Antonio Penadés, Internacional
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Conversación con los refugiados sirios

Refugiados sirios esperan una respuesta en la frontera griega.

Por Antonio Penadés. Foto: Reuters. Sábado, 28 de enero de 2017

Internacional

El planeta está viviendo la mayor y peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial: tras abandonar sus hogares, 60 millones de personas vagan en condiciones muy duras para salvar su vida. Sólo algunos consiguen alcanzar Europa por mediación de mafias que regulan un infame tráfico de seres humanos, y nuestra sociedad, mientras tanto, sigue anestesiada ante las imágenes que nos brindan los medios de comunicación y las vacuas explicaciones de los políticos.

Empujado por esta inquietud me trasladé en otoño a Macedonia, la región del norte de Grecia, para conocer de primera mano la situación de los refugiados sirios. Estuve en la estación ferroviaria de Idomeni, en la frontera con la exRepública Yugoslava de Macedonia, en torno a la que malvivían hasta el pasado verano 50.000 personas que trataban de alcanzar el centro de Europa. Ya no queda nadie allí pero el lugar sigue impresionando. Pude hablar con un matrimonio con dos hijos que viven tendidos sobre colchonetas en un patio cubierto de la comisaría de policía y también con varias familias que la oenegé sueca Lighthouse Relief realojó en Goumenissa, precioso pueblo de las montañas macedonias.

Ante la perspectiva de que las fronteras de los países que lindan con Grecia sigan cerradas siguiendo instrucciones de Alemania, las autoridades griegas decidieron realojar a estas personas en fábricas abandonadas de la región de Macedonia: Cherso, Polykastro, Kavala, Drama, Kozani y otras cercanas a Tesalónica. Una decisión que supone un paso atrás en el trayecto de los refugiados pero que no deja de ser acertada dadas las lamentables condiciones de salubridad e higiene que había en el caótico campamento de Idomeni.

Me dirigí entonces a los centros de Kavala y de Drama, y fue aquí donde tuve ocasión de conocer bien la situación de los refugiados. Estuve con cientos de hombres, mujeres y niños como los que podemos encontrar en cualquier ciudad española. Gente civilizada, trabajadora y, en muchos casos, culta. Todos ellos con una historia trágica a sus espaldas pero con una dignidad apabullante. Ya no están a la intemperie ni conviven con el barro; tampoco pasan hambre, lo que supone un gran avance, pero su perspectiva vital sigue siendo nula.

En el centro de Drama hablé con funcionarios de Acnur y con una trabajadora social que atiende a los refugiados. Tienen comida e instrumentos para cocinar, duchas y máquinas para lavar la ropa. Con tableros, vallas y lonas han dispuesto espacios de una cierta intimidad para cada una de las familias, lo que les acerca a la ilusión de disponer de una casa. Pero desde luego no es una situación aceptable. En cualquier momento pueden llegar nuevas familias que aumenten las incomodidades, y ahora, con la llegada del invierno, el frío de las montañas invade las desangeladas naves.

Lo más enriquecedor de la visita fue la larga conversación que tuve con Oday, un joven kurdo de poco más de 20 años. Una de esas personas que sorprenden por su amabilidad y su sensibilidad, valores que destacan con fuerza en un entorno tan adverso. Oday dejó atrás su casa de Alepo, donde vivía con sus padres, y recorrió Turquía sorteando un sinfín de obstáculos hasta llegar a Esmirna. Allí pagó unos 1.500 euros a los mafiosos para subirse a una lancha que le dejaría en la costa este de Quíos, donde lo recogió la policía griega para ser conducido en barco hasta el continente. Una odisea que ha supuesto la muerte a muchos de sus compatriotas.

Conversar con Oday fue una experiencia estremecedora y a la vez maravillosa. Se desenvolvía en un inglés perfecto, hablaba con toda naturalidad y mostraba un nivel cultural elevado. Trataba los asuntos de la guerra y de la política internacional con profundidad y con enorme acierto. Siendo perfectamente consciente de la complejidad del conflicto y de las difíciles perspectivas que la vida le brinda, respondía a veces con ironía, a veces con frustración, y casi siempre con una sonrisa franca. Pero lo que más me sorprendió fue que en hora y media de conversación no emitió la más mínima manifestación de resentimiento.

Oday contestaba mis preguntas con serenidad y con una madurez sorprendente, creando de inmediato un clima de complicidad. Afirmó que el presidente sirio Bashar al-Ásad le merece todos los reproches, pero ante la amenaza de caer en manos del Daesh la única posibilidad de futuro que le queda a su país pasa por la victoria del bando gubernamental. Sabe que aún queda mucho para que termine la guerra y le preocupan sus familiares y amigos que continúan en Alepo: lo peor, se lamentó, está en la generación de niños que viven y sufren esta situación.

Cuando le pregunté por la educación que reciben los chicos del centro de refugiados, que son más de la mitad del total, apuntó que algunos maestros les dan clases pero el problema es que imparten las lecciones en griego. Ellos, los sirios, están allí de paso, añadió Oday, y el idioma que desean aprender es el inglés o el alemán. Ambos nos cuestionamos por qué no hay muchas más oenegés volcadas en esta tragedia humanitaria, por qué la cooperación internacional no da prioridad absoluta a estos millones de personas que huyen de la guerra y que necesitan techo, comida y servicios educativos y sanitarios decentes.

La conversación siguió su camino mientras Oday me mostraba cada uno de los rincones del centro y me presentaba a todo aquel que se acercaba a nosotros, sobre todo niños que nos invitaban a jugar. Sus palabras continuaron mostrando su extrema sensatez, como cuando lamentó que los políticos europeos no actúan porque saben que de este asunto jamás obtendrán réditos electorales. La Merkel hizo un intento y echó marcha atrás en cuanto vio el resultado adverso en las encuestas. Ante la falta de gestión pública, los traficantes de seres humanos ocupan ese espacio.

La despedida en la puerta de la nave fue muy emotiva, siendo un fuerte apretón de manos y una fotografía lo último que me llevé de Oday. Durante los siguientes días procesé todas aquellas imágenes, reflexiones e interrogantes, alcanzando una sola certeza: como pueblo civilizado que se supone que somos debemos cumplir con la legislación internacional que protege a quienes huyen de la muerte, en especial la Convención de Ginebra que en 1951 aprobó el Estatuto de los Refugiados. A estas personas se les debería conceder visados temporales para entrar en la UE según la población y capacidad de cada uno de los países, regresando a sus ciudades cuando estén en disposición de hacerlo.

Es esta una situación difícil, en especial por el efecto llamada que provocaría, pero precisamente por eso tendría que ser gestionada por técnicos especializados. La peor opción es no hacer nada, eso sí resulta destructivo. La cooperación internacional, mientras tanto, debería dedicar todos sus recursos a atender a estas personas.

Los políticos europeos están utilizando un discurso cómodo para ellos y para nosotros, los ciudadanos: se desentienden del asunto y esperan que las imágenes que nos llegan dejen de surtir efecto. Al mismo tiempo, atizar el miedo al extranjero les sirve para ocultar su incapacidad para gestionar una situación que les supera. La consecuencia es la ausencia de regulación pública y que, por tanto, sean los mafiosos, los traficantes de seres indefensos, quienes manejen los hilos y redondeen su negocio a costa del sufrimiento ajeno. Algún político ha llegado a sugerir que hay terroristas entre los que pretenden entrar en nuestras fronteras, y con esto abandonan del todo la responsabilidad moral de preocuparse por los refugiados. Una gestión pública controlada y adecuada sería precisamente el mejor antídoto para el terrorismo, ya que esta situación indigna e injusta que está padeciendo toda una generación de niños y de jóvenes puede ser un incentivo para su radicalización.

Varios cientos de miles de españoles pasaron por esta misma situación 80 años atrás. Huían del horror de la guerra civil y llegaron maltrechos a Francia, donde fueron recluidos en campos de internamiento y tratados en condiciones denigrantes. Recuperar en la memoria este episodio de nuestra historia reciente nos ayudaría a analizar la situación actual con mayor justicia y a obrar con algo de acierto.

*Antonio Penadés en escritor y presidente de Acción Cívica (www.accion-civica.org)

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Antonio Penadés

5 Kommentare

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  4. Amalia Rodriguez Pareja dicen

    Es magnífico este artículo. ..Verdad, valentía, denuncia, claridad en la exposición de todas las caras del problema y…tanta ternura en ese conmovedor “retrato de Oday…El otro día en un Informe Semanal hablaron del negocio bimillorarío del tráfico de refugiados y de todos los sectores implicados de las ALTAS ESFERAS.

  5. Gotzone Mora dicen

    Mi padre, despues de pasar un tiempo en las cárceles españolas por haber sido condenado a muerte por el fascismo franquista, huyó a Francia donde, en la frontera, despues de quitarle hasta el reloj le condujeron a los campos de internamiento en una playa cercana a Cabreton. Lo que pasó en aquel lugar lo recordó con mucho dolor hasta el día de su muerte.

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