Álex, Humor Gráfico, Número 70, Opinión, Xavier Latorre
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La corbata

Por Xavier Latorre / Viñeta: Álex, la mosca cojonera. Viernes, 17 de febrero de 2017    

Xavier Latorre

Entre las fuerzas de élite de Podemos se encuentran filósofos de campanillas, economistas de relumbrón, sociólogos de prestigio, jueces muy competentes, físicos nucleares cualificados, expertos en relaciones internacionales y militares de la más alta graduación. Ver a toda esa tropa de eruditos y destacados profesionales con el puño en alto cantando canciones de Lluís Llach, y vestidos con ropa de segunda mano de alguna ONG o del rastro, ha sido entrañable. La imagen de Vistalegre bis se asemejaba a los primeros pasos de un destacamento socialista que se aupó, trepando lo suyo, hasta la cúpula de las siglas del PSOE y que 40 años después todavía da de comer a un grupo de veteranos supervivientes de aquel éxtasis político.

Los que tenían unos 30 años cuando se acababa de morir Franco, y comían tortilla de patatas a la orilla de un río y hacían corrillos en diminutas librerías, han sido substituidos, la tira de años después, por otra camarilla de colegas, de activistas callejeros, de protagonistas del 15M (muchos también treintañeros), que ya han tomado al asalto un puñado de butacas de platea en el hemiciclo del Congreso. Con el tiempo, aquellos advenedizos del PSOE se fueron emparentando con señoras de la alta sociedad, engrosando paulatinamente sus cuentas corrientes, mudando de uniforme de campaña y acumulando cargos de postín. Sus biografías, aunque no las exhiban tanto como el vanidoso Bono, ocupan buenos puñados de cuartillas. A algunos prohombres de ese partido, sus gestas en la Transición no les caben en un solo tomo de memorias.

El nuevo cambio, el recambio, comienza a intuirse. El mesías Pablo Iglesias se ha anudado ya la corbata roja con la que intentará estrangular a los sucesores de aquella estirpe política, que todavía regenta desde la trastienda, ¡vaya por dónde!, el gerente vitalicio Felipe González. Los socialistas intentan aplicar a toda prisa puntos de sutura a sus desgarros internos; mientras, los de Podemos, con y sin Errejón en primer plano, han chupado cámara, se han pegado un festival a lo grande y han movilizado a una amplia generación de millennials un poco malcriados, pero también desencantados y frustrados por esta economía de mercado del no trabajo, de las rentas exiguas y de la precariedad laboral.

Podemos es el símbolo de lo nuevo, lo mismo que supuso la histórica cosecha de votos socialistas en 1982. Muy pocos bastiones se quedaron entonces sin conquistar. Ahora mismo, el recambio del cambio ya ha aterrizado en algunos ayuntamientos grandes y preparan, para de aquí a dos o tres años, si alguien no lo estropea, su puesta de largo política. Los amigos de Pablo, de la Tuerka Televisión, de las camarillas de Erasmus y de los pasillos de facultad se han hecho políticamente mayores. Han reclutado buenos currículos, han fagocitado a Izquierda Unida y esperan agazapados su hora.

Los presagios, y la falta de relevo generacional, anticipan retrocesos electorales a largo plazo en las filas del PSOE, aunque aún falta por ver cómo resuelven su crisis interna de liderazgo. El ciclo histórico puede darles la espalda. Si Iglesias no la caga, el futuro es morado. A Felipe le salió todo bien; Iglesias está en ello. Una torpeza suya puede dar alas a los socialistas, sin necesidad de tomar Red Bull alguno. Las secuelas del serial de Vistalegre y las posibles purgas posteriores nos indicarán por dónde van a ir los tiros definitivamente. Un vecino, fascinado por el que fuera número dos, Iñigo Errejón, me dijo en el rellano: “Para mí, Podemos ha muerto”.

Hace varias décadas, la mayoría de la clase política dominante estaba acogida al regazo de las siglas socialistas. Esos políticos, que deslumbraron en el hit parade político de los 80, habían cantado la Internacional de jóvenes, habían lucido melenas, habían vestido trencas y habían alzado al aire el puño desafiante en muchos escenarios de mítines gloriosos. Luego, paso a paso, se fueron recortando las barbas, pasaron por el sastre y se montaron en un Audi. Ahora se dirime si todavía pueden resistir lo suyo. De lo contrario, lo más natural es que, en unos pocos años, sucumban ante la fuerza emergente de color morado. Es ley de vida; siempre y cuando estos, claro, no cometan errores de bulto. Vistalegre habrá sido el rubicón de Podemos. La única corbata, roja, que ondeó en el pabellón, puede que sea el estandarte al que se acojan los artífices, dicen, de la nueva política. El CIS y más tarde las urnas darán cuenta del desenlace de esta Operación Corbata. Mi vecino, el errejonista,  sin embargo, no las tiene todas consigo.

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Alex, La mosca cojonera

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