Humor Gráfico, Número 66, Opinión, Rosa Palo, Sergio Periotti
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Por Rosa Palo / Ilustración: Sergio Periotti. Viernes, 16 de diciembre de 2016

@Ebaezan

Ciudadanos de Gurb: ja sóc aquí. Que he vuelto, que he retornat, que he salido del período de aislamiento. Con una estación de menos en el cuerpo, eso sí (me metí en el despacho de manga corta y salgo con la bufanda puesta), y con varios kilos de más, eso también, que en lugar de volver morena y delgada, como regresan los concursantes de Supervivientes (o como ha vuelto Pantoja, tan esbelta que ha tenido que coincidir forzosamente en el talego con alguna cirujana capaz de hacerle una liposucción con un cuchillo de plástico a cambio de un cartón de Fortuna), yo reaparezco a seiscientos gramos de que me trinchen y me sirvan en la cena de Nochebuena guarnecida con huevo hilado y puré de castañas.

Porque esa es otra: volver a casa por Navidad es como para desear quedarte en el curro hasta febrero de 2017. Que una desaparece con la vuelta al cole y regresa con los anuncios de perfumes, las luces, el turrón y los cuñaos: qué de vasos de Nocilla voy a tener que reciclar para darle de beber a toda la patulea que se me viene encima. Un estrés detrás de otro, un no parar y un sin vivir. A comprar regalos, a poner el árbol, a decorar la casa como si fuera un bazar chino, a aguantar que te digan si el vino que has servido es “redondo en boca”, “ligeramente afrutado” o “rasposo en el ojete”, y a negociar unos acuerdos con mi santo para dividirnos las fiestas con la familia que me río yo del reparto de África en el XIX. Menos mal que el Señor inventó el alcohol y el Orfidal, que enfrentarse a todo eso a palo seco sólo es para las madres muy madres, las capaces de cocinar para veinticinco, de comprar el marisco con antelación previsora y de hacer un pastel de pescado con forma de pescado. Mi tragedia es que he descubierto recientemente que yo soy sólo medio madre: además de no saber hacer nada de eso ni por asomo, resulta que vuelvo y me encuentro con que mi hijo ha crecido un palmo, que le ha salido un bigote que lo mismo le sirve para cepillar abrigos de cashmere que para barrer el portal, y que le ha cambiado tanto la voz que le salen más gallos que a Enrique Iglesias. Y perderme los cambios hormonales de mi vástago por culpa de mi condición de progenitora explotada laboralmente por el sistema capitalista de Occidente me da ganas de llorar. Cualquier año desaparezco del mapa otro tanto y, a la vuelta, resulta que mi heredero ya va por el segundo matrimonio y el tercer retoño. Y yo sin enterarme. Con las ganas que tengo de ser madrina y ponerme mantilla y peineta. A lo Cospedal. O a lo Marujita Díaz, que es más mi rollo. Chimpún.

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Sergio Periotti

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