Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 72, Opinión, Víctor J. Maicas
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Crímenes de guerra en tiempos de paz

Por Víctor J. Maicas / Ilustración: Luis Sánchez. Viernes, 17 de marzo de 2017

Víctor J. Maicas

Aunque pueda parecer una contradicción el título de este artículo, la verdad es que si nos atenemos a conceptos morales y no sólo bélicos, la frase ya no resulta tan extraña.

Porque verán, aun sabiendo que puede resultar paradójico, es en tiempos de paz cuando determinadas élites de poder suelen utilizar un tipo de violencia que no está basada en los cañones o en los fusiles de repetición, sino en algo más sutil que no es percibido de una forma clara por una gran parte de la población y, menos aún, si los medios de comunicación que han de denunciar ante la opinión pública este tipo de violencia están sometidos precisamente por esa élite que controla a su antojo la macroeconomía y, por lo tanto, el bienestar de miles de millones de personas en todo el mundo.

Y es que como decía en mi artículo publicado hace un tiempo titulado Habrá que recordarles que el dinero no se puede comer, yo siempre he estado en contra de cualquier tipo de violencia, razón por la cual me indigna la violencia de “ellos”, la violencia que provocan esas élites dominantes. Porque tal y como decía precisamente en ese artículo, violencia es no dar de comer al hambriento (con una pequeñísima parte de lo que han destinado a la banca hubiesen podido erradicar el hambre), violencia es no ofrecer a toda la población una sanidad y educación de calidad, así como también es violencia querer liquidar todas las mejoras conseguidas durante las últimas décadas gracias al Estado del Bienestar, mientras sus cuentas corrientes van aumentando con ese dinero usurpado a los que realmente lo necesitan para vivir su vida de una forma digna.

Dos de los grandes economistas de hoy en día, como son Vicenç Navarro y Juan Torres, los cuales por cierto están asesorando a Podemos en su programa económico (lo digo porque ahora este nuevo partido es el gran rival a batir para muchos), han coincidido en que esta economía neoliberal y financiera que nos están imponiendo es un sistema que condena a la marginación e incluso a la muerte a infinidad de ciudadanos a lo largo y ancho del planeta. Y como además de economía, también estamos hablando de moralidad, cabe recordar que fue el propio Papa Francisco el que dijo que este sistema económico “mata”.

En otro de mis artículos titulado ¿Siguen en vigor algunas prácticas feudales? denunciaba que, aunque pueda parecer algo increíble, en la actualidad todavía continúan de alguna manera determinadas prácticas feudales en cuanto a la economía. Porque si entonces era el pueblo el que debía pagar los impuestos a los reyes y a la nobleza mientras estos estaban exentos de pagar tributos, en la actualidad sigue siendo el pueblo (trabajadores y pequeños y medianos empresarios) el que carga con la mayor parte de los impuestos puesto que, como ustedes ya deben saber, mientras los de abajo pagan religiosamente sus tributos, a los de arriba se les crean paraísos fiscales como las SICAV y reducciones tributarias que les hacen quedar casi exentos frente a la Hacienda Pública. Una exención de impuestos que contribuye precisamente a seguir agrandando sus fortunas a pesar de la crisis, tal y como nos indica la revista Forbes cuando publica la lista de multimillonarios del planeta.

Una lista en la que no aparecen las miles y miles de personas que mueren en el mundo de hambre y la miseria existente por la mal redistribución de la riqueza, tal como nos indican informes tan dramáticos como los de Cáritas, Intermón Oxfam o UNICEF, en donde se nos recuerda que la brecha entre ricos y pobres cada vez es mayor. Una brecha, por cierto, que no se agranda por casualidad, sino por ese tipo de economía ultraliberal que aplasta al más débil frente al poderoso y que, además, quiere erradicar todo lo público en beneficio de lo privado. O lo que es lo mismo, acabar con el Estado del Bienestar privatizando la sanidad y la educación, así como también algo tan básico como es la energía y otros intereses estratégicos. Esto último, de hecho, ya lo han privatizado hace años, pues empresas que fueron estatales y tan rentables como Repsol, Endesa o Telefónica, por poner unos simples ejemplos, ya están en manos privadas dando sus enormes beneficios a unos pocos en detrimento de la inmensa mayoría. Y encima, todavía tenemos que oír que algunos de estos poderosos empresarios, no contentos con el acaparamiento ilegítimo que han hecho si hablamos en términos de moralidad y de bien común, ahora en sus “magníficas recetas” para salir de la crisis siguen proponiendo a los gobiernos que la privatización es la mejor solución.

La verdad es que no sé dónde debe de estar el límite de esa descomunal avaricia, pues lejos de acongojarse tras ver los repetidos informes de Intermón Oxfam o Cáritas, vuelven a la carga aun sabiendo que este tipo de economía está aniquilando a millones de seres humanos. Porque tampoco pueden alegar en su defensa desconocimiento, pues es nuestra propia y reciente historia la que nos ha demostrado que redistribuyendo, aunque sea mínimamente la riqueza, se puede acabar con la miseria de millones de personas aun siendo ellos, igualmente, enormemente ricos. Pero claro, no tanto como ahora.

Por supuesto que se puede erradicar la miseria extrema y es nuestra reciente historia la que nos lo demuestra de muchas maneras, pues sin ir más lejos uno de los periodos menos convulsos en Europa y con más paz social se debió a la instauración del Estado del Bienestar tras la Segunda Guerra Mundial. Un Estado del Bienestar respaldado por los gobernantes de aquella época por temor a que “los de abajo” se rebelaran contra la precariedad y recibieran el respaldo del otro bloque, es decir, de la Unión Soviética. Pero con la desaparición de la URSS y por lo tanto de ese miedo que atenazaba su avaricia extrema, volvieron de nuevo esas políticas ultraliberales y sin control que como hemos visto en esta crisis financiera atentan directamente contra la dignidad de los más desprotegidos. Una desprotección que como se ha demostrado ya no afecta sólo a los más humildes, sino también a esa clase media de la que tanto hablan los actuales dirigentes y que ha provocado que un alto porcentaje de la población de nuestro país viva ya por debajo del umbral de la pobreza o bien esté en serio riesgo de exclusión social.

Sí, hablando en términos morales y económicos  y no sólo bélicos propiamente dichos, por supuesto que se cometen crímenes de guerra en tiempos de paz, aunque nuestros dirigentes quieran lavar su conciencia, si es que la tienen, haciendo creer a una gran parte de la ciudadanía que esa brecha cada vez más grande entre ricos y pobres no es consecuencia de sus políticas económicas. Pero una cosa es lo que ellos quieran hacernos creer y otra muy  distinta es lo que los hechos nos demuestran. En este sentido les recomiendo leer el libro del ilustre economista Thomas Picketty titulado El capital en el siglo XXI, pues a través de él descubrirán claramente las erróneas políticas económicas y fiscales que se están llevando a cabo y que de no cambiarlas nos llevarán, finalmente, al desastre (un libro que por cierto el mismísimo Paul Krugman, ganador del premio Nobel de economía en el 2008, ha calificado como “el mejor libro de economía del año, y quizá de la década”).

En fin, pues como dije en otro de mis artículos titulado ¿Quién asesora a quienes nos gobiernan? el hartazgo de las gentes, cuando la miseria y la precariedad ya ha invadido por completo sus vidas, hace que los de abajo en última instancia vuelvan a reequilibrar la situación si los de arriba no son capaces de controlar ese ruin y exacerbado egoísmo que con su incontrolada avaricia provoca el sufrimiento de tanta gente.

Por cierto, la historia también nos demuestra que, por no haber querido controlar a tiempo su avaricia y sus desmanes ante el sufrimiento de su pueblo, a los gobernantes también se les juzga llegado el momento por “crímenes de guerra” aunque sea en tiempos de paz. Cierto es que desgraciadamente esto no suele ocurrir a menudo, pero de vez en cuando sucede. Así pues, que estén atentos a sus desmanes y avaricia si no quieren formar parte, algún día, de esa estadística. Ellos verán.

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Luis Sánchez

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