El Koko Parrilla, Francisco Saura, Humor Gráfico, Número 71, Opinión
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De monarquías y repúblicas

Por Francisco Saura / Viñeta: El Koko Parrilla. Viernes, 3 de marzo de 2017

@pacosaura2

Para ser Infanta (o infante, princesa o príncipe, rey o reina) no hay que hacer gran cosa, tampoco serlo. Basta un medio acuoso idóneo, un espermatozoide, un óvulo y un camino libre de obstáculos, aunque en numerosas ocasiones el espermatozoide, o el óvulo, no corresponden a la persona que permite utilizar el sello de la marca monarquía. En estos últimos casos se utiliza el adjetivo bastardo o bastarda para definir el fruto final de la persecución. Lo que si es cierto, es que en términos estadísticos ser infanta (o infante, princesa o príncipe) es excepcional. No es normal que en un mismo país haya varios reyes o reinas. Cosas de la democracia. Resulta interesante saber, por otra parte, que para ser infanta (o infante, princesa o príncipe) no hay que ser una hija o hijo de puta (en el sentido figurado de la expresión). No es necesario. No conozco ningún presidente o presidenta de una República que no lo sean o no lo hayan sido. Ni siquiera Abraham Lincoln dejó de serlo en diversos momentos de su Gobierno –Zinn dixit–. Cosas del carácter electivo de la presidencia de las repúblicas. Cuando hablamos de hijo o hija de puta no prejuzgamos ni moral ni éticamente. Serlo es consustancial a una determinada manera de organizar la economía, la sociedad, la cultura o, siendo minimalista, una partida de mus e incluso de ajedrez. Las reglas del juego son de una manera y si no eres un o una hija de puta eres un o una perdedora.

Decimos que ser Infanta (o infante, princesa o príncipe, rey o reina) es portentoso estadísticamente. Ya hemos dicho que no es necesario ser un o una hija de puta, ni siquiera persona de sentimientos egoístas. Lo que no quiere decir, no me confundan, que no lo sea. En las monarquías del Estado Moderno, los reyes no solo lo eran, también eran crueles, despiadados, sedientos de sangre y oro. Pero por algún motivo relacionado con los movimientos populares de los siglos XVIII, XIX y XX, los espermatozoides u óvulos reales se serenaron, dejaron de perseguir compulsivamente espermatozoides u óvulos ajenos y si se les persiguió fue con unas mínimas reglas de decoro y confidencialidad, e incluso de consentimiento mutuo. El derecho de pernada se relaciona más con las épocas bárbaras. En este sentido, se puede decir que se republicanizaron e incluso permitieron que el mercado (nunca se llegó ni llegará a la competencia perfecta) interviniera en la regulación del deseo. A este hay que añadir la revolución de los medios de transporte, que permitió que los reyes y reinas, infantes e infantes, príncipes y princesas de los estados monárquicos realmente existentes se movieran con gran rapidez, llevando a cuesta los espermatozoides y óvulos correspondientes, por todos los rincones del Orbe. Lo que resultaba inconcebible en el siglo XVI, que un rey del imperio donde nunca se ponía el sol persiguiera desnudo a una princesa inca por las mesetas de La Puna (por la distancia y sus obligaciones europeas), se hace realidad en los siglos XX y XXI y ya es posible que los espermatozoides o los óvulos reales puedan esconderse detrás de un elefante como forma de mantener las mínimas reglas del juego impuestas por el control democrático.

En las monarquías democráticas, cosa que no ocurre en las repúblicas (aunque en este últimos caso habría que profundizar en la esencia de las repúblicas bananeras y sus concomitancias con las monarquías, democráticas o no) lo que sí hay es demasiado tiempo de ocio. En estos casos solemos mirarnos el cuerpo o con más probabilidad, el cuerpo de los demás. Esto no es necesariamente malo. El amor, el deseo, el sexo (¿para que engañarnos?) es la primera bella arte de la Humanidad. Mientras que los presidentes de las repúblicas, sean estas presidencialistas o no, ocupan dos años intentando saber lo que están gobernando y otros dos preparando la reelección y aguantando a los hijos de puta que quieren aguársela, los monarcas desconocen esas preocupaciones y solo sienten en su rostro la brisa húmeda y salada de bahías de tonalidades turquesas. Se dirá en contra que los presidentes de las repúblicas no llevan una vida monacal, que entre hijoputada e hijoputada cabe el sexo, y se nos pondrá como ejemplo a Kennedy o a Clinton y Mónica Lewinsky. Y es cierto, pero ese tipo de persecuciones en las residencias oficiales de los presidentes que son, no lo olvidemos, propiedad del Estado, se compaginan con otros deberes, por ejemplo tener apoyado constantemente el dedo en el botón nuclear o cenar habitualmente con personas que aparecen anualmente en la revista Forbes. Tales deberes les han sido arrebatados a los reyes de las monarquías parlamentarias, y entre tanto tiempo libre no extraña que los gorrones se les acerquen en enjambres compactos.

Resulta de poco valor intelectual no defender las monarquías frente a las repúblicas porque en las primeras el mérito tienen forma de espermatozoide, de óvulo y de ocio, y en las segundas hay que ganarlo en la lucha diaria frente a aspirantes más o menos dotados, hijos de putas con mayorías en los parlamentos, o populachos demasiado imbuidos en los principios ilustrados y en los valores radicales de la libertad y de la igualdad. No creer en las monarquías por defender el principio de que todos somos iguales ante la ley (y ante los ojos de dios si somos creyentes) y porque el exceso de ocio lleva inexorablemente a las malas acciones, sea por acción o por omisión, no conlleva que desdeñemos los amores de las familias reales, las aguas de Viladrau o el sufrimiento de ser rey o reina, príncipe o princesa, infante o infanta sin mérito alguno. Pero aquí radica la tragedia de las monarquías realmente existentes: no se basan en el mérito y cuando intentan conseguirlo usando los métodos comunes de ciertos sistemas económicos y sociales, son despreciadas, vilipendiadas y en escasas ocasiones sentadas en el banquillo de la historia, acusadas de no dedicarse al ocio y sí a lucro personal.

Nota del inductor: aunque he buscado insistentemente sinónimos de esta hermosa lengua castellana para no utilizar “hijo de puta o hijoputada” me ha sido del todo imposible hallarla. En otros idiomas existen sinónimos apropiados. Por ejemplo, en alemán merkel, en inglés cameron o en francés lagarde. Todos estos sinónimos sustituyen perfectamente a la acepción “hijo de puta”. No obstante, las personas que han leído este escrito antes de su publicación, me han asegurado que sinónimos apropiados en castellano existen; no solo uno, sino nueve o diez. Creo que hablan demasiado a la ligera de un país grande y hermoso como el nuestro.

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