Angel Ruiz, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 67, Opinión
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Desmovilizados

Por Gil Manuel Hernández / Ilustración: Angel Ruiz Cruz. Viernes, 6 de enero de 2017

@HernandezGilman

No nos engañemos: continuamente nos vemos desactivados por esa comodidad resultante de mantenerse en los límites de lo conocido. Con demasiada frecuencia hemos oído decir a eminentes profesores, tertulianos apasionados y analistas varios que ante el impacto de la crisis desatada en 2008 la movilización ciudadana iba a ser decisiva. Se ha insistido en que con los movimientos de indignados, mareas de todos los colores y coordinadoras de todos los pelajes estaría en marcha una revuelta social capaz de frenar la voracidad de los mercados y de poner en su sitio a la implacable maquinaria neoliberal. En otras palabras: hemos querido creer que sería posible un proceso destituyente, seguido de otro constituyente orientado a una sociedad más justa, igualitaria, democrática y participativa.

Pecando de ingenuos, tendemos a olvidar el inmenso poder que tienen sobre nosotros los mecanismos asociados al consumismo, que vienen desplegándose en Occidente desde la segunda mitad del siglo XX, y que son el motor mismo de un capitalismo que no cesa de regenerarse. Unos mecanismos que nos han proporcionado bienestar material y una gran comodidad a la reducida franja de población privilegiada de la sociedad occidental u occidentalizada, dentro de cuyos parámetros hemos aprendido a ver el mundo y a vernos a nosotros mismos. Pero estos mismos logros, asentados, no lo olvidemos, sobre el subdesarrollo y expolio de otras poblaciones del planeta, además de sobre nuestro medio ambiente, son a su vez los principales enemigos de cualquier movilización destinada a subvertir y transformar en profundidad el actual orden vigente.

Como ha señalado con gran acierto el pensador italiano Raffaele Simone, somos presa fácil de un monstruo amable, una fiera que nos domina adoptando una máscara de padre benevolente y protector, que nos cuida ofreciéndonos todo tipo de chucherías, cada vez más y más sofisticadas, que nos tienta con nuevas comodidades, aplicaciones, utilidades, chollos y oportunidades. Un monstruo, perfecta metáfora de un capitalismo siempre atractivo, seductor y mágico, cuya pericia consiste en haber desactivado nuestra combatividad social mediante un extenso catálogo de bienes y servicios, la mayor parte comprados a crédito, diseñados para que pensemos que pertenecemos a clases bienestantes. Se trata, en conclusión, de la construcción de una fantasía colectiva destinada a ocultarnos la realidad, esa “matrix” omnipresente que nos ciega y asimila dejándonos en la más pura indefensión ideológica a los que presumimos de ideas de izquierda.

Han sido tantos años de comodidad progresiva, tomada como irreversible, que cuando hace ya casi diez años se rompió el enésimo hechizo y el sistema económico capitalista nos mostró nuevamente su más negra cara, nuestras defensas estaban tan bajas que solo hemos sido capaces de inventar movimientos que reivindican cosas concretas, o a lo sumo multiformes mareas o partidos “atrapalotodo” que no acaban de cuajar en una alternativa más contundente, cohesionada, profunda y subversiva. Desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial el consumismo, que es prácticamente una religión laica, ha desbaratado cualquier posibilidad de revuelta social duradera, ha anulado la promesa de una revolución y la ha convertido en una marca más asociada a las nuevas tecnologías o a los anuncios impactantes. El monstruo, con su estudiada amabilidad, con su pose inofensiva, nos han inoculado el virus de una comodidad irresistible que hace que nos lo pensemos dos veces antes de embarcarnos en una “revolución”. El capitalismo, dado tantas veces por muerto, resucita sin embargo cada día para reciclarse sin límite y probar a expandirse en nuevos nichos de mercado y oportunidades de negocio, incluso a costa de nuestra indignación e ideas transgresoras.

¿Realmente estamos dispuestos a poner en peligro, por mucha precariedad que haya, nuestra ilusión de la compra compulsiva en el centro comercial, las vacaciones y puentes, el fútbol televisado,  las plataformas televisivas de series de pago o la vida apacible de la clase media? ¿Verdaderamente estamos preparados para ir a la cárcel por nuestra causa, para recibir golpes y multas a mansalva, para ceder en nuestro egoísmo a favor del bien común, para alterar nuestra plácida cotidianidad, por miserable que se haya vuelto, ante la incertidumbre de un cambio profundo? Y es que, si no nos atrevemos a contestar esas preguntas cuando afectan a nuestra íntima vida personal, ¿como lo íbamos a hacer cuando se trata de lo social? El deseo de comodidad nos ata al confortable salón, al ordenador o al móvil como un yugo. Estamos, en el fondo, aunque no lo parezca en la forma, desmovilizados. Una buena parte de nosotros, nunca la mayoría, enviamos mensajes, nos indignamos, salimos a la calle –aunque cada vez menos– y argumentamos que las fuerzas del sistema son tan todopoderosas que es casi imposible desafiarlas. De acuerdo, pero existe una fuerza mayor, mucho más difícil de vencer: nuestra resignación, prima hermana de la pereza y la conformidad. Una fuerza que nos debilita como sujetos políticos y que en última instancia resulta inseparable de nuestro miedo a cambiar de verdad.

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Cruz

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