Francisco Saura, Número 67, Opinión
Deje un comentario

Clara

Por Francisco Saura 

Francisco Saura

Aquel lunes por la mañana Clara contempló por última vez la fotografía de Adrián. Su corazón le decía que no volvería a verlo, que todo había acabado con el último plato hecho añicos en el suelo de la cocina. Se meció el cabello, y miró al vacío de su pasado. Lejos, muy lejos, en el fondo de su infancia aún brillaba una vela de contornos imprecisos, una luz a la que se agarraba fuertemente cuando paseaba por los jardines de la ciudad, una voz grave que saludaba a los vecinos del barrio cuando éstos se dirigían a una niña de piel blanca y cabellos castaños, y le sonreían con dulzura.

–¿Cómo se llama esta niña tan preciosa? –preguntaban con la boca llena de deseos de agradar.

–Clara –respondía un padre sonriente, para luego añadir: pero no se llama así por Santa Clara.

–¿Ah no? –musitaban ellos con el desconcierto revoloteando entre los sauces del lugar.

—No, se llama así por Clara Campoamor.

La niña no entendía nada. ¿Quién era Santa Clara? ¿y Clara Campoamor? ¿y qué tenía ella que ver con aquellas dos mujeres que no aparecían en los libros de segundo de primaria? Ella era feliz con la perra Lucy, con el barco de papel de su amiga Ana y con los cuentos que le leía su madre todas las noches, antes del beso de buenas noches y de la oscuridad poblada de sombras de la habitación.

Con los años, el desconcierto ante las palabras de su padre devino en rubor. Él seguía con su cantinela sobre las dos Claras, la una santa y la otra carne y futuro. Conversaba con los vecinos, con los árboles y con el policía municipal que controlaba el tráfico a la salida del colegio.

¡Qué niña más bonita!

–Se llama Clara, por Clara Campoamor –repetía el padre a todo el que quería escucharle.

Una poeta, sin duda –pensaban unos–. La musa de Da Vinci, Goya o Modigliani –pensaban los otros–. Pero las lunas eran grandes, redondas, anaranjadas en la línea azul del mar, y Clara enrojecía, miraba a su padre de reojo y le insistía para que se marcharan.

A los catorce años la niña le espetó a su padre:

–No quiero ser como Clara Campoamor.

–Hija mía, ¿acaso quieres pudrirte en tu propia vida?

–No quiero luchar por nada ni por nadie. No quiero imitar a esa mujer que tú pareces idolatrar. Y no quiero que me vuelvas a avergonzar en público con tus tonterías de liberal trasnochado.

–Ella creía en la libertad, Clara. ¿Tú en qué crees?

Clara creía en el amor, en las estelas azules de las noches de Venecia, en su timidez y en la confianza que su padre era incapaz de ofrecerle, y que había encontrado, al menos eso pensaba ella, en los susurros de un muchacho que se enfrentaba al profesor de filosofía con el mismo desparpajo que se mofaba de los débiles y de los diferentes a él. Un día la muchacha dio un portazo y se marchó de casa. Diecisiete años o así tenía, muchas ideas en la cabeza sobre el futuro con Adrián, y muy poco dinero en el bolsillo. El humo del tabaco, los vasos de güisqui en el suelo, maría en el tejado del trastero oliendo el cielo mediterráneo y susurrando con el viento el rumor de los viajes. Clara recibió la primera bofetada, la que más le dolió por inesperada pero la que perdonó desde la quebrada de su corazón, un anochecer de abril. Jugaban con rayas de coca, cuál más larga y ramificada como la tinta de una estilográfica; jugaban a dominar el mundo con sus cuerpos desnudos y con sus mentes libres que sobrevolaban, como los petreles, las infinitas extensiones de un universo aprehensible con sólo una mirada de amor; jugaban a ser iguales y a ser diferentes en las arenas de las noches blancas del Báltico, jugaban al juego de la vida eterna comprimida en una botella, en un beso, en una caricia, en un deseo, en una imposición sugerida, en una negativa, en una obligación, en un forcejeo…

Clara no reaccionó al recibir en su rostro el impacto de una mano grande y dura. Miró a Adrián, leyó en el rostro del muchacho la decisión del que cree haber obrado correctamente. Leyó en sus manos, en la tensión de su cuerpo, en sus palabras insolentes cuajadas de tacos, que Adrián no era aquel don Quijote que había plantado cara al profesor de filosofía para defender a la clase de un despotismo intolerable. Era algo más, un ser humano como cualquier otro ser humano, capaz de infligir dolor a los demás.

La mañana se abrió fría y nublada. Clara sintió la humedad de un beso en su mejilla. Adrián la besaba en los deshilachados bordes del moratón de su rostro. Le pidió perdón.

–Ha sido el alcohol y la coca –se justificó–. Yo no soy de esos…, te quiero.

–Yo también –respondió ella mientras sugería con su cuerpo tierno un juego erótico de enigmáticos placeres.

Un hilo de miedo comenzó a habitar los sueños de Clara, un hilo que fue pudriendo los sentimientos benignos que alguna vez compartió con Adrián. Primero fue el aburrimiento provocado por los mismas rutinas a las mismas horas de los días que se hacían meses y años: el café de la mañana, la cerveza del mediodía, la comida servida en platos de porcelana que frecuentemente acababa destrozada en el parqué del suelo, los susurros de arrepentimiento y, a veces, las lágrimas recorriendo las mejillas de una muchacha destrozada por las contradicciones de su amado. Pronto el hilo de miedo se hizo cuerda gruesa y perpetua atenazando los deseos de Clara, pero ella seguía amándolo, a él que había alejado de sus pesadillas la alargada figura del profesor de filosofía que le hablaba de cosas incomprensibles para una niña que sólo quería jugar con muñecas, con barbies y con casitas de blancanieves. El lenguaje racional de la moral se fue diluyendo en un lenguaje de palabras soeces e injustas, la ética de Kant sirvió como betún para los zapatos de Adrián.

“No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. “No me pegues si no quieres que te peguen”. “No me violes si no quieres que te violen”.

Luego el silencio de la sumisión; luego el sufrimiento interiorizado como odio y, tal vez, como culpa propia por no haber sabido comprenderlo, por no ladrar como una perra en celo cuando el dios que habitaba las paredes de la casa volvía del trabajo, del duro trabajo de contable en una empresa inmobiliaria; luego los largos e inmisericordes interrogatorios sobre las horas estrechas y mancas pasadas en la casa, en la tienda, quizá en los brazos de algún amante mientras que él destrozaba su vida contando euros que siempre iban a los bolsillos de otros.

–Anoche soñé que me colocaban una pulsera de plástico en la muñeca con la leyenda “animal número 69”, como en Guantánamo.

–¿Por qué el número 69? –preguntó el psiquiatra.

–Adrián siempre dice que le gustaría vivir en un serrallo con 69 concubinas.

El psiquiatra no preguntó sobre la palabra animal, tampoco si esa persona que la consideraba un animal sabía que ella le visitaba buscando pastillas para dormir, para olvidar que todo lo que la rodeaba era real y que todas las esquinas de los muebles de la casa tenían alambres espinosos. Se limitaba a recetarle clonazepán, a mirar la hora en su reloj de pulsera y a esperar, con cara de cansancio, la llegada del siguiente paciente.

Un domingo por la mañana, Clara recibió una visita. El timbre de la puerta sonó una sola vez. La muchacha dormitaba en la cama, soñando cosas que sabía que eran imposibles, al menos en su mundo limitado y hostil. Adrián escribía en el ordenador mientras bebía café y rumiaba que no se merecía aquella vida perra junto a una mujer que no le comprendía y amaba lo suficiente. Sus mundos, constreñidos en aquellas paredes que parecían desplomarse sobre sus cuerpos, estaban en las antípodas de algo que asemejara a una idea común, a una esperanza que retoñara en dos corazones desbordados, uno por el sufrimiento y el otro por el odio más atroz. Clara soñaba, recostada en el manto de su niñez, con las grandes alamedas del pasado, con el beso de su madre en las noches de invierno y con el “libre te quiero” de García Calvo que le había leído su padre en incontables ocasiones. La muchacha musitaba las últimas estrofas del poema en el silencio de la habitación, en el espeso silencio del aire de la casa toda:

“Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra. / Pero no mía, / pero no mía, / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera”

–Clara –gritó Adrián–. Llaman a la puerta. Haz algo de provecho.

La muchacha se levantó pesadamente. Le dolía la cabeza, le dolía la voz y también la mirada de ver tanto alambre espinoso en la ventana, en la cortina, en el cristal del armario. Se miró en el espejo y no se gustó, pero no le dio importancia a tal constatación. Hacía años que se sentía fea y vieja, inútil e insignificante.

–Clara –oyó de nuevo la voz dura y omnipresente de Adrián–, ha venido el profesor de filosofía.

La soga se ciñó en su cuello. Se arrastró a trompicones por el pasillo, apoyándose en la pared, observando con melancolía los cuadros que reproducían bosques en el crepúsculo rojo del otoño.

–Clara, ha venido a ver el despojo humano en el que te has convertido.

La muchacha se encontró inesperadamente con el rostro del visitante, que la miraba con compasión, al menos eso pensó ella.

–¿Qué haces aquí, papa?

–He venido a ver a mi hija. No sé nada de ella desde hace dos años. Quiero preguntarle cómo la ha tratado la vida.

–¿Tu hija? Papá, ya no soy tuya.

–¿Eres libre por fin, Clara?

–No papá, no soy esa Clara que vivió en el siglo XX y consiguió el voto para la mujer.

–Nunca quise que fueses ella.

–A mí me lo pareció.

–Me equivoqué contigo, hija mía. ¡Perdóname!

–¡Vete papá!

El padre se alejó cabizbajo. La calle era larga, y su silueta empequeñeció en una distancia ceñida por el cielo azul y el alquitrán de la dura realidad.

–¡Sí, váyase con su filosofía barata! –gritó Adrián– Su hija es mía.

–¡Cállate, hijo de puta! –dijo la muchacha.

–¿Qué me has llamado? –preguntó Adrián.

–Hijo de puta, cabrón, cobarde. Eso te he llamado.

El muchacho levantó el brazo, pero en esta ocasión Clara no intentó proteger su rostro con las manos. Lo miró fijamente, de arriba abajo, con el brillo de la decisión irrevocable en los ojos.

–¡Atrévete a pegarme, cabrón!

–¿Cómo te atreves a hablarme así, puta? ¿quién te has creído que eres?

–Soy Clara Campoamor –dijo ella– ¡Y tú eres el pasado! ¡el siglo XX! ¡la cucaracha que aplasto con la suela de mi zapato!

Al día siguiente Clara llamó a la puerta de una Asociación de Mujeres. Pudo llamar a cualquier otra puerta porque era una mujer libre y eso era lo único importante. Trabaja en un centro ayudando a mujeres maltratadas, y a todas ellas les cuenta su infancia, aquellos días lejanos en los que su padre la avergonzaba diciéndole a todo el que quisiera escucharle que si se llamaba Clara era por Clara Campoamor, no por una tal Santa Clara…

*Clara  ganó el primer premio del V Certamen Literario Nosotras y Ellos convocado por la Asociación de Mujeres El Carmen de Ledesma (Salamanca) correspondiente a 2007.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *