Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 69, Opinión
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Tres mujeres

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 3 de febrero de 2017

@lidia_sanchis

A 125.000 euros cotiza grosso modo el cuerpo muerto de mujer y niña dominicana en el mercado de los asesinatos que no le importan a nadie pues es la cantidad de euros que reclama un familiar de las dos fallecidas. Son 125.000 euros que pertenecen a la categoría de lo futurible, al reino de los sufijos terminados -ible que, como es sabido, tiene el significado de posibilidad pasiva o, en ocasiones, lo que es lo mismo: puede usted esperar sentado a que se cumpla la ley y se repare el daño. Y ello a pesar de que, en este caso, el mismísimo Consejo General del Poder Judicial ha concluido que la Administración de justicia falló.

Probablemente aún no saben de qué les estoy hablando porque todo ocurrió en julio de 2014: demasiado tiempo pasado para la cólera en los tiempos de twitter, un reino de muñequitos y corazones donde la ira apenas dura un par de días y después, como el humo se va. Pero verán: una abuela de la República Dominicana denunció en los juzgados de la plaza de Castilla, en Madrid, el calvario por el que estaban pasando madre e hija, y la Justicia, que es ciega, hizo también oídos sordos a la desesperación de la denunciante. Hasta Madrid había viajado la niña, que tenía nueve años a su muerte, desde su Santo Domingo natal, para reunirse con su madre. Con tan sólo siete años la niña voló sola, al cuidado de una azafata. En España le estaba esperando un océano de pena, mucho más inmenso y profundo que el que se había visto obligada a cruzar para llegar hasta allí. Raúl Álvarez, el novio de su madre, las maltrataba a ambas. Después de un tiempo observando que algo no iba bien y temiéndose lo peor, la abuela se atrevió a pedir ayuda a los jueces: de su propio puño escribió la denuncia, un grito de socorro que nadie atendió, quizá porque lo hizo con faltas de ortografía y pocos prestan atención a lo que no está bien redactado. Como ya hemos dicho, la Justicia es sorda, ciega y, en ocasiones, clasista. No sabemos si madre e hija estaban vivas o muertas cuando Raúl Álvarez arrojó sus cuerpos a la ciénaga. Pero sí podemos deducir que las mató porque eran pobres, porque eran extranjeras y, sobre todo, porque eran mujeres. Porque no tenían a nadie en el mundo más que a una abuela analfabeta. Quizá alguno dirá que la madre no fue suficientemente fuerte, que no luchó bastante ni durante bastante tiempo. Ya se sabe: somos mujeres, no se nos permite rendirnos. E incluso más: cuando las fuerzas fallan se nos acusa de no haber hecho todo los posible. Siempre una sombra de desconfianza nos acompaña, un estigma, la maldición bíblica. En este mundo insoportablemente cruel y desigual el odio aún vence al amor. Cada día. Todos los días. Y demasiado a menudo la Justicia es sorda y ciega para las mujeres. La abuela se llama Ayda. Las muertas, Adolfina y Argelys. Sus cuerpos se descomponen en un pozo de aguas fecales de Zamora. Sus almas, ojalá que nos persigan toda la vida para reprocharnos que quizá murieron porque la pobre vieja no sabía escribir.

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L'Avi

@AviNinotaire

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