Alaminos, Humor Gráfico, Número 67, Opinión, Xavier Latorre
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El pisito

Por Xavier Latorre / Ilustración: Jorge Alaminos. Viernes, 6 de enero de 2017

Xavier Latorre

Tiene 47 años y en su país la esperanza de vida no alcanza los 50 años. Eso a él le trae sin cuidado: podrá tratarse de cualquier cosa en el mejor hospital del mundo. Solo una de sus posesiones repartidas por varios países, como es la casa de Malibú en la costa californiana, le costó más de 30 millones de dólares. La mayoría de sus compatriotas, 1,2 millones de personas, viven, malviven, con menos de 25 dólares al año, unos dos euros diarios. La mansión seguramente la pagaron ellos sin saberlo.

El país es de los más ricos de África gracias a sus reservas petroleras; sin embargo, muchos habitantes de aquella pequeña porción de tierra no tienen siquiera agua potable. Teodorín Obiang se lava las manos, cuando reside en su piso de París, con una grifería de oro. Dicen que el ahora vicepresidente de Guinea Ecuatorial, un diminuto país que dirige a su antojo su padre, el sanguinario dictador Obiang Nguema, se hace traer a su peluquero de Brasil en su Jet Gulfstream para que le retoque los cuatro pelos que coronan su testa. ¡Habladurías!

Ese piso ha sido investigado por la justicia francesa, a propósito de un juicio por malversación de fondos públicos, blanqueo de capitales y corrupción que acaba de quedar aplazado hasta junio. La policía que le seguía la pista tardó nueve días en inventariar todo el continente del dichoso pisito parisino de 105 habitaciones, junto al Arco de Triunfo, que costó más de cien millones de euros. Un pago que hizo efectivo cuando tenía “tan solo” un sueldo estándar como ministro de Bosques del país que tutela esa familia de sátrapas tras un golpe de estado perpetrado en 1969. Pasear por Malabo es como viajar a través del tiempo a muchas décadas atrás. Allí te das de bruces con una geografía de barrios insalubres, vertederos descontrolados, riesgos de enfermedad erradicadas ya en muchos países y tristeza infinita en sus gentes. El petróleo lo mancha todo. Los potentados americanos hacen sus negocios a pie de helicópteros. El país ha llevado a cabo la construcción de algunas infraestructuras, pero ha sido un lavado de cara; incluso en esa obra pública los políticos adictos al régimen han vuelto a sacar tajada.

Guinea Ecuatorial no invierte en sus gentes, ¡faltaría más! Muchas ONG españolas, muchos misioneros españoles (algunos salesianos) le sacan las castañas del fuego a esos tiranos y desalmados criminales; les hacen el trabajo sucio. Epidemias, desinformación, opresión… todo es lícito. Sus gentes deambulan por Bata, en el continente, resignadas, humilladas, con un miedo atroz a que algún poderoso se le antoje algo de lo poco que tienen.

Teodorín guarda 64 pares de zapatos de supermarcas en París para las tres o cuatro veces que visita la capital francesa al año. A finales del pasado año, las autoridades suizas le confiscaron un yate de 67 metros de eslora. El departamento de Justicia de los Estados Unidos también investigó hace un tiempo a su padre, junto a Pinochet, en el caso Riggs por tener cuentas secretas en esa entidad.

Teodorín tenía aparcados en su casa de París veinte vehículos de gama exclusiva, como un Bugatti que lleva su nombre y que algunos le calculan un precio de más de un millón de euros. Equivale al sueldo anual de 40.000 ciudadanos de su país que no pueden siquiera expresarse en voz alta. Ahora, la vista judicial ha sido aplazada a petición de sus abogados que lo defienden diciendo que “sufre una necesidad compulsiva de comprar cosas”. De risa. Acostumbrado a tenerlo todo de pequeño, Teodorín ha conseguido que cada día le visiten sus majestades los Reyes Magos. En España se considera un país amigo y Rajoy les visitó hace un par de años. Con él no hay remilgos, ni precauciones, ni condenas a la mínima oportunidad. Guinea no es Venezuela; Obiang no es Maduro. Una pena, mejor una condena, ser de Guinea y una vergüenza ser de la hipócrita España.

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