Luis Sánchez, Número 67, Opinión
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Por Luis Sánchez. Viernes, 5 de enero de 2017

Luis Sánchez

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Era algo más de medianoche y el señor Tolki se afanaba por dejar los recibos de la escalera preparados para el cobro; mañana, es decir, hoy ¡es ya día 6!

Nesi, su fiel compañera, dormitaba en el rincón de siempre.

Tal vez era la escasa luz amarillenta del flexo lo que le causaba –al tener que forzar la vista– una sensación de pesadez en la cabeza. De repente, notó una fuerte contracción en el bajo vientre y, a continuación, un intenso dolor comenzó a recorrer sus tripas de un lado para otro. “Algo ha tenido que sentarme mal –se dijo mientras dejaba los lentes sobre la mesa camilla–, aunque la cena ha sido ligera, como de costumbre, y la comida tampoco ha sido gran cosa”.

El señor Tolki tuvo que interrumpir momentáneamente su trabajo para ir al váter. Atravesó el corto espacio que separa la salita de la pequeña galería haciendo verdaderos esfuerzos para contenerse. Descorrió el pestillo y después de dar la luz observó de refilón la imagen de su rostro reflejada en el espejo. El aspecto que ofrecía no era muy bueno, diríase que su piel estaba más pálida; sin embargo, la premura le obligó a sentarse, sin más dilación, sobre la desgastada arandela de plástico duro.

No tardó en sentir los primeros temblores y un sudor frío le humedeció la espalda; pero el señor Tolki aún hubo de aguardar unos largos segundos para verse liberado de semejante carga… Al fin, un hondo suspiro vino a confirmar la sensación de alivio que sentía.

Cuando, en un movimiento casi mecánico, echó la mano derecha hacia atrás, el tamaño del papel vino a recordarle que su memoria le había vuelto a fallar. ¡Otra vez se me ha vuelto a olvidar! –murmuró entre dientes–. El señor Tolki cogió una hoja de El Correo de Smirova, el diario decano de la prensa local, y se dispuso a partirla en trozos, pero antes de romper el papel le llamó la atención un insólito titular; la noticia, que el señor Tolki consiguió leer con enorme esfuerzo, decía más o menos así: “Smirova. Ayer fue rescatado, en un modesto piso de nuestra tranquila ciudad, el cadáver de un hombre de avanzada edad, al que todavía no hemos logrado identificar. El difunto, que vivía solo, llevaba varios días muerto; al parecer, falleció mientras realizaba sus deposiciones, restos del cadáver han sido encontrados por la policía tanto en la taza como en la tubería del váter. Desconocemos, por el momento, las extrañas circunstancias en que se produjo el incidente”.

Después de darse el debido cumplimiento higiénico, el señor Tolki se dijo, sin poder evitar la sonrisa en los labios: ¡Dichosa prensa, cada vez se está volviendo más sensacionalista!, y al intentar levantarse comprobó que no podía, que le fallaban las fuerzas, tal vez era su resentida columna o quizá las piernas, el asunto es que se había quedado agarrotado. ¡Malditos años; la vejez no perdona! –soltó con cierta resignación–. El señor Tolki colocó la mano derecha sobre el brocal de la pilita e intentó ayudarse; pero el esfuerzo resultó inútil. Y, de nuevo, aparecieron los temblores y un sudor frío, que le bajaba desde los hombros hasta la rabadilla…, ¡y sintió una punzada caliente que le atravesó la garganta! ¡Vaya, esto sí que tiene gracia! –se dijo, en un gesto que delataba por igual desconcierto e incomprensión ante lo que le estaba sucediendo–. Esperó unos segundos, a fin de retomar fuerzas, y, al mover el tronco de un lado para otro, notó cómo sus muslos se habían quedado pegados a la desgastada arandela de plástico duro.

El señor Tolki trató de calmarse: Ante todo, no debo perder los nervios. Suspiró hondamente y después lo intentó de nuevo, valiéndose esta vez de las dos manos: con la derecha se agarró fuertemente al brocal de la pilita y con la izquierda se apoyó en la desconchada pared blanca. El señor Tolki era incapaz de levantarse.

¿Acaso se trataba de una broma macabra?, y de ser así, ¿quién había podido maquinarla?, ¿y quién firmaba esa nefasta noticia que había leído minutos antes?, ¡imposible ya averiguarlo!

La situación era completamente absurda, tan absurda como inevitable. ¿Y qué podía hacer el pobre señor Tolki? ¿Gritar?, ¿a esas horas de la noche?, ¿y quién lo iba a oír?, a esas horas, todo los vecinos duermen. Además, él tenía la costumbre de cerrarse por dentro, estúpida costumbre; después de todo, ¿quién iba a entrar? ¿Nesi, su gata? Por cierto, seguro que el animal seguía descansando con entera placidez sobre la alfombrilla de felpa.

El pobre señor Tolki estaba solo y sólo contaba con sus propias fuerzas, fuerzas que, si bien ya eran escasas, comenzaban a mermar, debido a la posición tan incómoda que estaba obligado a mantener. La pesada carga que sentía en los riñones hacía que la espalda fuera cediendo, poco a poco, hacia adelante. El sudor era más intenso y una gota se deslizó por la mejilla hasta quedar colgando del mentón; los potentes latidos de sus sienes retumbaban en sus oídos a golpe de martillo; y su mirada empezó a vagar por entre las borrosas figuras blanquinegras que sugería el deslucido dibujo de las baldosas.

De repente, echó mano al reloj y, como si creyese haber encontrado una tabla de salvación, miró la hora; pero las saetas se habían detenido. Entonces, pegó la oreja; pero sólo le llegó el sonido de un vacío ronco. ¡Bah, qué importa! –se dijo, apretando con la mano su muñeca izquierda en un desesperado gesto de aferrarse a algo, a lo que fuera, aunque sólo fuese a algo tan efímero como un tiempo que ha dejado de existir.

Todo aquello resultaba ridículo, tan ridículo que le saltaron un par de lágrimas de pena, de esa pena que se mezcla con una risa incontenible, histérica, una risa que es simple risa de descarga; aunque la risa le oprimía el pecho y apenas le permitía respirar. Por un instante, le asaltó el recuerdo de su madre… y también el de aquella hermosa chica del colegio a la que le hubiera gustado invitar a un helado y que no… ¡No, no, no… no es posible, no! –exclamó el pobre señor Tolki, roto en llantos–. Pero, posible o no para su entendimiento, lo bien cierto es que estaba atrapado en aquella especie de trampa suicida.

Muy lentamente la boca del váter empezó a dilatarse al tiempo que su cuerpo iba deslizándose hacia el interior… Era una lucha inútil, pues sabía de antemano que no podría salir, que era imposible escapar… sin embargo, todavía vislumbró un atisbo de esperanza al descubrir, inesperadamente, la cadena, que colgaba de la cisterna. Y en un último y doloroso esfuerzo, estiró el brazo derecho cuanto pudo, hasta casi descoyuntarlo del tronco, y logró agarrar con la punta de sus dedos el tirador oscuro de madera… Del tirón tan brusco, la cadena a punto estuvo de desprenderse; pero no… Una fuerte corriente de agua y espuma empujó el extenuado cuerpo del señor Tolki hacia las profundidades del abismo.

El pobre señor Tolki ni siquiera pudo despedirse de Nesi, su vieja gata siamesa.

*****

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2 Kommentare

  1. Luis Sánchez dicen

    Cuando el señor Tolki lee el periódico, el lector intuye que el personaje va a morir, claro. Pero quien no lo sabe es el propio personaje, que lo descubrirá poco a poco. Y es ese proceso -el cómo y no el qué- lo que me interesa contar. Gracias por tu comentario, Enrique. Un cordial abrazo.

  2. Enrique Arias Vega dicen

    Se trata de una narración impecable… con un único pero: el desenlace se intuye al poco de empezar, por lo que el lector no sigue desde entonces el relato con la tensión y el interés que hay que tener por lo impredecible, intrigante o sorprendente.

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