Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 68, Opinión
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Tantas veces Ana

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 20 de enero de 2017

@lidia_sanchis

Tan frágil como una flor de nieve. Así veo yo a Ana (la llamo así porque lo que no se nombra no existe), la chica que fue violada cuando tenía 16 años por el novio de la mejor amiga de su madre y cuyo agresor eludirá la cárcel, casi con toda probabilidad, ya que ha sido condenado a sólo dos años y no tiene antecedentes penales. Pero es que el caso tardó cinco años en llegar a juicio por lo que el tribunal encargado de juzgarlo ha tenido que rebajar la petición de pena para el acusado debido a las dilaciones indebidas ocurridas en el proceso. Hasta en doce ocasiones intentó suicidarse la niña, que ahora ya es mayor de edad, porque su dolor era insoportable. Imagino a Ana buscando infligirse un daño más grande que su daño, arrastrando sus rodillas desnudas por un suelo pedregoso hasta dejarlas en carne viva, masticando afilados cristales, atravesándose el cuerpo con agujas punzantes. Ana, que padece una pequeña deficiencia psíquica, tiene que ser vigilada constantemente por sus padres. Para que no vuelva a intentarlo. Para que todo sea como antes. Como si eso fuera posible. Mi pequeña flor de nieve, no sé siquiera tu nombre, pero necesito decirte que lo siento mucho. Porque quizá Ana sea mi vecina, una amiga de mi hijo o tal vez la muchacha detrás de la barra de mi cafetería preferida. O su vecina, o una amiga de su hijo o quizá la joven que le sirve a usted el café todas las mañanas.

“Se puso delante y le dijo que le ha salido un bulto, separó las piernas y le dijo «aquí en los huevos, tócalo, tócalo», lo que ella rechazó”. Santiago Romero Granados, catedrático de la Universidad de Sevilla, abusó de tres profesoras cuando era decano de Ciencias de la Educación. La sentencia considera probados los hechos, es decir: que Santiago Romero Granados se valió de su poder para amedrentar, sobar, tocar, amenazar, lamer, restregar sus genitales contra los glúteos de una de ellas, palpar el sexo de otra, plantar su polla ante el rostro de la tercera. “En otra ocasión, el decano cerró la puerta con llave y comenzó a hablarle de las plazas docentes al tiempo que le colocaba los genitales muy cerca de su rostro, a unos 10 centímetros”. Santiago Romero Granados ha sido condenado a siete años de cárcel por tres delitos continuados de abusos sexuales y un delito de lesiones psicológicas, pero con la atenuante de “dilaciones indebidas” puesto que los hechos ocurrieron entre 2006 y 2010 y el juicio no se celebró hasta el año pasado. Algunos profesores declararon durante la instrucción a favor del catedrático. “En una ocasión una profesora se agachó a coger algo, momento en el que él la empujó con el pie diciendo «esta es una puta, qué se va a esperar». Dichos comportamientos eran justificados por algunos otros docentes y otros, bien por interés, bien por miedo, se metían en esa misma dinámica”.

Ellas tuvieron que abandonar la Universidad, él aún ejerce y da clase.

Aunque es joven, tiene varias mellas en la boca –se las he visto cuando me ha sonreído– y unas greñas sucias casi le tapan los ojos, que son marrones y redondos; el blanco del ojo, amarillo. Lo observo, inquieta, mientras atraviesa el vagón del tren en el que vamos y va pidiendo limosna a los dos o tres viajeros que lo ocupan a esas horas. Súbitamente recuerdo que sólo llevo unas pocas monedas y, cuando llega a mi altura, intento improvisar una excusa pero él ataja mis explicaciones con su sonrisa mellada. “No te preocupes, que si todos dieran un poquito de lo que tienen…” y deja la frase en el aire, inconclusa. Tiene un aspecto de cervatillo herido, supongo que por eso me atrevo a preguntarle si tiene familia que le pueda ayudar (“soy de Jaén, mi madre murió cuando yo tenía 12 años y casi desde entonces me busco la vida”). Me cuenta que su mujer es extranjera (“del Perú, aún peor porque aquí no tenemos a nadie”), que tienen una niña “que va de tres para cuatro años”. Me dice que no le da vergüenza pedir: que más vergonzoso es robar. “Sólo rezo para que no se me vaya la cabeza porque si hago una locura y me meten preso, no sé qué iba a ser de ellas, no sé qué iba a ser de ellas”. Llegamos ya a la estación. Me da las gracias por esas pocas monedas y se va. Y yo continúo mi camino avergonzada de no haber tenido miedo jamás de un catedrático de Educación ni del novio de la mejor amiga de mi madre y sí de hombres buenos que rezan para que no se les vaya la cabeza.

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L'Avi

@AviNinotaire

 

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