Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 67, Opinión
Deje un comentario

Contra el viento, la esperanza

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi. Viernes, 6 de enero de 2017

@lidia_sanchis

Durante un año vivió al lado de una escuela de Infantil y Primaria y cuando se iba a trabajar se encontraba con decenas de niños que acudían a las aulas. Algunos, muy pequeños, seguían llorando a pesar de estar bien avanzado el curso y no querían soltarse de los brazos de sus madres, como si entrar en aquel feo edificio fuera hacerlo en una cárcel. Otros, ya mayorcitos, iban solos, cargados con el peso de sus mochilas, tan pesadas que era un milagro que lo pudieran soportar. Mayores y pequeños, a ella le daba pena su fragilidad. Porque creía que los niños llevan dentro una esperanza, una diminuta y temblorosa llamita blanca, a merced de las corrientes de aire. Pensaba de ellos que son como una hermosa flor temprana a punto de quebrarse por la embestida del viento. Algunos, los pequeños, salían en ocasiones de excursión por el barrio. Iban al mercado y allí se detenían ante las paradas de la pescadera –qué miedo esos ojos blancuzcos de la dorada muerta– y de la verdulera, y el señor de las aceitunas les obsequiaba con una sevillana rellena de anchoa. Ella se cruzaba con ellos muchas veces, siempre en direcciones opuestas; ellos, formando una fila, asidos a la cuerda cuyos extremos sujetaban dos maestras siempre atentas a los bordillos, a los semáforos, a los peligros de salir fuera de las paredes grises pero protectoras de la escuela; ella, sintiendo pena por los niños que andan por la calle asidos a una cuerda, con sus patitas cortas, con su pico abierto de hambre. Se veía a sí misma, con su primera cartera (roja, con el dibujo de un gato lamiendo un platito de leche), y recordaba a su primera maestra ‘de verdad’, la señorita Natalia, que acababa de tener a su primer hijo y olía a nata agria y a polvos de talco. Y a Tadea –quién necesita apellidos teniendo ese nombre–, que fue la primera profesora que le dijo que tenía talento. La primera de quien le interesó lo que decía pero, sobre todo, la primera que se interesó por lo que ella decía. Ella ya había leído a Machado y a Bécquer, pero Tadea le descubrió a Juan Ramón Jiménez: “¡Señor, Señor, no me matéis! Pero, matadme, si queréis…” Y profesora y alumna compartieron el gozo de saber exactamente qué quería expresar en esos versos el poeta de Huelva. Qué responsabilidad la de los maestros porque tienen que decirles a sus alumnos que confían en ellos, que están seguros de que contribuirán a hacer un mundo mejor. Qué satisfacción cuando alguno de ellos lo consigue, qué tristeza cuando otro sucumbe a la fuerza del aire enfurecido. Ella sabe que Albert Camus escribió una carta de agradecimiento a su maestro de Primaria cuando le concedieron el Nobel de Literatura que decía: “Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto”. Cuántos maestros conoce que son como ese;  cuántos que son lo contrario. Y qué irresponsabilidad la de los gobernantes que legislan contra la esperanza. Ella quisiera darles las gracias a esos profesores entregados ya que sin ellos  todos los niños, que caminan a tientas, lo harían en la más profunda oscuridad. Y año tras año, en noches de Reyes como estas, pide el mismo deseo: que la estrella luminosa guíe también a los maestros.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

L'Avi

@AviNinotaire

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *