Antonio J. Gras, Viajes
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Trilogía de Cataluña (I): Tarragona, Reus y Priorat

Una vista general de la Rambla Nova de Tarragona.

Por Antonio J. Gras. Sábado, 14 de enero de 2017

     Viajes

Como esa canción que creíamos olvidada pero que con solo oír alguno de sus acordes nos vuelve completa. Así aparece el color del mar desde lo que muchos llaman el Balcón del Mar. A espaldas del almirante Roger de Lauria, al inicio o final de la Rambla Nova de Tarragona, según se mire el mundo, la mar regala señales inequívocas de que hay que volver a su regazo. Como refugio. Como salvación, cura, o cualquier cosa que cada uno de nosotros podamos inventarnos para disfrutarla sin mediadores.

La tonalidad azul se tatúa en la memoria.

No importan demasiado todos los petroleros que apoyando sus panzas en el Mediterráneo esperan  turno para saciar su sed negra y transportar a cualquier parte el refinado que la prodigiosa ciudad transforma. Urbe futurista que al llegar la noche deja ver su luminiscencia como si millones de luciérnagas mantuvieran una estructura de universo químico y alucinado.

Tarragona, de piedra y mar, o de tiempo, vuelve a construir su vida alrededor de las ruinas que la hicieron, y en esa  almendra  que queda a la sombra de su Museo Arqueológico, de su foro, de su circo, de la parte que contuvo tanta historia y hoy queda visible tras vallas preventivas o la entrada abonada a la educada taquillera,  hay quien baila swing mientras los vermuts impregnan el hielo de ajenjo y naranja, quien apuesta por negocios de nueva creación, de nueva singularidad, que es la singularidad que cada tiempo cree inventar.

Por fortuna Tarragona  no olvida que una parte de ella fue marinera, y el barrio de pescadores, El Serrallo, o la zona portuaria, se van transformando a fuerza de fuente y recuperación, de supermercado y cafetería gastrobar. La milagrosa epidemia que el urbanismo de principios de milenio ha decidido que rija el crecimiento de las ciudades necesitadas de ampliación. Necesitadas de conservación. Necesitadas de innovación.

No suele estar en muchas agendas de fin de semana. Quizá ha ganado presencia a causa de ese macrocentro comercial de la diversión que es Port Aventura. Pero Tarragona merece ser disfrutada de otras maneras, porque la polifonía desafinada de alguna de sus gaviotas, desde la Plaza de los Carros, limitando con el paso de los trenes que suben y baja hacia una Cataluña que evoluciona sin dejar de crecer su tradición, es una buena banda sonora. Debe haber cambiado poco con el paso de los siglos. Y ascendiendo por sus inclinadas calles sí percibimos  que el poso de la historia dialoga con el pequeño comercio.

Desde hace unos años trato que mi andar, en las ciudades que visito, en los pueblos por los que me pierdo o en las rutas que llego a tomar sin demasiada conciencia, sea más lento de lo normal. Así, me detengo en esquinas, mirando hacia arriba por ver si el cielo es otro y de los balcones suenan canciones. O me paro frente a escaparates que venden velas o cualquier artilugio que brille. Tengo alma de crédulo. Cuando miro no tengo prisa. Es otra forma de leer el mundo teniendo muy presente los aromas, los rumores y las telarañas que el tiempo va dejando.

Le tengo un cariño de piscina a Tarragona. Un verano  vi cómo jugaban mis hijos con globos llenos de agua en la orillita de una de ellas, cómo paseábamos por la Rambla, cómo sonaban los trenes. Ahora, las veces que he vuelto, subo las escaleras de la Catedral para llegar hasta el AQ, o me paro en la puerta del Almosta y me digo que tengo que entrar.

Piedras, tiempo y mar, una conspiración para la contemplación, que algunos kilómetros más arriba, en Reus, se hace admiración por comprobar que su centro parece un milagro que no sea más evidente, más visitado. Más disfrutado.

Paseo Reus con los ojos en esas piedras modernistas que engalanan muchas fachadas de sus arterias principales, casi de burbuja por la ligereza que trasmiten.

Y busco en mi memoria de viajero una referencia que me compare la Plaza de Peixateries con otras plazas venecianas. Esa costumbre de la comparación teje un diálogo de buenas maneras y así el mundo parece menos distante y me regala la creencia de que siempre ha habido hombres buenos, sabios. Inteligentes. Pensamiento que se desvanece al comprobar que más allá, calles más allá, lo cotidiano, se ha impuesto para afianzar una mercadería sin alma.

Plaza de Les Peixateries de Reus.

Y me siento a probar Vermuts, y a contagiarme de lo cercano. A veces basta con no querer mirar más allá para mantener cierta ilusión en la mirada. Me digo que mientras queden los centros de las ciudades para ver edificios no habrá que ir a ver el exterior, donde las almas están desnudas y la vida es tan real que no duda en chutarse miserias.

Prosigo el camino. El Priorato es una sirena de mineral bebible.

Desde la terraza de la Bodega de Alvaro Palacios contemplo Gratallops bajo el sol otoñal de mediodía. Me ayudo del prismático que hay a disposición del visitante para acercarnos el paisaje, la pequeña villa. Techos y humo de leña. Árboles con tonalidades amarillentas en sus hojas y arbustos de cadencia rojiza.

Hay una señal  de carretera que indica Falset, y más allá, al inicio del parque, está Porrera. En ese ordenado batiburrillo de curvas y balcones donde la vid se alza, reside el orgullo de una naturaleza complicada.

El triángulo mágico que acoge algunas de las más brillantes bodegas de la viticultura española está en esta denominación de origen, que ha conseguido domesticar los minerales y valorizar el concepto tiempo. Priorat consigue que esa manida frase de beberse el territorio cobre sentido al contemplar cómo la pizarra y el bosque, esas venas de romero y tomillo,  esas hojas que cambian de color según las estaciones, impongan la tiranía de sus temperaturas, se diluya entre garnachas, cariñenas, cabernets y syrahs, y con el esfuerzo del hombre, con su técnica y conocimientos, quede su meditación interiorizada en botellas que con el paso de los años demuestran que el equilibrio entre tiempo y placer es una alquimia que algunos conocen a la perfección en estas tierras.

Más allá hay viñas que han decidido que su ubicación tenga otros apelativos y están a la sombra de Terra Alta, Montsant o Tarragona.  Nuestro hábito de mirar sin ver las coloca, por lo general, en otras valoraciones. Pero la historia no sabe de ese hábito bastardo que ha enfermado al habitante del día de hoy catalogando todo por listas.

Una bodega en la comarca del Priorat.

El Museo Arqueológico de Tarragona no es el de Nápoles, cierto, pero nos habla de una parcela de la historia cercana. Tal vez las casas de Reus no tengan la grandiosidad de ciertos edificios de París, pero exponen el gusto de una burguesía culta. Aprender a mirar es una tarea que solo conseguimos si una y otra vez nos unimos al mundo para tratar de deletrearlo.

Tarragona es un ejercicio placentero. Del mar a la montaña. De la piedra al infinito. De la tradición a la cultura. Esas cosas que creemos que tienen un valor reducido y encierran en sí mismas un mapa con tesoros palpables además de eternos.

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Antonio J. Gras

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