Angel Ruiz, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 69, Opinión
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La pompa

Por Paco Cisterna / Ilustración: Cruz. Sábado, 4 de febrero de 2017                    

Francisco Cisterna

El político es un mundo ingrávido y poco gentil, actualmente en inflación, producto de la burbuja financiera y prestamista que, como la vieja usurera de Crimen y castigo, se resiste a morir a manos de sus ejecutores morales. La anterior proliferación de ladrillos y cláusulas suelo ha tocado techo, dejando al descubierto un mundo feliz a plazos abusivos que nos congraciaba con la Europa más rica y nos alejaba de la España más pobre para convertirla, finalmente, en la pobre España. En esta situación, y como las grandes desgracias nunca vienen solas, la burbuja financiera ha sido corregida con otra burbuja, la política. Hay tantos políticos “haciendo tanto” que es casi imposible saber quién hace qué, pues resulta que todos se atribuyen la autoría de las buenas obras, llevan ese acuerdo en su programa o, al menos, tienen pensado hacerlo o pedírselo a los Reyes Magos. Golosos de electorado, se roban el chocolate de la cajonera del escaño.

Sin embargo, la realidad es que la mitad de la nómina política actual se encuentra inmersa en luchas por la supervivencia y en campañas internas por el liderazgo. Los partidos políticos, haciendo un trabajo de minería, intentan separar la ganga ególatra de la mena presidenciable, como Moisés separó las aguas del mar Muerto –aunque aquí hay muchos más vivos–, con la intención de encontrar un pasillo redentor que el electorado pueda transitar sin vergüenza ajena o sin sinvergüenzas propios, y protegerse, así, de la lluvia ácida tecnológica con la que amenaza el vecino futuro. Y, en este mundo tan puro, ya se sabe: con la intención, por venerable que sea, no basta.

¿Cuál es, entonces, la pragmática diferencia? La de siempre: quien da primero, da dos veces y pesa el doble en la balanza.

Hay políticos que piensan en los donuts mientras les roban la cartera.

Y cuando salta la iniciativa, o llega el acuerdo, se pelean a brazo partido por colgarse las medallas como si fueran generalotes bananeros. “Yo quiero la medalla de la fidelidad: Hoy te traiciono más que ayer, pero menos que mañana”. “Yo la del amor, la de la mor… cilla”. “Pues yo quiero el marchamo de los chorizos de Cantimpalos”; famosas medallas de la charcutería ibérica, que tanto han contribuido a la grandeza de nuestra política. Estamos, pues, en una legislatura electoralista que promete renunciar a Satanás a sus pompas y a sus obras, pero en la que nadie quiere perder su puesto en la parrilla de salida –o de salido, alguno tiene que haber, por muy señorías que sean– porque, como les sucede a las estrellas de Hollywood, temen ser rebasados por el nuevo candidato de moda antes de terminar el rodaje; y es que los políticos siempre han tenido un mucho de actores. Interpretan un guion coral para disimular sus aspiraciones personales escudados en los principios representativos del partido, que solo comparten cuando coinciden con su interés.

Aquella pompa que rodeaba al líder incuestionable es hoy pompita susceptible de ser desinflada por el primer demócrata que se tercie, Mahou o San Miguel, que, al fin y al cabo, de la misma empresa son. Igual que el aumento por triplicado de políticos repetidos, pero con distinto nombre, pude pincharse en cualquier momento como la bicicleta del dicho; y créanme , de seguir por este camino, no queda mucho trecho para el reventón.

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Angel Ruiz Cruz

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