Cipriano Torres, El Petardo, Humor Gráfico, Jorge Alaminos, Número 68, Opinión
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El frío

Por Cipriano Torres / Viñeta: El Petardo y J. Alaminos. Viernes, 20 de enero de 2017

@CiprianoTorres

Yo no sé qué hay que hacer. Pero hay que hacer algo. No soy experto en migraciones masivas, en refugiados que huyen de las guerras que ellos padecen pero no han provocado, como sus países, machacados unas veces con una potencia militar tan desbocada como la grandilocuencia de la verborrea que la justifica. Yo no sé si el que lee esto sabe cómo solucionar la desbandada de personas que abandonan sus casas, su tierra, su profesión, su familia, y se aventuran en una empresa que les puede costar la vida. Quizá haya lectores que sepan arreglar estos dramas. El de la salida del país al que perteneces, y el de la llegada a un territorio que desde el segundo uno te es hostil. Yo no lo sé. Yo no sé, como sí sabe, hasta defenderlo en el púlpito del templo, un hombre de dios, un hombre de compasión, caritativo y cristiano por la gracia de la fe, como Antonio Cañizares, que de la turba que llega advierte de que no todos son trigo limpio. El gran ignorante Donald Trump, elevado hoy a una categoría que le sobrepasa y nos pisoteará a todos, va más allá y sabe que todos los refugiados son terroristas, joder, ¿o es que no lo veis? Es posible que sea así. Es posible que este demente peligroso lleve razón. Pero incluso así, sin saber cuánto trigo sucio llega, y pensando que alguno se colará, igual que aquí se nos cuelan semillas podridas –véase el propio Cañizares– no sé qué hacer.

Yo no sé si habría que bombardear, más, hasta arrasar los países de donde salen, como putas ratas cobardes y nenazas, para aplastar desde la raíz el delirio de mejorar sus vidas en vez de aguantar como jabatos la lluvia de bombas con logotipos de países occidentales que brindan con champán caro por la pujanza de sus empresas armamentísticas, no entiendo cómo no son capaces de soportar con estoicismo la destrucción de sus casas, con alegre responsabilidad el que sus críos no vayan a la escuela, con resignación y entereza la falta de hospitales. No sé si habría que serrarles el cuello en cuanto ponen sus asquerosas pezuñas en nuestro venturoso, libre, higiénico y confortable mundo, no lo sé, no sé si, ya que están ahí los muy jodíos, y antes de enviarlos de vuelta por donde han venido, echar con ellos unas risas obligándolos a que nos cuenten, mirando a cámara, incluyendo a los niños, sus divertidas historias de aventureros que lo dejan todo para conocer nuevos países, costumbres, y luego, cuando están a punto de comerse nuestros caramelos, quitarnos nuestros trabajos, y follarse a nuestras mujeres, hala, a la puta calle, al camino de vuelta. No sé, la verdad, no sé si habrá que hacer eso. O quizá cosas peores.

No sé si habrá que poner zancadillas hasta tirarlos al suelo y patear a papás con sus niñas en brazos para ayudar a la policía en su captura como se cazan alimañas como hizo la reportera  húngara Petra Làszlò en la frontera sur de Hungría con Serbia, no lo sé, reportera que ahora, hace unos días, ha sido declarada por un tribunal de su país culpable y condenada a tres años de libertad vigilada. La cadena para la que trabajaba la ha despedido para guardar las apariencias, cadena que fomenta justo lo que la reportera defendió con sus coces de mula, un ultranacionalismo en el que no cabe nadie que no sea húngaro alentado por un Gobierno demente que estampa la xenofobia, el rechazo al otro y la simpleza emocional y primaria como potentes motores de activismo político. Pura derecha ultraconservadora. Ni un solo refugiado en Hungría, decía ufano el primer ministro húngaro ante una Europa catatónica. Y así ha sido. No sé si esa es la solución. No lo sé. Pero estos días empieza a verse el final. Y hasta yo, inexperto en migraciones masivas y estampidas de gente que huye de la guerra, del hambre, de la enfermedad y el miedo, mujeres, hombres y niños que piden en las puertas de Europa refugio para vivir con cierta decencia, tengo como iluminaciones de la solución final. Creo que Europa, el Consejo de Europa, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y su puta madre también intuyen algo de eso. Sólo hay que ver las imágenes que nos llegan de Grecia, de Bulgaria, o de los campos de refugiados de Serbia, con temperaturas que sobrepasan los 10 ó 15 grados bajo cero. Una maravilla. Ya han empezado a morir. Helados. Ni los mejores sueños de nuestros representantes políticos contemplaban que la solución final llegaría de la mano del frío.

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