Francisco Saura, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 68, Opinión
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Esa terrible frialdad social

Por Francisco Saura / Ilustración: Luis Sánchez. Viernes, 20 de enero de 2017

@pacosaura2

Al capitalismo no le importa que sus productos se pudran. Cualquiera de ellos. La leche, el vino o las largas colas de refugiados que sobreviven en las islas griegas o deambulan sin destino por las llanuras de Europa. Para el capitalismo la gente forma parte del producto final, no es un cuerpo, un corazón, la naturaleza que mantiene la memoria colectiva de su especie y que la hace digna y radicalmente depositaria del respeto. La persona solo tiene su fuerza de trabajo, y esta aporta un valor decreciente, tendiendo a cero, a todo lo que da dinero en el mercado. Pero el trabajo tiene los días contados, tiende también a ser marginal. La fuerza de trabajo será sustituida por la máquina en un proceso que se inició en la Primera Revolución Industrial. Se acaba también la fábrica como centro de trabajo, y el papel de los sindicatos e incluso el proletariado entendido en un sentido amplio. Queda la terrible frialdad de las islas griegas en invierno, la lluvia, el barro, las caravanas detenidas por los cercados nacionales. Ya no habrá carreras para ser los primeros en llegar a la tierra prometida, ni épica, ni individuos que apoyen a las colectividades oprimidas. Los mercados autorregulados no creen en las lágrimas, solo en el capital financiero y su capacidad de inflarse como un globo hasta que un estado o capricho, lo pinche. Entonces se buscarán culpables, y lo serán los estados proteccionistas, los populistas, todas aquellas personas u organizaciones privadas o públicas que sostengan que dejar el gallinero a cargo de la zorra es una locura. La autorregulación de los mercados es el libro sagrado de mucha gente: de las élites económicas y de sus sirvientes, que son una nueva clase social poderosa que defiende que la economía es una ciencia que vive en una dimensión no humana, con  leyes que determinan inexorablemente los actos y las pretensiones de las personas. Una nueva clase social que presta servicios onerosos a sus patronos, que leen, escriben y pontifican anunciando el final de la historia, que es lo mismo que decir el final del género humano como sujeto de su destino. Este tipo de gente será feliz con sus viajes continuos, sus conferencias y difusión de sus opiniones pero no dejan de rendir vasallaje a las élites.

La Unión Europea arde a fuego lento en un infierno gélido. El alma que agita los vientos que soplan en sus llanuras y cadenas montañosas poco tienen que ver que sus principios fundacionales, y la gente que espera a sus puertas, en Turquía, en Grecia, en los Balcanes, en El Tarajal poco saben de ese monstruo que los corroe, que deja en papel mojado los derechos humanos, que concede que en la concepción de la sacralidad de la Humanidad como individualidad y como totalidad puede haber excepciones que se acumulen en lo grandes cementerios bajo la luna de las fronteras interiores y exteriores. Los gobernantes europeos miran para otra parte cuando la nieve cae sobre los refugiados, algunos de ellos en chancletas. La lluvia, el barro, los rostros ateridos, el llanto del bebé en una tienda o barraca, la desesperación de los padres ante la fiebre alta de uno de sus hijas, es una molestia en la sociedad globalizada de la información. Imágenes que se pueden reproducir millones de veces en televisión, en la prensa digital, en las redes sociales para que se pueda decir que vivimos en sociedades libres que no esconden sus vergüenzas. En definitiva, la hipocresía como forma de vida, y tal vez de supervivencia.

Sorprende el contraste entre la unanimidad de los medios de comunicación en censurar lo que está ocurriendo en las fronteras europeas y las vacuas declaraciones institucionales de nuestros gobernantes. En realidad, para las élites financieras y para los fideicomisos que maximizan sus activos desde la sumisión de los gobiernos, esa inmensa mancha que oscurece la nieve, que se mueve para no morir congelada, que no tiene el suficiente empuje para derribar las murallas de la hipocresía universal del mundo opulento, es un estorbo prescindible y una molestia interna en tiempos de mudanza. La violencia social sobre la que se está edificando la sociedad futura sería inmanejable si toda esa gente se colara e invadiera, como nuevos bárbaros que emulan a los del mundo tardorromano, las inmensas extensiones de Europa. Que se pudran pues fuera de la Unión Europea. No es necesario su trabajo y su existencia dentro de las fronteras internas dificultaría la domesticación, emprendida por los mercados autorregulados y sus secuaces, de los europeos de cuna y cultura. En la Europa  de una frialdad social terrible no son ni queridos ni acogidos a ese tipo de caridad que convierte a la persona en un ser inferior, y que tanto gusta a la derecha europea y, especialmente, patria.

Vivir en Europa es como vivir en un sueño inducido por alucinógenos. Tal vez nunca despertemos y sigamos creyendo eternamente que somos gente diferente, imbuidos por altos valores morales. O tal vez despertemos del sueño e invoquemos la llegada de los bárbaros. Quién sabe…

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Luis Sánchez

Luis Sánchez

 

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