El Petardo, Humor Gráfico, Número 67, Víctor J. Maicas
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El neoliberalismo y la fábula de la hormiga y la cigarra

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: El Petardo. Lunes, 9 de enero de 2017

Victor J. Maicas

Hace mucho, mucho tiempo… o bueno, quizá no demasiado, puesto que esta fábula me la contaban en el colegio y a fin de cuentas todavía no hace tanto que he cumplido los cincuenta, el maestro nos recomendaba que debíamos ser, para así llegar a convertirnos en ciudadanos de provecho, como  las hormiguitas, esos pequeños y trabajadores seres vivos que guardan durante el verano para no pasar penalidades a lo largo del invierno. Sí, debíamos ser como las trabajadoras hormigas y no como la cigarra, ese “bicho” que se pasa el verano de juerga en juerga sin parar de cantar y sin apenas dar un palo al agua.

¡Pero ojo!, el motivo de comportarnos como la hormiga no era por puro capricho ni por ansias de fastidiar, sino que la moraleja consistía en que sólo trabajando y ahorrando conseguiríamos tener una vida digna y sin apenas apuros de tipo económico. Porque de lo contrario, es decir, si tomábamos el ejemplo de la cigarra, es posible que viviésemos a cuerpo de rey durante un tiempo, pero en cuanto las cosas se pusiesen feas, nuestro énfasis por la vida fácil nos conduciría a un callejón sin salida, ya que según la fábula, sólo trabajando duramente y con gran esfuerzo se consigue tener una despensa bien repleta para pasar sin apuros el duro invierno.

Pero hete aquí que, unos cuarenta años después, el neoliberalismo ha conseguido por “arte de magia” darle la vuelta a la tortilla. A día de hoy ya no son las trabajadoras hormigas las que gracias a su esfuerzo tienen su vida asegurada, sino esas cigarras que se pasan la vida cantando y que, con muy poco esfuerzo, son capaces de llenar su despensa sin ningún tipo de problemas. Porque hoy en día, para tener la despensa bien repleta, ya no se prima el esfuerzo del trabajo, ese que es capaz de hacer el albañil, el maestro, el electricista, el médico o el agricultor, sino que para ganar grandes cantidades de dinero lo que hay que hacer no es pasarse ocho, nueve o diez horas produciendo algo tangible y provechoso para toda la sociedad, puesto que lo primordial es tener los suficientes “contactos” para poder especular en los mercados o, en su defecto, ser lo suficientemente espabilado para así convertirse en político de altos vuelos, en consejero delegado de una gran multinacional o en director financiero internacional de… vete tú a saber (con tener los suficientes contactos, igual da el nombre rimbombante que le des al cargo). ¡Ah!, y si la cosa se pone fea aún con los miles de millones que ya han ganado, no hay problema, pues con ese intento de meter mano a los depósitos de los pequeños ahorradores como pretendieron hacer en Chipre, le han demostrado a la hormiga que, si en mitad del invierno están necesitados, las cigarras entrarán sin ningún miramiento en los hormigueros para llevarse todo aquello que les venga en gana.

Sí, por desgracia, cada día que pasa se nos cae algún mito, y a día de hoy el último en caer ha sido esa pobre hormiguita que nos representa al 98% de la población mundial. Pero no desesperen aunque hayamos tocado fondo, puesto que después de caer el príncipe azul al convertirse en rana, de entronizar a los cuarenta ladrones en detrimento de Alí Babá, y de retroceder en el tiempo hasta la Edad Media para dar el mando mundial al Sheriff de Nottingham sin que Robín Hood haya podido hacer nada, posiblemente aún nos queda la esperanza de que aquella irónica y vieja canción de Paco Ibáñez inspirada en un poema del genial José Agustín Goytisolo tome vida, pero, evidentemente, con un final feliz para que así aquel lobito bueno, la bruja hermosa y el pirata honrado consigan por fin tomar el poder para que todas las hormiguitas del mundo puedan vivir del fruto de su trabajo sin que las poderosas cigarras metan mano en su despensa.

Aunque bien pensado, y a pesar de la fábula que nos contaban en nuestra niñez, el mundo siempre ha sido así, por lo que los cuentos están muy bien para subir la moral de los de abajo o quizá para tenerlos engañados durante mucho tiempo, razón por la cual lo que deberían por fin hacer las esforzadas hormiguitas es unirse de una vez por todas para demostrarle a las cigarras que si ellas son unos cuantos miles, las hormigas por su parte son miles de millones.

Sí, así es, ¡somos miles de millones en todo el mundo!

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