Javier Montón, Número 69, Opinión
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De categoría, Alberto

Por Javier Montón. Viernes, 3 de febrero de 2017

@jjmonton

La operación fue un éxito: el paciente falleció después de una larga agonía. Se trataba de curar una hipertensión, pero el equipo médico habitual optó por la cirugía vaya usted a saber por qué. El bisturí empleado fue el correcto, la técnica se adecuó a la praxis, el corte fue certero, limpio, y los puntos de sutura se ajustaron a los cánones. Quizá hubiera sido más recomendable un tratamiento no invasivo, le advirtieron sus consejeros, un cambio en los hábitos de vida del enfermo, la introducción de una dieta más baja en calorías… Que no y que no. No es no.

–”¿No saben ustedes con quién están hablando? ¿Quién manda aquí?”.

–”¡Se nos va, lo perdemos!”.

Con el cadáver ya frío –el pobre hombre no volvió a sufrir de hipertensión, pero a cambio perdió la vida–, la Audiencia Nacional acaba de sentenciar –hable la Justicia, oh, callen los hombres– que la intervención quirúrgica fue impecable, que lo que se hizo se hizo bien, con gran profesionalidad, mejor imposible, que se quita el sombrero, chapó, y que se pone de rodillas y que, señor jefe médico, preséntele mis respetos a su señora, a la que lo sea ahora. El doctor, en vez de optar por el silencio prudente que aconseja la sensatez, se ha puesto gallito. Y sacando pecho y metiendo barriga, se ha regodeado en su demostrada habilidad para amputar. Les ha recordado a los deudos que el finado bebía demasiado –aunque se ha callado que el alcohol se lo proporcionaba el hospital–, que estaba gordísimo –después de años comiendo lo que cocinaba el hospital– y que llevaba una vida sedentaria –exactamente la que le prescribía el hospital–.

Entre la operación y la sentencia pasaron tres años y el cirujano consiguió cerrar el círculo de la inutilidad. Así, después de ser concejal, alcalde y ‘president’ dio con sus nalgas en el Senado, donde reposan por ahora. Imposible imaginar escenario más adecuado para un tipo tan insustancial.

Los 1.600 familiares del fallecido coleccionaron gestos cómplices y palabras de cariño desde la bancada opuesta, pero aún están esperando a recibir el pésame. Un pasito ‘palante’, Ximo, un pasito ‘patrás’. No tiene que ser plato de gusto mirarles a los ojos a todos ellos, con sus maridos, mujeres y niños detrás, después de un “donde dije digo, digo Diego” de manual. En algunas ocasiones –demasiadas–, todos son iguales. O, al menos, muy parecidos, que para el caso es lo mismo.

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