El Petardo, Humor Gráfico, Número 67, Opinión, Óscar González
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El imperio gay, la ideología de género y un cilicio demasiado apretado

Por Óscar González / Viñeta: El Petardo. Viernes, 6 de enero de 2017

Óscar González

Ayer al cardenal Cañizares se le fue la mano con la sangre de Cristo. Se puso a consagrar vino, para que se obrase el santo milagro de la transubstanciación, algo salió mal, y en vez del sabor metálico característico de la sangre, lo que inundó su boca fue un morapio exquisito de ochenta céntimos por cartón. El hechizo falló cuatro o cinco veces en un día y claro, el cardenal acabó con un puntito de padre y muy señor mío, nunca mejor dicho.

Entonces, posiblemente por alguna jugada perversa de Pedro Botero, se cruzó en su camino un reportero de algún medio nacional y Cañizares, con el espíritu henchido por el calorcillo de los taninos, le espetó que adoctrinar niños en ideología de género es una maldad. Lo hizo serio, sin descojonarse, algo que ya es meritorio si pensamos que el que hablaba de la maldad de adoctrinar era un alto cargo de la Iglesia Católica, esa organización que, como todo el mundo sabe, se caracteriza por fomentar la libertad de pensamiento y creencia, que apoya y espolea la ciencia y no es nada dada a la imposición ni a la superchería.

A Cañizares le preocupa mucho la “colonización de las conciencias” que están llevando a cabo algunas comunidades autónomas al promulgar leyes que avanzan en materia de igualdad, reconociendo derechos como la identidad de género. Ya se sabe que la Iglesia es más de invadir que de colonizar, más de cruzada que de hacer carreteras y más de castigo que de seducción, salvo que sea de menores, que ahí se quedan solos. Al cardenal le quita el sueño que se empiece a extender por ahí la idea esa de los rojos de que todos somos iguales y se vaya a llenar todo de invertidos casándose y de niños cambiados de sexo. Imagínense la confusión de los sacerdotes pederastas… ¿es un niño? ¿es una niña? ¿qué brujería es esta?

Anda inquieto también el prelado, que vive sin vivir en sí, por el alzamiento del “imperio gay”, que es como el de Star Wars pero en marica, y por “la ideología más insidiosa de la  historia de la humanidad”, que debe ser el feminismo. Reclamar la igualdad de derechos y obligaciones es, por lo que sea, más grave que el asesinato de millones de personas por parte del nazismo, los centenares de miles de desaparecidos durante la dictadura de Franco o los genocidios de Rwanda o Srebrenica, por coger ejemplos solo de los últimos cien años. Las ciento cuatro mujeres asesinadas por sus compañeros o excompañeros durante el año 2016, por extensión, deben ser propaganda de ese imperio marica cuya alargada sombra se proyecta amenazante sobre nosotros, los hombres blancos occidentales y heterosexuales.

Que un tonto diga tonterías, como nos recordó Forrest Gump, no es algo que deba sorprendernos. Que en el ejercicio de la libertad religiosa una figura eclesiástica haga declaraciones con las que no estemos de acuerdo, son los gajes del oficio de la democracia. En cambio, cuando los discursos buscan crear o perpeturar modelos de dominación, o construír falsos enemigos y amenazas irreales, únicamente para manipular la predisposición de un grupo de personas hacia colectivos concretos, ahí deberíamos trazar una línea roja. Una enorme. Porque todos deberíamos ser libres de ayudar a las causas o no hacerlo, pero a nadie, ni a dios si existiera, se le debería permitir que pusiera palos en las ruedas de una lucha tan necesaria y tan tardía ya como la de la igualdad que, hace casi cuarenta años ya, se consideró lo bastante importante como para incorporarla a nuestra Constitución, aunque fuera en un artículo al que hoy, en tiempos de rebajas democráticas, nadie haga ni puñetero caso.

Justo lo que deberíamos hacer con la gente como Cañizares, a quien como conclusión ofrezco este consejo: aflójese el cilicio y ojito con el vino de misa, que lo carga el diablo. Irónicamente.

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