Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 70, Opinión
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La patria en los zapatos

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 17 de febrero de 2017

@lidia_sanchis

La patria es una calle y las montañas, azules e inmutables que se divisan desde ella; una hilera de casas con las aceras altas cuyo recuerdo es a veces pegajoso como una nube de algodón dulce pero a la que siempre se está tentado de volver. En esa calle está contenida toda la esencia de lo que fue, es y será, es el lugar donde la niña esperaba el autobús de regreso de sus padres que habían ido a París en busca de trabajo, cuando eran los padres quienes emigraban, y había moscas en todas las casas que nacían y morían en un día, aunque eso lo supimos luego. Dicen que no se puede tener recuerdos de cuando un año. Ella sí los tiene. De aquella vez que su padre pidió prestadas unas miles de pesetas para empezar un negocio (y sobre esta piedra construiré mi iglesia); de tantos veranos sin mar y con abuelas. De unos zapatitos nuevos que aprietan. Unos zapatos como los que esperan a Samuel, el hijo de Veronique, en su casa de Kinshasa, que los dejó a los pies de la cama antes de ser engullido, junto con su madre, por las aguas carnívoras que bañan el Estrecho. El mar orilló su cuerpo menudo hasta Barbate –tan lejos había llegado–, mientras que el de su madre apareció flotando en aguas argelinas. No querrían saberlo, pero han de saberlo: el padre de Samuel llamó desesperadamente a la embajada española en Kinshasa para explicar que su hijo estaba muerto en una playa de Cádiz, pero nadie le abrió la puerta ni ninguna autoridad le recibió. Sólo era un pobre padre pobre sin derecho a llorar sobre el cadáver de su pequeño hijo. Seguramente no querrán saberlo pero necesitan saberlo. En la embajada de Argelia corrió mejor suerte y el cónsul le prometió un visado para poder viajar al país hasta donde Veronique fue arrastrada por las olas. Atrás quedaron las montañas azules a las que Samuel y Veronique no podrán volver ni aunque quisieran; atrás quedó la vida de una familia que, se lo aseguro, es como la nuestra: la médula de sus huesos y el cuerpo calloso de sus cerebros están hechos de la misma sustancia vital que hace que los padres amen a los hijos, que los nietos prefieran la sopa que cocinan sus abuelas, que sepamos que las montañas permanecen inmutables un millón de años y que hay moscas, azules, que nacen y mueren en un día. La patria son unos zapatos que un niño de Alepo dejó en una casa derrumbada para huir, descalzo, a un país corroído de indiferencia. Podrían ser sus zapatos los que quedaron abandonados y ser sus pies los que sintieran esa nostalgia de la suave piel protectora. Pero no lo son. Por eso escribe esto. Porque no lo son.

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L'Avi

@AviNinotaire

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