El Petardo, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 68, Opinión
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El frío llama a tu puerta

Por Paco Cisterna / Ilustración: El Petardo. Viernes, 20 de enero 2017

Paco Cisterna

El frío toma cuerpo en muchos cuentos clásicos como un elemento dramático que no augura un final feliz. Escarcha, nieve, hielo, anuncian desenlaces conmovedores…, cerilleras que gastan su último fósforo en un intento baldío por sobrevivir en una sociedad indiferente antes de morir congeladas en plena calle; niños harapientos que pasean sus pies semidescalzos por el hielo y sus ojos hambrientos por los escaparates navideños de las confiterías; temporales de nieve que se abaten sobre los hogares menos favorecidos, donde algún enfermo transita, sudoroso, entre la pulmonía y el más allá… Todo esto, que parece venir de otro siglo, de una época decimonónica que creíamos superada, se agolpa en las fronteras de la vieja Europa y en el patio interior de Occidente como un escalofrío que hiela nuestras conciencias ciudadanas. Conciencias a salvo de los camposantos de cartón ondulado, bajo los que tiritan miles de almas sin anticongelante –un disparate que los hombres no lleven de serie lo que nos hemos preocupado que traigan todos los coches–. Así, en pleno auge de la tecnología y de la ciencia, las personas siguen muriéndose de frío en horario de máxima audiencia; posiblemente, para que apreciemos mejor el calor hogareño que disfrutan quienes pueden pagar el kw/h a precio de caviar. Créanme, se aproxima una época en la que ya no envidiaremos al vecino por los caballos fiscales de su coche, sino por el número de estufas que conecte en paralelo por habitación; una época carente de vitrocerámicas en la que hornear un pollo será un acto gastronómico solo al alcance de Amancio Ortega. Las tarifas eléctricas, que suben unos 10 euros al mes, dejan en ridículo las pensiones, que solo lo hacen un mísero euro; es decir, la subida anual se agota con la primera mensualidad energética. A quien Rajoy se la da, las eléctricas se lo quitan.

Investigaciones al margen –¡madre mía, soy tan iluso como la OCU!–, los contadores de la luz se han convertido en taxímetros que avanzan hacia nuestra ruina y de los que es preferible no tener conocimiento, si no queremos padecer del hígado con cada caloría consumida. Poner el brasero a las 10 de la noche puede ser motivo de discordia en muchos hogares españoles, e incluso causa de divorcio por dilapidación del patrimonio ganancial. Y si por casualidad nos creyésemos desgraciados con tanto penar de vatio en vatio, ahí están esas imágenes escalofriantes de afganos que se bautizan en púdicos calzoncillos, a 15 grados bajo cero, con cazos de agua caliente; y no para lavarse los pecados, sino la mugre de un viaje incierto que les prometía libertad y seguridad y les ha condenado a un frío tan atroz que haría tiritar a los mismísimos osos polares.

Pero no todo son desgracias, refugiados y pobrezas energéticas o estados carenciales de subsistencia; también existen, queridos lectores, cuentos navideños en los que el frío es un elemento decorativo, un plus al bienestar de la chimenea repleta de troncos, un canto a las nieves en polvo, a las pistas de esquí, a los braseros calentitos, a las calefacciones centrales, a los baños repletos de toalleros eléctricos, a las estancias en Candanchú o Baqueira para pasar frío por deporte y luego sentir el calor abrasador y reconfortante de las estufas del hotel, que podrían calentar una manzana de casas azotadas por la pobreza energética, que nunca viene sola. ¡Qué maravilla esas ventanas acorazadas que no dejan pasar ni una pizca de frío, esos suelos radiantes como las novias blancas, que nos permiten pisar descalzos sin acabar con una pulmonía!, ¡qué envidia esas familias en ropa deportiva que no conocen las mantas zamoranas!, ¡qué envidia dormir a pierna suelta, sin preocuparte si la parienta tira más de la cuenta del puñetero edredón y amaneces con el trasero al aire, como anticipo de lo que nos espera con la próxima subida de tarifas!

En mis calenturientas elucubraciones, demagógicas y populistas, producto del principio de congelación que me agarrota la mente y el entendimiento, vislumbro un frío para pobres y un frío para ricos. Un frío cochambroso y harapiento que nos hace padecer porque no podemos combatirlo a base de talonario, un frío que nos asalta en la oscuridad llena de mantas o en la intimidad de la ducha fría, y un frío antitético, un frío de alta costura que nos invita a estrenar abrigos de visón, a revolcarnos por la nieve en polvo o en el polvo de nieve, un frío que nos hace abrir las ventanas de par en par porque tenemos la central nuclear doméstica a pleno rendimiento. Sálvese quien pueda, páguelo el que tenga.

Y en mi pueblecito de Levante, agarrado a la margen derecha del Segura, a cero grados, no han abierto ni los bares.

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@petardohuelva

2 Kommentare

  1. Jorge Alaminos dicen

    Precioso y certero artículo, amigo Paco. ¡Chapeau!.
    Jorge

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