes. Imanol ha tenido esos problemas con los papeles de Panamá… ¿Crees que ha sido linchado mediáticamente?

Bueno, cuando eres actor el espectador te coloca en un espacio natural de referencia y te otorga una función de embajador de una cultura. Eso ocurre porque a través de los personajes que interpretas estás retratando y sirviendo de espejo de actitudes a toda una sociedad. Este valor didáctico se rompe si las expectativas del espectador no coinciden con la personalidad verdadera que das en una entrevista o tu propia actitud en tu vida privada, que se recoge tarde o temprano a lo largo de tu carrera. Si tienes la suerte de que al público le interesas, de que le guste tu trabajo, quiere saber más sobre tu personalidad, tus actitudes, tu opinión política. Imanol, como todos los actores que conozco, ha intentado subsistir en una cultura corrupta y específicamente opaca como ha sido y es el sector audiovisual. Desgraciadamente, ha habido muchas injusticias, insolidaridad, falta de transparencia en las negociaciones, intercambios de favores, estrategias oscuras para conseguir lo que uno quiere, que es vivir de su trabajo. Para cumplir con el rol de referencia que la sociedad nos otorga, y que ha servido, entre otras cosas, para que el cine enseñe a besar a la gente en el siglo veinte, son necesarios actores responsables que hayan tenido el tiempo y el acierto de rodearse de personas sabias, que hayan elegido el camino de la vida y la luz al de la oscuridad.

Y Resines ha sido presidente de la Academia, ¿cómo valoras su gestión?

No puedo valorar su gestión, supongo que se encontró con la dificultad de estar en una asociación que desgraciadamente es producto de una sociedad no transparente, no asociativa, no participativa y complicada para gestionarla con aplomo y honradez. Reconozco el mérito que supone querer cambiar algo profundamente y hacer valer tus ideas y opiniones durante años sobre un grupo de personas instaladas en puestos de responsabilidad. Hay que instaurar códigos de buenas prácticas en nuestro sector y la Academia del Cine es una de esas instituciones que necesita una revisión profunda de estatutos, objetivos y manera de funcionar. Tal como están las cosas, es muy difícil querer cambiar a mejor. Casi no hay candidaturas que se presenten, la institución está muy cerrada a la voluntad de sus miembros, no hay interacción entre ellos libre y flexible. En mi percepción, vive, como la gran mayoría de las asociaciones, de espaldas a sus socios. Esperemos que el nuevo equipo pueda hacerlo.

En Yo, la peor de todas interpretaste a una religiosa mexicana, Juana Inés de la Cruz. Un cambio de registro. ¿Te resultó complicado meterte en ese papel de mística?

En absoluto, me lancé a él con gran interés por descubrir la poesía barroca y trabajé durante meses para conseguir adaptarme a la época, inspirándome en cuadros, en todo tipo de biografías contradictorias que se pueden encontrar en México, Argentina y España. Fue un trabajo que me apetecía hacer, pero en realidad la visión del director, en este caso de María Luisa Bemberg, subrayó una personalidad que a ella le interesaba y que creía haber descifrado también en Sor Juana. Allí comprobé la importancia y la responsabilidad de defender las propias contradicciones en la vida de una persona y que a veces no es necesario dar respuestas a cómo era, o qué sentía ese personaje, sino que es más sugerente e impactante generar dudas y respuestas al espectador.

También trabajaste con Pilar Miró en El crimen de Cuenca, imagino que los actores echáis de menos a una cineasta de la talla inmensa de Pilar. ¿Cómo era ella dirigiendo?

Fuerte, con mucha personalidad y segura de lo que quería. Su punto fuerte era su amistad con personas del equipo técnico y artístico, que tenían un peso específico en la película. Yo hacía un pequeño papel y no me dirigió mucho la palabra, aunque me dio una muy buena oportunidad en mi carrera. A la película se le prohibió su distribución y se convirtió en un film de culto hasta su estreno. Recuerdo los besos y abrazos del público argentino cuando la llevamos a una muestra de cine español, un año después de la dictadura. La vida nos puso juntas en un momento de extrema debilidad por mi parte y aprendí mucho de su reacción al verme. Pude empezar a salir de mi depresión gracias a ella. De su dureza, aunque chocante, aprendí que era necesaria para ella a la hora de desenvolverse en el mundo difícil de los años setenta.

Tu salto a la televisión también te abrió puertas, sobre todo en el mercado norteamericano, precisamente en un momento en el que ninguna estrella española pisaba Hollywood…

No fue decisión mía hacer televisión, simplemente coincidieron los astros y mi agente americano, que era el mismo que Jack Nicholson, fue el que me consiguió la cita y el personaje. A veces nos olvidamos de la importancia de los agentes. Yo estoy agradecidísima a todos ellos (agente francés, inglés, italiano, español y americano), que han hecho posible mi carrera internacional y me han permitido trabajar cuando en mi país no se han acordado de mí.

Viviste el sueño americano, ¿cómo lo recuerdas? ¿Sientes nostalgia de aquella época?

Siento nostalgia del pasado, porque siempre es triste recordar cuando hiciste algo por primera vez y sabes que ya no tienes oportunidad de volverlo a hacer como esa primera vez. Van quedando menos cosas que te faltan por conseguir. Acabo de rodar una comedia en Los Ángeles, he vuelto a tener una casa con jardín privado, he visto el mar, he revisitado la Academia de Cine de Hollywood, he ido a estrenos, me he encontrado con amigos, he acudido a fiestas, como siempre. La ciudad está llena de oportunidades para los que nos dedicamos a esta profesión. Ser actriz tiene la ventaja de que te encuentras puertas abiertas si las sabes buscar y si siempre has dado a los demás algún valor que ellos saben apreciar.

En Orquídea salvaje trabajaste con Mickey Rourke, uno de los actores más peculiares y sui generis de Hollywood, que lo ha pasado realmente mal en la vida. ¿Cómo fue trabajar con una estrella de ese calibre? ¿Qué recuerdos guardas de Mickey? ¿Mantienes contacto él?

No. No fue una relación de amor a primera vista. Como actor me encanta y creo que es una fuerza de la naturaleza, a nivel español, una Ángela Molina, pero a diferencia de Ángela, no me apeteció seguirle en su vida. Se rodeaba de personas que no tenían demasiada calidad humana y me pareció su mundo empobrecido por la necesidad de sentirse estrella.

Fuiste nominada al Goya a la mejor actriz por El maestro de esgrima. Estuviste muy cerca de conseguirlo, ¿sueñas con ganarlo algún día?

Si me dan un personaje de protagonista algún día lo espero, sí. En la calle, cada día, hay alguien que me asalta y me dice: ¿Porqué no te vemos más? Y no sé qué contestarle…

Desde entonces parece que los directores se olvidaron injustamente de ti, pese a que fue un gran papel en tu carrera. ¿Qué fue lo que pasó?

Pues no tengo ni idea. He pensado en hacer mi propio documental y preguntar a los profesionales, porque creo que sus respuestas serían de lo más interesantes y no solo para mí, sino para las nuevas generaciones de actores, que es a quienes me dedico en cuerpo y alma ahora.

Con tanta crisis y tantos recortes son malos tiempos para el cine, sobre todo para los jóvenes actores. Convives cada día con ellos dándoles clases en el Centro Profesional de la Fundación First Team. ¿Cómo vives sus problemas, sus sueños, sus frustraciones?

Los vivo como si fueran míos, e intento pelear por ellos. Creo que los actores de mi edad  tenemos una responsabilidad de mejorar la profesión y darles un mundo mejor que el que encontramos. Por ahora, estoy un poco sola en esta lucha asociativa, porque cuando hay crisis  la gente tiene que sobrevivir y les parece que la ética no es primordial. Pero yo he aprendido que de nada sirven unas leyes, porque siempre habrá el pícaro que buscará el agujero por dónde meterse. Primero es la ética y después la ley. Entre todos tenemos que cambiar la cultura “picaresca” y “pirata” de este país. Los autores y los artistas merecemos ser reconocidos porque tenemos una profesión noble y de un valor personal incalculable para el ciudadano de a pie. Creo que mi mayor contribución es la redacción del Código de Buenas Prácticas del Actor en su Trabajo Audiovisual (CBPAA). Ahora mismo 50 entidades ya apoyan el código y somos más de 350 personas a través de ABPAU (Asociación de Buenas Prácticas del Audiovisual). Estamos difundiéndolo en Change.org. Queremos que espectadores unidos a gente del sector firmen para que podamos instaurar mecanismos para la aplicación del código en el sector.

¿Qué les dices a esos jóvenes actores o actrices que salen del instituto y tienen que elegir entre estudiar una carrera, digamos al uso, o dedicarse a lo que realmente les gusta en el mundo del cine?

No les digo, sino que trabajamos juntos, con los que quieren, en un nuevo y pionero programa de inserción profesional que hemos instaurado desde el año 2007, y que se llama “Act Now”, que está destinado a preparar la gestión personalizada de la propia carrera del actor. Le acompañamos hasta la realización de sus objetivos, formando a actores ”empresarios” que sepan gestionar eficazmente su carrera.

¿Crees que los jóvenes lo tienen más fácil ahora que cuando tú empezaste o es más bien al contrario?

Creo que la sociedad genera métodos de equilibrio. Creo que ahora las redes sociales son maravillosas para generar una propia reputación, pero hay también un mayor número de personas que quieren ser actores. Creo que el mercado no ha crecido lo suficiente para absorber a todos los actores que salen de las escuelas, y creo que nuestras escuelas no son responsables en este sentido. Creo que el mercado ha copiado filtros como los directores de casting sin que sean realmente necesarios. Y creo además que no se puede estar de espaldas al mercado y aunque entiendo el modelo de business que llevan las escuelas y los directores de casting con sus clases que compensan la falta de trabajo, pero que en su mayoría no tienen ningún rigor formativo, es imposible que sea una buena inversión para el cine a la larga. Por eso nosotros, como fundación, hacemos programas muy personalizados a precios asequibles, con muy poco margen comercial, queriendo ofrecer una formación práctica, internacional, basada en las reales necesidades de los actores.

Porque ayudas oficiales hay pocas…

Yo no tengo ninguna. En el año 2006 y 2007 tuve una subvención de AECID que me sostenía parte de la estructura para poder hacer unos programas que alcanzaron 23 ciudades en 8 países.

¿Encuentras diferencias entre los jóvenes actores de ahora y los de tu generación?

Están mejor preparados porque la industria ha pedido que canten, que bailen, que sean buenos gestores, buenos promotores de su trabajo. Hoy se les pide que sean superdioses o que se especialicen en sus diferencias con el resto para poder trabajar.

Y tan difícil como los jóvenes lo tenéis los actores veteranos. Muchos compañeros tuyos han terminado en el olvido e incluso pasando penalidades económicas, cuando no cayendo en la indigencia. ¿Tan poco valoramos a nuestros artistas y estrellas en este país?

Sí, se escriben muy pocos personajes para actores y actrices de más de cuarenta años. Las instituciones no respetan a los profesionales con experiencia. Tendremos que cambiar el chip si consideramos que los adelantos técnicos permiten una vida activa de personas hasta los setenta años. Creo que “usar” la sabiduría de estas personas y apreciar su experiencia con respeto, calificándoles de expertos, mentores o tutores, e integrándoles con equipos jóvenes, con la suficiente responsabilidad en entidades y empresas del sector, y teniendo en cuenta la opinión del espectador, aportaría a la sociedad un gran cambio a mejor en la calidad de nuestras estrellas para el futuro.

¿Tienes miedo al futuro, a que no suene el teléfono para ofrecerte un papel, a que se olviden de ti?

Nunca he tenido miedo de esto, porque no me siento en este aspecto actriz, sino empresaria  que busca y consigue hacer sus propios proyectos, pero son momentos difíciles también para mí, porque hace ya demasiados años que no se me ofrece un personaje protagonista en España. Mi popularidad se resiente y tengo cada día menos ofertas. Es una pena, porque me siento con gran energía. Me ha encantado hacer mi última película en Los Ángeles, una comedia, espero hilarante, que se llama He matado a mi marido, dirigida por un mago de la comedia, Francisco Lupini, donde hago de criada (por primera vez en mi vida) y hablo muchísimo…

¿En algún momento te has sentido poco reconocida o valorada, olvidada por los directores y compañeros de profesión? A fin de cuentas eres una de nuestras grandes estrellas y una de las más internacionales…

Pues sí, últimamente así me siento. Veo con tristeza y a veces con desesperación cómo personas de gran valía están silenciadas y cómo las que más brillan están muy despistadas y confusas. Es una pena que no escuchemos más y que no sepamos identificar la experiencia como aquello que no se puede aprender por internet.

Y luego está el famoso IVA cultural que está masacrando la industria del cine, al igual que al resto de sectores de la cultura. ¿Qué opinas de este problema tantas veces denunciado por las gentes del séptimo arte?

Bueno, creo que va a cambiar pronto, si no ha cambiado ya. Es una de las máximas reivindicaciones de nuestro sector.

Hay un dato de tu magnífica biografía profesional que me tiene realmente fascinado: que aparecieras hasta en ocho capítulos de la mítica serie Falcon Crest, ¡Angela Channing! ¡Jane Wyman! Y cómo no, Lorenzo Lamas, el rey de las camas, como se decía en el famoso anuncio…

Pues de Lorenzo me acuerdo de su coche rojo descapotable, siempre alegre, disfrutando de la vida con alegría, rodeado de mujeres guapas. La fama no la tenía porque sí… Creo que ahora es piloto de aviones. Se lo debe pasar bien. De Jane me acuerdo de su sentido del humor ácido y maravilloso, su cigarro encendido a todas horas, su figura pequeñita lista para rodar a las seis de la mañana, antes que todos. Me acuerdo de su amistad con el productor, de las decisiones que tomaban juntos, entre ellas el casting, que realizaban de manera muy personal y con gran interés. Me acuerdo de las proyecciones con público escogido, que a través de encuestas  decidían luego las tramas y subtramas de las series. Creo que es algo que todavía no hemos aprendido en España, a tener en cuenta la opinión del espectador.

¿Qué opinas de las series españolas actuales? ¿Mejoran la calidad de las que se hacían en los ochenta y noventa?

Las series españolas tienen una buena factura técnica, pero adolecen de dinero, tiempo para bien escribir los guiones y en la mayoría de los casos se ha barrido al actor de la parte creativa, no reconociéndole su creatividad, incluso cuando hay series improvisadas. Hay una utilización del actor porque somos demasiados para una industria que no lo es.

Has escrito dos libros sobre técnicas de interpretación, El trabajo del actor de cine y Monólogos en V.O. En un país como España donde los profesionales del cine escriben poco sobre cine, eso tiene mucho mérito…

Estamos escribiendo tres libros más, que espero pueda promocionarlos pronto, uno de ellos una biografía, otro la segunda edición de mi libro para los actores y más monólogos y escenas para los alumnos y las nuevas generaciones, para lo que necesitaré de ti y de tu blog (ríe).

Por supuesto, cuenta con nosotros… ¿Y cuáles son tus proyectos de futuro? ¿Hacia dónde camina Assumpta Serna?

Assumpta Serna camina hacia una mejora personal y profesional, siempre inquieta, curiosa…  Ahora mismo estoy buscando con anhelo proyectos de cine que sean sólidos y que tengan buenos personajes para ofrecer a actores, a mí misma incluida. Creo que tanto yo como Scott  tenemos ganas de pasar a la acción. En la fundación hemos tenido ya unos logros que son dignos de comentar, ya que nuestra formación pionera en interpretación cinematográfica ha estado recogida por numerosas escuelas y parece que en diecisiete años hemos cambiado el chip de los actores que empiezan, entendiendo ya que en el siglo veintiuno hay que especializarse en cine y televisión. Nuestros logros han sido 10.855 horas de formación, 3.469 alumnos, 30 profesores en el único máster universitario en la especialidad pionera de interpretación cinematográfica, 2.800 espectadores en nuestros eventos, con el 98% de grado de satisfacción de nuestros cursos, coaching y actividades. Esperamos ahora pasar a la acción al haber encontrado en el camino gente joven, brillantes como escritores y en ideas, como Chus de Castro, Temistocles López, Carlos Bañuelos, a los que estamos ayudando para que se aprecie su trabajo en España, produciendo y buscando financiación europea.

¿Cómo has visto los últimos premios Goya?  

Yo el año pasado he recaudado cero euros como actriz del cine español. Mi último trabajo ha sido una comedia para el mercado latino rodada en Los Ángeles, sin coproducción en España. Mi último trabajo en televisión ha sido una coproducción francoalemana rodada en inglés, Los Borgia, que nunca se ha vendido en España. Este año, por ética no fui a los Goya. Con 115 películas, más de 20 premios internacionales, consejera de España en la Academia de Cine Europeo y miembro de la academia que entrega los Oscars desde el 1993, no me sale a cuenta seguir pagando por ser miembro de una academia española que solo cifra sus esfuerzos en ir a la gala y promocionar a los que trabajan. Creo que mi mejor contribución al cine español, aparte de mi carrera internacional, es haber participado en la redacción y creación del Código de Buenas Prácticas del Actor en el Audiovisual (CBPAA). Hace más de seis años, con tres equipos diferentes de consejeros en la Academia de Cine de España, realizamos una petición a la academia para que distribuyeran por mail masivo el código a todos sus miembros y no recibimos respuesta. Hasta que no haya ética y respetemos a los profesionales en el cine y en la televisión no seremos una industria. Académicos: no giréis la espalda y no os quedéis sordos a las necesidades de vuestros miembros.

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@jantequera8

2 Kommentare

  1. MARCIAL VELERT Actor. dicen

    Que buena entrevista a la Gran Actriz Assumpta Serna. Enhorabuena al periodista que la ha escrito.
    Creo que Assumpta Serna es una de esas grandes actrices que hay que reivindicar, injustamente olvidada por la industria cinematográfica española. Ojalá los directores de cine vuelvan a contar con ella para sus repartos y así pueda volver a deleitarnos con sus sublimes interpretaciones. Repito que es una inmensa actriz, muy buena interprete.
    Creo que lo de las actrices va por modas en cada época: en los ochenta eran imprescindibles en cualquier reparto de cine actrices como Ana Belén, Victoria Abril, Assumpta Serna, Angela Molina o Silvia Munt. Hoy en día han desaparecido de los repartos de las películas que vemos en las carteleras. Espero que en el futuro los productores y directores de cine español, vuelvan a contratar a estas maravillosas actrices.

  2. Hace falta añadir a la entrevista, que por arte de magia, como siempre pasa en mi profesión, dos proyectos de cine me han sido ofrecidos. Uno con el que ya empiezo la próxima semana, para protagonizar a Sor Helena Studler, una Hija de la Caridad francesa que se ocupó de la educación de niños expósitos y salvó a más de 2000 personas, entre refugiados de la guerra contra los alemanes en la famosa linea Maginot, así como otra participación como actriz en una comedia cubana con un personaje delicioso. También me gustaría mencionar la página web de la Fundación first team y de mi escuela, (www.fundacionfirstteam.org), por si algún actor que lea esta página quiera apuntarse a nuestros cursos o por si alguna persona que esté leyendo, de cualquier profesión, quiera comunicar mejor en público y en cámara. Ah! Y a todos, ayudarme y firmad para la difusión de la ética en el audiovisual en http://chn.ge/1vKgv0S ( change.org) GRACIAS POR COMPARTIR.

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