Luis Sánchez, Número 68, Opinión
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Historias paralelas

Con Juan Laparra y Carmen Badía

Por Luis Sánchez. Viernes, 20 de enero de 2017

Luis Sánchez

Luis Sánchez

Una, desde luego, no puede conocer a todo el mundo, ni siquiera a los seres más interesantes, y no me refiero sólo a determinados personajes públicos, sino también a esos otros personajes, anónimos o invisibles, que, a diario, pasan por nuestro lado y que, por una razón u otra, se nos escapan de la mano. Personajes de novela, de teatro o de película, machacados por un destino adverso; personajes con una vida a cuestas que nadie o casi nadie conoce, porque están condenados a formar parte del desfile particular de figurantes de la gran comedia humana.

Cuando, de buena mañana, cojo el autobús para acudir al trabajo, me gusta contemplar ese paisaje, el humano, con sus gestos, sus miradas, sus poses, sus tics, sus disimulos, sus códigos… y, a veces, si el personaje se lo merece, incluso le invento un nombre y una biografía. Hay dos o tres que me tienen fascinada; pero, sobre todo, había uno que me tenía comida el alma. Gonzalo –yo me lo llamaba así– era un señor que ya había cumplido los sesenta; era alto, de complexión fuerte aunque no estaba grueso, bien parecido, ojos pequeños pero vivarachos, algo mofletudo, con un bigote de color gris ceniza, llevaba sombrero beis a juego con el color de la gabardina y una cartera negra de cuero, de esas viejas –aunque la suya parecía nueva–, con cremallera y asas extraíbles –mi hermano gastaba una para ir a clase, cuando estudiaba bachiller, pero la de él era de color marrón oscuro–. Por su aspecto, debía de trabajar como vendedor, haciendo pólizas de seguros o algo parecido. Gonzalo se quedó viudo hace un par de años, tenía una hija, con la que, por cierto, nunca acabó de congeniar, y desde el fallecimiento de su esposa, la hija no había vuelto a dirigirle la palabra, ¿por qué?, ¡ni la más remota idea! Ah, pero un afortunado día, al bajar del autobús, un rayito de luz me dio la clave y descubrí el motivo por el cual ella no quería saber nada de su padre: la insensata lo culpaba de la trágica muerte de su madre: probablemente, un suicidio.

Gonzalo subía al 29 en la primera parada de la Glorieta; dos paradas después bajaba yo, así que disponía de muy pocos minutos para radiografiarlo, y eso cuando dejaban espacio de mira suficiente, porque, en horas punta, el autobús siempre va lleno; además, tenía que ser sumamente discreta y procurar que él no se diera cuenta de que estaba siendo observado.

Un día –era jueves–, Gonzalo tuvo la feliz ocurrencia de sentarse a mi lado. Al percatarse de que el asiento de mi izquierda quedaba vacío, me miró con sus ojillos de niño travieso y no hizo falta que abriera la boca, yo le sonreí levemente y me hice a un lado para permitir que pasara. Muy amable –me dijo en un tono que sonó a completa sinceridad–, y a continuación, puso la cartera sobre sus rodillas, lo que me permitió fijarme bien en sus manos; desde luego, no se dedicaba a ninguna labor manual. A punto estuve de soltar las típicas simplezas sobre el tiempo, las prisas, los agobios o asuntos similares que sirven para iniciar una conversación; pero iba a bajar enseguida y… Y aquélla fue, precisamente, la última vez que vi a Gonzalo; después no he vuelto a saber de él, excepto la otra tarde, en casa de Emma.

Mientras Emma atendía por teléfono a la pesada de su madre, yo me entretuve ojeando unos libros, y curiosamente, entre las páginas de uno de ellos, descubrí una cartela con un poema de amor, escrito con una excelente caligrafía. La curiosidad me pudo y empecé a leerlo; pero enseguida me detuve, pues sentí que estaba invadiendo una intimidad que no me pertenecía. No obstante, cuando Emma colgó el teléfono, aún me atreví a preguntarle al tiempo que le llenaba el vaso:

-¿Y qué?, ¿hay, últimamente, algún romeo cerca?

-No, pero… hace unas semanas me visitó un hombre que me hizo muy feliz.

El morbo me devoraba toda entera. Y en la medida en que Emma me describía físicamente a su hombre, yo más aturdida me encontraba.

-Pero…; pero si es Gonzalo, ¡Dios mío!, mi Gonzalo –solté de pronto y sin poderme contener.

-¿Tu Gonzalo?

Y me vi, claro, obligada a explicarle, en pocas palabras, mi relación con él. Tras lo cual, insistí: ¡Pero dime, cómo se presentó, qué te dijo, cuéntamelo todo, por favor…!

Y Emma, atendiendo a mis súplicas, continuó amablemente su relato:

El portal debía de estar abierto, el caso es que llamó directamente a la puerta de casa y yo abrí sin preguntar, creyendo que era Luna, la vecina de arriba, habíamos quedado en que bajaría sobre las diez.

–Buenos días –me dijo con melodiosa voz, y al segundo se quitó el sombrero y se lo llevó al corazón–. Me llamo Julio Villaespín, escribo versos y con todos mis respetos, señora, he traído este sencillo poema para que su esposo no olvide lo hermosa que está usted hoy –y me entregó un bonito sobre marmolado que yo cogí de inmediato y sin saber muy bien por qué.

Pero como yo no acababa de salir del asombro y tampoco me atrevía a sacar el poema del sobre, añadió con una afable sonrisa:

–Puede leerlo, si lo desea.

No quise decirle que estaba separada y que mi exmarido, ni por equivocación, habría tenido la ocurrencia de leer un poema y menos para recordarme a mí, así que me limité a leer aquellos versos en voz baja, versos que, por cierto, parecían escritos especialmente para mí.

–¿Le han gustado?

–Sí, son muy bonitos.

–No sabe cuánto me alegro. Y ahora, señora –e hizo una breve pausa y luego lanzó un suspiro, que sonó entre lamento y disculpa–, le llegó la hora al cuerpo. Si usted no ha memorizado los versos, aún está a tiempo de guardarlos en su corazón, y tan sólo… por la modesta cantidad de un par de euros.

–Ah… Sí, claro.

Le entregué un billete de cinco y le dije que se quedara con las vueltas. Él lo rehusó, pero como insistí, enseguida cambió de parecer. Me dio las gracias y, antes de marcharse, me regaló aquella cajita violeta, la que está a la derecha del cenicero blanco de porcelana… Y ya no lo he vuelto a ver más.

Después de escuchar a Emma con los cinco sentidos bien abiertos, no pude resistir la tentación de levantarme del sofá y coger aquella cajita. Cuando la sostenía entre las manos, con evidente intención de abrirla, Emma me sorprendió nuevamente:

–¡No! No lo hagas.

–¿Por qué? ¿Contiene algún secreto, algo que yo no pueda conocer?

–No es eso, boba.

–¿Entonces…?

–En su interior sólo hay esperanza. Al menos, es lo que me dijo… Si la abres, la esperanza desaparecerá.

De repente, como si estuviera pasando un ángel, se produjo un silencio profundo y sereno. Emma y yo nos miramos en completa complicidad… y, antes de juntar nuestros vasos en un suave brindis, yo pronuncié aquellas palabras que, a modo de epitafio, están labradas en la tumba del también poeta William Rolthkey: “A la memoria del poeta desconocido, que desapareció en acto de servicio. Sus versos no le olvidan”.

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1 Kommentare

  1. empar landete bermell dicen

    Muy lindo Luis, es un relato que te hace pensar sobre los demás , en esta vida tan ajetreada que llevamos .
    Me ha encantado, no pares de escribir estos bonitos relatos, que podrían ser la base de un buen guión de cine, o incluso un buen libro.

    un abrazo amigo

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