El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 72, Opinión, Óscar González
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Cuando vengan a por ti

Por Óscar González / Viñeta: El Koko Parrilla. Viernes, 17 de marzo de 2017

Óscar González

El próximo 27 de marzo, el joven vigués Rubén González será juzgado en la Audiencia Nacional por un delito de enaltecimiento del terrorismo. González fue detenido el 13 de abril de 2016 en el marco de la denominada Operación Araña, un conjunto de actuaciones llevadas a cabo por la Guardia Civil en la red (de ahí el ingenioso nombre) desde el año 2014 y que acumulan ya más de setenta detenidos, casi todos por sus actividades en Twitter y otras redes sociales.

Tuve la ocasión de conocer a Rubén González en unas jornadas organizadas por un colectivo anti represivo en el barrio obrero de Teis hace un par de veranos. Su discurso estuvo bastante lejos de impresionarme y su respuesta a mi pregunta sobre la estrategia a seguir para crear conciencia acerca de la represión que ejercen los poderes del Estado contra aquellos a los que considera enemigos casi me provoca un ataque de risa.

Sin embargo, el hecho de estar en desacuerdo con él no me impide defenderlo por lo que a todas luces es un intento de criminalizar a personas por sus opiniones, con la única finalidad de crear un estado de miedo entre la población que favorezca la forma más perversa de censura: la que se autoimponen las personas por las posibles consecuencias de lo que digan. Esta manera de proceder es más propia de una dictadura que de una supuesta democracia como sería la española.

La apología del terrorismo es un tipo penal que se ha convertido en una especie de cajón de sastre en el que, desde la desaparición de ETA, cabe cualquier cosa que al magistrado de turno le apetezca meter dentro, desde la pancarta de unos títeres en una obra satírica hasta el cachondeo con un hombre que llegó tan arriba como el almirante franquista Luís Carrero Blanco. Y cuando los elementos objetivos y subjetivos de un delito se amplían hasta el punto de desdibujar los límites nítidos que habrían de subsumir en él la conducta punible, el propio tipo delictivo se desvirtúa y, con él, las instituciones que lo aplican. Ello por no mencionar que el principio de ultima ratio determina que el derecho penal debe emplearse solo para aquellas conductas que revistan una especial gravedad. Y coincidirán conmigo en que pedir la liberación de un preso, el fin de la dispersión de los condenados por terrorismo o afirmar que “los derechos se conquistan luchando por ellos en la calle”, por mucho que se acompañe con una fotografía de supuesta kale-borroka, está bastante lejos de ponernos en peligro a ninguno.

La cosa se agrava si, además, se da la extraña coincidencia de que la persecución siempre se dirige contra personas vinculadas de una manera u otra a los movimientos “alternativos”, desde la izquierda radical hasta los anarquistas, mientras elementos bastante más peligrosos llenan las redes a diario de basura fascista o amenazas de muerte a políticos y personas vinculadas a la izquierda sin acabar visitando el antiguo Tribunal de Orden Público. Ventajas de que el partido que detenta el poder haya mamado de las ubres del franquismo, supongo.

En el eterno conflicto entre la libertad y la seguridad, yo estaré siempre del lado de la primera. Ni me siento amenazado por el terrorismo islamista, ni por ETA, ni por el GRAPO, ni por Resistencia Galega, ni mucho menos por las publicaciones en redes sociales, salvo que sean amenazas expresamente dirigidas hacia mí o a algún grupo del que yo forme parte. En cambio, me tiemblan hasta los empastes cada vez que se reúne el Consejo de Ministros, ya ven.

Nadie debería ser perseguido por una opinión, por incómoda o molesta que resulte. Porque, en el fondo, la libertad de expresión es precisamente eso, el derecho de los demás a decir cosas que puedan resultarnos molestas. Y, desde luego, decir chorradas en Twitter no es terrorismo. Negar a los enfermos de Hepatitis C los tratamientos que les salvarían la vida, en cambio…

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@Elkokoparrilla

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